
Tenemos que hablar de
Kevin (Reino Unido / Estados Unidos,
2011)
Dirección: Lynne
Ramsay
Guion: Lynne Ramsay
y Rory Stewart Kinnear (Basada en la novela del mismo título de Lionel Shriver)
Protagonistas: Tilda
Swinton, John C. Reilly, Ezra Miller
Música original: Jonny
Greenwood
He visto mucho cine con mi padre. Recuerdo la época de mi
infancia a finales de los setenta y comienzos de los ochenta en la que, sentados
juntos frente al televisor en el sofá, disfrutábamos de ciclos de Charles Chaplin,
wésterns o incluso películas que él había visto de estreno en la Gran Vía de
Madrid: Gilda, Ben-Hur, Mogambo... La vida nos ha quitado
el tiempo de estar juntos viendo cine, pero aprendí de él a dejarme cautivar
por una historia, y creo que eso ayudó a que luego en mi adolescencia
encontrara en la narrativa literaria esa misma emoción.
A mi hijo de cuatro años le encanta la canción Acuarela
de Toquinho. Habremos visto el vídeo unas doscientas veces, y sigue sin
cansarse. Es curioso, pero se trata de una canción que en su versión en
castellano tiene un texto muy diferente a su original en portugués brasileño.
Sin embargo, Toquinho la grabó en 1987 con el texto en castellano que se ha
popularizado como traducción oficial de Acuarela.
Padres, hijos, narrativa y traducciones: de eso trata mi
crítica de Tenemos que hablar de Kevin.
Mi padre, sin saberlo, está de acuerdo con Román Gubern
cuando en su ya antigua Historia del cine decía que (cito de memoria)
“el desarrollo psicológico de las novelas necesita como soporte narrativo la
homogeneidad temporal”. Mucho cine actual aturde a mi querido progenitor y la
razón es bien sencilla: la evolución del montaje hacia un uso abusivo de lo que
podríamos llamar dispersión temporal.
Román Gubern tenía razón en su momento, principios de los
años setenta, pero el tipo de público ha cambiado. Los saltos temporales y la
disgregación del tiempo ya no resultan tan chocantes, y los jóvenes cinéfilos
no se pierden con una narración desarticulada. Aun así, una cosa es decidir
como director una narrativa específica para el tono de tu película y otra muy
distinta es que el caos domine sin control. Comprendo la intención de la
directora, Lynne Ramsay, cuando fragmenta la larga primera parte de metraje de
la película, y lo entiendo porque previamente leí la novela (cosa que desde
luego sé que influye de manera negativa en mi crítica cinematográfica), pero es
una fragmentación fallida porque claramente lleva a una confusión no
intencionada. Cuando el tono de la película cambia y se vuelve más lineal, yo
como espectador lo agradezco, entiendo mejor las ideas que la directora me
quiere mostrar: el problema, sin embargo, es que no las comparto.
Pasamos por tanto a otro aspecto más intrincado: la
traducción o versión cinematográfica de un texto literario. Tenemos que hablar de Kevin es una interpretación de la propia
directora y de Rory Stewart Kinnear, ambos firman el guion, del libro del mismo
título; pero como ocurre con la canción de Toquinho que tanto le gusta a mi
hijo, la esencia se mantiene, aunque la profundidad emocional y de pensamiento
del original es mayor.
En primer lugar, el sentimiento de culpa de la
protagonista (interpretada de manera sublime, por otra parte, por Tilda
Swinton), que aparece constantemente en el filme, se atisba en la novela pero
tangencialmente, porque en esta no se culpa a la madre de que el hijo se
convierta en lo que es, sino simplemente habla de una madre no vocacional
que tiene un hijo con un problema de psicopatía desde su más temprana edad. La
madre tiene absolutamente claro desde el principio que ha engendrado a un hijo
con un trastorno, pero parece que los autores del guion necesitan descargar sus
conciencias: alguien tiene que haber fallado.
Por otro lado no se aprecia en todo su rigor lo que la
madre pierde profesionalmente por tener un hijo (por tener un hijo y porque este sea como es), a no ser por las escasas escenas de la Tomatina de Buñol del
comienzo de la película, donde en todo caso lo que se vislumbra es lo bien que
se lo pasaba la protagonista antes de tener que responsabilizarse de su angelito.
No voy a entrar en el tema de si los hijos deben o no ser lo más importante en
la vida de sus padres, porque pisaría terreno pantanoso y casi es tema tabú en
nuestra sociedad actual; vamos a dejarlo en que en mi opinión a los hijos hay
que quererlos, pero no son lo único que conforma nuestro universo personal.
Otro asunto de la traducción que no queda nada
claro es por qué reincide la protagonista en su maternidad, un aspecto muy
importante en la novela. En la película aparece la hermana de Kevin como si
fuera un capricho de su mamá, y él, evidentemente, se dedica a atormentarla:
manda narices la sublime claridad de ideas por parte del tándem de
guionistas.
Por ir concluyendo, hay que tener claro que una cosa es el
lenguaje cinematográfico y otra muy distinta la narrativa literaria. Desde mi
humilde opinión de lector y cinéfilo (en ambos casos anárquico), creo que la
literatura permite una introspección psicológica, un desarrollo de escenarios y
una riqueza de personajes mayor que el cine. Pero sentarme en la butaca, con
una pantalla gigante delante y quedarme a oscuras para que me cuenten una
historia de hora y media, me fascina y creo que me seguirá fascinando toda la
vida.
No malgasten su tiempo viendo esta película (a no ser que
deseen ver una de las mejores interpretaciones de la Swinton), lean la novela o
vean otros filmes como Amor bajo el espino blanco, poéticamente
presentado en este blog por Itziar Ibáñez, o la estupenda Café de Flore.
Manuel Escudero