Estrenos 2012: Tenemos que hablar de Kevin



Tenemos que hablar de Kevin (Reino Unido / Estados Unidos, 2011)  


Dirección: Lynne Ramsay  
Guion: Lynne Ramsay y Rory Stewart Kinnear (Basada en la novela del mismo título de Lionel Shriver)  
Protagonistas: Tilda Swinton, John C. Reilly, Ezra Miller  
Música original: Jonny Greenwood

He visto mucho cine con mi padre. Recuerdo la época de mi infancia a finales de los setenta y comienzos de los ochenta en la que, sentados juntos frente al televisor en el sofá, disfrutábamos de ciclos de Charles Chaplin, wésterns o incluso películas que él había visto de estreno en la Gran Vía de Madrid: Gilda, Ben-Hur, Mogambo... La vida nos ha quitado el tiempo de estar juntos viendo cine, pero aprendí de él a dejarme cautivar por una historia, y creo que eso ayudó a que luego en mi adolescencia encontrara en la narrativa literaria esa misma emoción.
A mi hijo de cuatro años le encanta la canción Acuarela de Toquinho. Habremos visto el vídeo unas doscientas veces, y sigue sin cansarse. Es curioso, pero se trata de una canción que en su versión en castellano tiene un texto muy diferente a su original en portugués brasileño. Sin embargo, Toquinho la grabó en 1987 con el texto en castellano que se ha popularizado como traducción oficial de Acuarela.

Padres, hijos, narrativa y traducciones: de eso trata mi crítica de Tenemos que hablar de Kevin.

Mi padre, sin saberlo, está de acuerdo con Román Gubern cuando en su ya antigua Historia del cine decía que (cito de memoria) “el desarrollo psicológico de las novelas necesita como soporte narrativo la homogeneidad temporal”. Mucho cine actual aturde a mi querido progenitor y la razón es bien sencilla: la evolución del montaje hacia un uso abusivo de lo que podríamos llamar dispersión temporal.
Román Gubern tenía razón en su momento, principios de los años setenta, pero el tipo de público ha cambiado. Los saltos temporales y la disgregación del tiempo ya no resultan tan chocantes, y los jóvenes cinéfilos no se pierden con una narración desarticulada. Aun así, una cosa es decidir como director una narrativa específica para el tono de tu película y otra muy distinta es que el caos domine sin control. Comprendo la intención de la directora, Lynne Ramsay, cuando fragmenta la larga primera parte de metraje de la película, y lo entiendo porque previamente leí la novela (cosa que desde luego sé que influye de manera negativa en mi crítica cinematográfica), pero es una fragmentación fallida porque claramente lleva a una confusión no intencionada. Cuando el tono de la película cambia y se vuelve más lineal, yo como espectador lo agradezco, entiendo mejor las ideas que la directora me quiere mostrar: el problema, sin embargo, es que no las comparto.

Pasamos por tanto a otro aspecto más intrincado: la traducción o versión cinematográfica de un texto literario. Tenemos que hablar de Kevin es una interpretación de la propia directora y de Rory Stewart Kinnear, ambos firman el guion, del libro del mismo título; pero como ocurre con la canción de Toquinho que tanto le gusta a mi hijo, la esencia se mantiene, aunque la profundidad emocional y de pensamiento del original es mayor.
En primer lugar, el sentimiento de culpa de la protagonista (interpretada de manera sublime, por otra parte, por Tilda Swinton), que aparece constantemente en el filme, se atisba en la novela pero tangencialmente, porque en esta no se culpa a la madre de que el hijo se convierta en lo que es, sino simplemente habla de una madre no vocacional que tiene un hijo con un problema de psicopatía desde su más temprana edad. La madre tiene absolutamente claro desde el principio que ha engendrado a un hijo con un trastorno, pero parece que los autores del guion necesitan descargar sus conciencias: alguien tiene que haber fallado.
Por otro lado no se aprecia en todo su rigor lo que la madre pierde profesionalmente por tener un hijo (por tener un hijo y porque este sea como es), a no ser por las escasas escenas de la Tomatina de Buñol del comienzo de la película, donde en todo caso lo que se vislumbra es lo bien que se lo pasaba la protagonista antes de tener que responsabilizarse de su angelito. No voy a entrar en el tema de si los hijos deben o no ser lo más importante en la vida de sus padres, porque pisaría terreno pantanoso y casi es tema tabú en nuestra sociedad actual; vamos a dejarlo en que en mi opinión a los hijos hay que quererlos, pero no son lo único que conforma nuestro universo personal.
Otro asunto de la traducción que no queda nada claro es por qué reincide la protagonista en su maternidad, un aspecto muy importante en la novela. En la película aparece la hermana de Kevin como si fuera un capricho de su mamá, y él, evidentemente, se dedica a atormentarla: manda narices la sublime claridad de ideas por parte del tándem de guionistas.

Por ir concluyendo, hay que tener claro que una cosa es el lenguaje cinematográfico y otra muy distinta la narrativa literaria. Desde mi humilde opinión de lector y cinéfilo (en ambos casos anárquico), creo que la literatura permite una introspección psicológica, un desarrollo de escenarios y una riqueza de personajes mayor que el cine. Pero sentarme en la butaca, con una pantalla gigante delante y quedarme a oscuras para que me cuenten una historia de hora y media, me fascina y creo que me seguirá fascinando toda la vida.

No malgasten su tiempo viendo esta película (a no ser que deseen ver una de las mejores interpretaciones de la Swinton), lean la novela o vean otros filmes como Amor bajo el espino blanco, poéticamente presentado en este blog por Itziar Ibáñez, o la estupenda Café de Flore.

Manuel Escudero