Sesión continua: El ojo público (1992)

El ojo público (Estados Unidos, 1992)

Dirección: Howard Franklin
Guion: Howard Franklin
Fotografía: Peter Suschitzky
Música: Mark Isham 
Intérpretes: Joe Pesci, Barbara Hershey, Stanley Tucci, Jerry Adler


Me gusta mirar a la gente en el Metro. Aquel niño balanceaba los pies en el aire a un palmo del suelo, sentado junto a su madre, mientras jugaba con un coche de plástico haciendo como que sus piernas eran una carretera. El chiquillo me produjo ternura, estaba ausente en su propia realidad de la que la mayor parte de los mayores, como ellos dicen, somos ajenos. Viven con una total naturalidad el momento presente: los hechos se producen disociados, no hay linealidad, y las secuencias temporales suelen estar impuestas por los adultos.
Fue en ese momento cuando decidí que quería hablar de El ojo público, porque me vino a la cabeza Joe Pesci disparando su cámara fotográfica, desprendido sin esfuerzo del dolor que hacía pocos minutos le había producido la mujer que ama. El artista vive el momento presente, como los niños, como los amantes: la búsqueda de vivir el momento existe en nosotros, aunque no seamos conscientes de ello es esos términos; necesitamos diluir nuestro pasado y dejar de pensar en  nuestro futuro aunque sea por escasos minutos.

La película está ambientada en el Nueva York de los años cuarenta y pertenece al género negro o mejor dicho a lo que algunos críticos llaman Neo-noir, considerando quizá con razón que el cine negro americano de los años cuarenta no es tanto un género como un estado de ánimo, el que arrastraba Estados Unidos en las épocas anterior y posterior a la Segunda Guerra Mundial. Tiene todos los ingredientes típicos del género: mujer fatal, héroe, pesadumbre, atmósfera sombría... Pero si bien hay muchos expertos que denuestan este tipo de películas modernas de serie negra, por esteticistas y miméticas argumentalmente, creo que esta es especial o por lo menos lo es para mí.

El personaje de Joe Pesci está basado en el fotógrafo Arthur “Weegee” Fellig, reportero gráfico neoyorkino que trabajaba para diversos periódicos y que retrataba todo lo que podía ser noticia: víctimas de asesinato, de accidente, escenas de podredumbre, y la desgarradora pobreza y escasez de aquella época. También, un poco más tarde, retrata a la alta sociedad, aunque esa etapa no pertenece al argumento de la película que por cierto, hay que aclarar, se trata de una ficción sobre el personaje de “Weegee”.
Se suele tener a Pesci, yo al menos, circunscrito en sus célebres, excelentes y brutales papeles de las películas de Scorsese, pero aquí impresiona con un sensible personaje que posee un punto de inocencia realmente notable. Me encanta Pesci trabajando con Scorsese, aunque es un director que encasilla un tanto a sus actores, pero creo que en esta película desarrolla una profundidad interpretativa que no le he visto en ninguna otra.

La relación entre el fotógrafo que mira y capta con su cámara el mundo que le rodea y la viuda del dueño de un club nocturno que tenía tratos con la mafia termina con una frase lapidaria: no me odies demasiado. Kay (Barbara Hershey) pronuncia la frase antes de verle por última vez y dejarle solo en el hospital, pero no la dice con la altivez de las mujeres fatales tan típicas del cine negro, sino mientras se marcha: porque le quiere a pesar de que sabe que su amor por él no tiene sentido. Por su parte, Bernzy (Joe Pesci) gira su cara en la almohada para que ella no le vea llorar: él sabe que la ama, a pesar de que el amor no cabe en su vida.

En el filme además se trata el tema de la soledad del artista y de lo que hablaba al comienzo de la crítica: la vivencia en tiempo presente. No le ocurre sólo a los artistas, como ya dije se da de forma natural en ciertas etapas de la vida y también acontece en otros ámbitos profesionales, y tiene que ver con algo que podríamos llamar la desaparición del yo: dejar de ser consciente del pasado y del peso que carga sobre nuestras espaldas, y del futuro, con sus expectativas y su proyección de nosotros mismos. Bernzy vive por y para la fotografía, y la relación que entabla con Kay es la excepción que confirma la regla.
El tema de la ambición está también muy bien retratado. Es un deseo que está bastante desacreditado porque suele asociarse con la avaricia de poder y la competitividad insana (entendida como aplastar a quien pueda hacerte sombra), pero para un artista es una característica si no imprescindible, al menos yo diría que muy importante: tiene más que ver con la confianza en ti mismo y en tus capacidades, y la determinación por desarrollarlas.

Para finalizar quiero hacer un aviso: es muy difícil (por lo menos a mí me lo ha resultado) ver esta película, lo cual es una verdadera lástima. Creo que no está editada en DVD, de hecho yo tuve que sacar del trastero mi viejo reproductor VHS, pero gracias a un alma caritativa, y tecnológicamente avanzada, disfruto de una copia descargada (espero que legalmente) de internet.


Manuel Escudero