Dirección: Paolo Taviani y Vittorio Taviani
Guión: Paolo Taviani y Vittorio Taviani, con la colaboración de Fabio Cavalli
Intérpretes: reclusos de la prisión de máxima seguridad de Rebibbia (Roma)
El arte como redención
Con
la sola lectura de la ficha de proyección y de alguna que otra crítica
en la prensa uno se da cuenta de lo poco que puede aportar a este
milagro que, casi sin proponérselo, han propiciado los hermanos Taviani.
La sencillez del planteamiento permite augurar un feliz resultado: los Taviani presencian una representación de El infierno de Dante en la prisión de Rebibbia, a cargo de los reclusos, y conciben la idea de hacer que éstos hagan lo propio con Julio César de Shakespeare, con la diferencia de que ahora van a ser registrados por la cámara a lo largo del proceso de preparación y ensayos de la obra hasta su consecución.
El logro de la película consiste en hacer que el espectador asista a la interrelación, inevitable, de ese simulacro de vida que llamamos teatro y de la vida misma. Pero esta interrelación tiene una larga historia y un espectador de excepción llamado Aristóteles que supo ver cómo la ficción representada en un escenario era capaz de remover las inquietudes agazapadas en el interior del ser humano y resolverlas en catharsis, en su liberación purificadora. Los reclusos de Rebibbia, al interiorizar las pasiones encontradas que plasma Shakespeare, encuentran su particular catharsis identificándolas con las que su pasado rememora. Cuando todo ha terminado, uno de los reclusos-actores exclama: “Desde que he conocido el arte mi celda se ha convertido en una cárcel”. Y, en un testimonio no recogido por la cinta, otro grita a los hermanos: “¡Paolo, Vittorio, a partir de mañana nada será como antes!”. El personaje que encarna a Bruto es, de hecho, un exrecluso que desde los seis últimos años lleva dedicándose a la interpretación. El viejo sueño de los románticos, que veían al arte como redentor del género humano, hecho realidad.
La sencillez del planteamiento permite augurar un feliz resultado: los Taviani presencian una representación de El infierno de Dante en la prisión de Rebibbia, a cargo de los reclusos, y conciben la idea de hacer que éstos hagan lo propio con Julio César de Shakespeare, con la diferencia de que ahora van a ser registrados por la cámara a lo largo del proceso de preparación y ensayos de la obra hasta su consecución.
El logro de la película consiste en hacer que el espectador asista a la interrelación, inevitable, de ese simulacro de vida que llamamos teatro y de la vida misma. Pero esta interrelación tiene una larga historia y un espectador de excepción llamado Aristóteles que supo ver cómo la ficción representada en un escenario era capaz de remover las inquietudes agazapadas en el interior del ser humano y resolverlas en catharsis, en su liberación purificadora. Los reclusos de Rebibbia, al interiorizar las pasiones encontradas que plasma Shakespeare, encuentran su particular catharsis identificándolas con las que su pasado rememora. Cuando todo ha terminado, uno de los reclusos-actores exclama: “Desde que he conocido el arte mi celda se ha convertido en una cárcel”. Y, en un testimonio no recogido por la cinta, otro grita a los hermanos: “¡Paolo, Vittorio, a partir de mañana nada será como antes!”. El personaje que encarna a Bruto es, de hecho, un exrecluso que desde los seis últimos años lleva dedicándose a la interpretación. El viejo sueño de los románticos, que veían al arte como redentor del género humano, hecho realidad.
El tiranicidio, tan necesario hoy como en otros tiempos, es el eje de la trama desarrollada por Shakespeare en su Julio César.
Fue postulado con crudeza por el jesuíta Juan de Mariana, provocando la
ira de Felipe II de España, glosado por Lope de Vega (“-¿Quién mató al
comendador?”. “- Fuenteovejuna, Señor”), ensalzado por neoclásicos y
románticos en, precisamente, la figura justiciera de Bruto, y retomado
por los movimientos sociales modernos. Pero Shakespeare, conocedor como
pocos de la psicología humana, supo ver las contradicciones que implica
todo acto de violencia, aun legítima. En primer lugar, el remordimiento
de quien ha sido compañero y amigo del tirano, Bruto, que desemboca en
el odio hacia sí mismo y en su inmolación. En segundo lugar, el
oportunismo de personajes tibios, Marco Antonio, que revierten la
situación creada agitando al pueblo, demagogia en sentido estricto,
contra quienes les han liberado de la tiranía. Historias de ayer,
historias de siempre. Son estas contradicciones expresadas
magistralmente por el dramaturgo isabelino las que ponen a los actores
recluídos en la prisión de máxima seguridad de Rebibbia ante su pasado
cercano. La mayoría están presos por su pertenencia a la mafia siciliana
o a la camorra napolitana y han sido protagonistas de sucesos que
refresca, de alguna manera, la obra que preparan. Por eso, en el
transcurso de los ensayos se salen del papel e intercalan de manera
espontánea diálogos que Shakespeare no escribió, diálogos introspectivos
o diálogos de recriminación que sacan a la luz las rencillas internas
fraguadas soterradamente en la cárcel y que muestran cómo la dura ley de
la convivencia se apodera de la ficción y la suplanta en un juego de
espejos donde no es posible ver de qué lado se está.
La
dualidad entre los personajes reales, aunque permeados por la ficción, y
los personajes actores ha sido resuelta por los hermanos Taviani
mediante el simbolismo del color. Éste tiñe las secuencias inicial y
final en las que asistimos a la representación de la obra de
Shakespeare. El resto de la cinta, el corazón de la narración, emplea el
blanco y negro. La elección podría haber sido la contraria, pero esto
no es relevante. Lo que asombra es la naturalidad con que vemos a
personajes de la antigua Roma encarnados, y magníficamente
interpretados, en mafiosos contemporáneos y vecinos nuestros,
haciéndonos presente lo que tantas veces hemos experimentado todos
cuando revestimos imaginariamente a la gente de nuestro alrededor con
ropajes de antaño y percibimos que son, somos, los mismos que habitamos
un tiempo pasado. En el casting
previo que llevan a cabo los directores para seleccionar a sus actores,
éstos, los reclusos, declaman un pasaje en dos registros contrastantes,
sumiso y gemebundo uno, airado el otro. En ambos muestran un talento
dramático sorprendente que, quizá, no es sino la exteriorización
ineludible de pulsiones que han encontrado la ocasión de manifestarse,
pulsiones tan antiguas como las de Bruto y Julio César, atemporales, que
han encontrado su vía de expresión en la magia del teatro.
Luis Robledo
