Dirección: Howard Franklin
Guion: Howard Franklin
Fotografía: Peter Suschitzky
Fotografía: Peter Suschitzky
Música: Mark Isham
Intérpretes: Joe Pesci, Barbara Hershey, Stanley Tucci, Jerry Adler
Intérpretes: Joe Pesci, Barbara Hershey, Stanley Tucci, Jerry Adler
Me gusta mirar a la gente en el
Metro. Aquel niño balanceaba los pies en el aire a un palmo del suelo, sentado
junto a su madre, mientras jugaba con un coche de plástico haciendo como que
sus piernas eran una carretera. El chiquillo me produjo ternura, estaba ausente
en su propia realidad de la que la mayor parte de los mayores, como
ellos dicen, somos ajenos. Viven con una total naturalidad el momento presente:
los hechos se producen disociados, no hay linealidad, y las secuencias
temporales suelen estar impuestas por los adultos.
Fue en ese momento cuando decidí
que quería hablar de El ojo público, porque me vino a la cabeza Joe
Pesci disparando su cámara fotográfica, desprendido sin esfuerzo del dolor que
hacía pocos minutos le había producido la mujer que ama. El artista vive el
momento presente, como los niños, como los amantes: la búsqueda de vivir el
momento existe en nosotros, aunque no seamos conscientes de ello es esos
términos; necesitamos diluir nuestro pasado y dejar de pensar en nuestro futuro aunque sea por escasos
minutos.
La película está ambientada en el
Nueva York de los años cuarenta y pertenece al género negro o mejor dicho a lo
que algunos críticos llaman Neo-noir, considerando quizá con razón que
el cine negro americano de los años cuarenta no es tanto un género como un
estado de ánimo, el que arrastraba Estados Unidos en las épocas anterior y
posterior a la Segunda Guerra Mundial. Tiene todos los ingredientes típicos del
género: mujer fatal, héroe, pesadumbre, atmósfera sombría... Pero si bien hay
muchos expertos que denuestan este tipo de películas modernas de serie negra,
por esteticistas y miméticas argumentalmente, creo que esta es especial o por
lo menos lo es para mí.
El personaje de Joe Pesci está
basado en el fotógrafo Arthur “Weegee” Fellig, reportero gráfico neoyorkino que
trabajaba para diversos periódicos y que retrataba todo lo que podía ser
noticia: víctimas de asesinato, de accidente, escenas de podredumbre, y la
desgarradora pobreza y escasez de aquella época. También, un poco más tarde,
retrata a la alta sociedad, aunque esa etapa no pertenece al argumento de la
película que por cierto, hay que aclarar, se trata de una ficción sobre el
personaje de “Weegee”.
Se suele tener a Pesci, yo al
menos, circunscrito en sus célebres, excelentes y brutales papeles de las
películas de Scorsese, pero aquí impresiona con un sensible personaje que posee
un punto de inocencia realmente notable. Me encanta Pesci trabajando con
Scorsese, aunque es un director que encasilla un tanto a sus actores, pero creo
que en esta película desarrolla una profundidad interpretativa que no le he
visto en ninguna otra.
La relación entre el fotógrafo
que mira y capta con su cámara el mundo que le rodea y la viuda del dueño de un
club nocturno que tenía tratos con la mafia termina con una frase lapidaria: no
me odies demasiado. Kay (Barbara Hershey) pronuncia la frase antes de verle
por última vez y dejarle solo en el hospital, pero no la dice con la altivez de
las mujeres fatales tan típicas del cine negro, sino mientras se marcha: porque
le quiere a pesar de que sabe que su amor por él no tiene sentido. Por su
parte, Bernzy (Joe Pesci) gira su cara en la almohada para que ella no le vea
llorar: él sabe que la ama, a pesar de que el amor no cabe en su vida.
En el filme además se trata el
tema de la soledad del artista y de lo que hablaba al comienzo de la crítica:
la vivencia en tiempo presente. No le ocurre sólo a los artistas, como ya dije
se da de forma natural en ciertas etapas de la vida y también acontece en otros
ámbitos profesionales, y tiene que ver con algo que podríamos llamar la
desaparición del yo: dejar de ser consciente del pasado y del peso que
carga sobre nuestras espaldas, y del futuro, con sus expectativas y su
proyección de nosotros mismos. Bernzy vive por y para la fotografía, y la
relación que entabla con Kay es la excepción que confirma la regla.
El tema de la ambición está también muy bien retratado. Es
un deseo que está bastante desacreditado porque suele asociarse con la avaricia
de poder y la competitividad insana (entendida como aplastar a quien pueda
hacerte sombra), pero para un artista es una característica si no
imprescindible, al menos yo diría que muy importante: tiene más que ver con la
confianza en ti mismo y en tus capacidades, y la determinación por
desarrollarlas.
Para finalizar quiero hacer un
aviso: es muy difícil (por lo menos a mí me lo ha resultado) ver esta película,
lo cual es una verdadera lástima. Creo que no está editada en DVD, de hecho yo
tuve que sacar del trastero mi viejo reproductor VHS, pero gracias a un alma
caritativa, y tecnológicamente avanzada, disfruto de una copia descargada
(espero que legalmente) de internet.
Manuel Escudero
