Sesión continua: Incubus (1981)


El íncubo

Título: Incubus/The Incubus

Director: John Hough

Guión: George Franklin (sobre una novela de Ray Russell)

Música: Stanley Myers

Fotografía: Albert J. Dunk

País: Canadá

Reparto: John Cassavetes, John Ireland, Kerrie Keane, Helen Hughes, Erin Noble, Duncan NcIntosh

Año: 1981

Duración: 93 min.


La sombra de Vértigo es alargada

Me gustaría reivindicar esta modesta pero interesante película de John Hough. Junto con sus obras más conocidas: Drácula y las mellizas y, sobre todo, "La leyenda de la casa del infierno" (basada en la entretenida novela Hell House de Richard Matheson, que fue también el guionista) –película de casas encantadas que, a pesar de su interés, es inferior a The haunting (1963) de Robert Wise, inspirada en la espléndida novela The Haunting of Hill House de Shirley Jackson-, habría que situar -y, en algunos aspectos, por encima de las citadas- a esta extraña e inquietante película, a mi juicio, injustamente infravalorada.
No solo se deben destacar las maravillosas interpretaciones, en especial la de un Cassavetes con ecos de Polanski, sino también el ritmo, pausado y controlado pero siempre en un dosificado y contenido crescendo; la fotografía y los efectos (pocas veces se ve una sangre tan real); el guión que, aunque decae en la parte final, se presenta sólido y bien urdido; la magnífica banda sonora de Stanley Myers que, a pesar de sus altibajos –y de la demencial inserción del vídeo musical del grupo Sansom-, me parece parte esencial de la película; o el carácter moral y deliberadamente ambiguo de los personajes principales.
Incubus es una película deudora, es cierto, de la magnífica La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968) de Roman Polanski. También se han querido percibir influencias de Viernes 13, tal vez por la escena, casi al comienzo, de los adolescentes en el coche; no olvidemos que Hough es un artesano de películas de horror. Pero el filme, a pesar de sus débitos, posee valores propios incontestables. Es extraña, sombría y, por momentos, subyuga.
No cabe duda de que John Cassavetes rememora al siniestro Guy Woodhouse que interpretó en la famosa película de Polanski. Con un aspecto algo más que desaliñado (se dice que aceptó la película para poder financiar sus proyectos como director), este actor de raza –y de método-, de una intensidad desgarradora, llena la pantalla en cada una de sus apariciones. Torvo y tenebroso, su sombra oscurece todo lo que le rodea, desde la escabrosa relación con su hija (Erin Noble) o la fantasmática con la reportera (Kerrie Keane), hasta su reprimida contemplación de los cadáveres en la sala de autopsias. No cabe duda de que el doctor Sam Cordell es un personaje que, durante toda la cinta, se halla en el límite de la transgresión.
 No debemos olvidar tampoco a ese gran actor que fue John Ireland y que aquí interpreta a un receloso policía desbordado por la atrocidad de unos crímenes que escapan a toda lógica. Por otra parte, Kerrie Keane da vida a una periodista extraña y misteriosa que paulatinamente se va introduciendo en la vida del doctor Cordell, ¿o ya lo estaba con anterioridad?...
Si bien la película comienza como una de tantas, poco a poco se va produciendo un inesperado giro que la engrandece. Su trama (tal vez lo menos interesante) decae para mostrarnos lo que se oculta tras ella. Lo narrativo cede paso a lo discursivo. Y la acción –sin llegar a desaparecer en ningún momento- se vuelve pasiva para exteriorizar lo que anida en el interior de los personajes, unos seres que en su indefinición, en su ambivalencia moral, crean mayor inquietud que la propia trama que se narra. Esta es, a mi juicio, la principal virtud de la película, reafirmada de forma impecable por el modo en que John Hough se las ingenia para mantener esa turbadora tensión. Solo al final, la película se precipita insistiendo en desvelar el horrible misterio (cuya explicación, al menos para mí, es lo de menos), dejando a los actores abandonados y un tanto aturdidos en el empeño.
Pero tampoco debemos infravalorar las escenas de acción, que las hay y muy buenas. Sirva como ejemplo la doble agresión en la casa de campo (en el más puro estilo american gothic) y la famosa escena con la cámara a ras de suelo frente a la puerta del cuarto de baño mostrando, a través de su ranura, lo que hay al otro lado. Incubus es también una película violenta, de una violencia muy “a la americana”. En este sentido, John Hough supo sintetizar las dos corrientes, inglesa y norteamericana, del cine de terror que destacaban en esa época. Terror psicológico en el primer caso, con un uso de la violencia tácito y simbólico; violencia explícita y morbosa en el segundo, en un cine escabroso, casi supurante.
Hay un recurso  iconográfico que ilustra con profundidad el carácter onírico, de pesadilla, del filme. Se trata de la aparición de una copia del más popular cuadro del pintor suizo Johann Heinrich Füssli (o Henry Fuseli, como fue conocido en Londres, ciudad en la que vivió): la segunda versión de su cuadro La pesadilla (The Nightmare) realizada entre 1790 y 1791. Las connotaciones sexuales y perversas de este lienzo son idénticas a las que emergen de la película. La expresión mare, en inglés arcaico, define a un ser mitológico diabólico que atormenta a las personas en sus sueños a través de pesadillas. Nightmare (demonio de la noche) también puede vincular, de forma confusa, el vocablo actual mare a una yegua; de ahí, tal vez, el animal de ojos desorbitados que aparece en el cuadro. El íncubo (demonio masculino que reposa sobre el cuerpo de una mujer mientras duerme, con la finalidad de tener relaciones sexuales y engendrar seres deformes o con habilidades mágicas) es el ser, de rostro simiesco, que yace sobre la mujer abandonada a su sueño en un gesto que combina, sutilmente, el abandono con el goce. Trasunto de represiones sexuales, este cuadro explica sagazmente –más allá de su título (también se ha llamado El íncubo)- los oscuros deseos que subyacen en el subconsciente de los personajes.
Para finalizar, me gustaría señalar la influencia de un clásico como Vértigo. Influencia que, aunque tangencial, se pone de manifiesto, sobre todo, a través del reflejo indirecto de otra película marcada por el estigma del mago del suspense: ¿acaso en la relación de Cassavetes con Kerrie Keane no se percibe la huella de Fascinación (Obsession, 1976) de Brian De Palma?
Película intensa y curiosa, posee la suficiente solidez para destacar con luz propia de la innumerable bazofia de películas de este tipo que habitualmente se consume en platos de porcelana. Aunque aquí, en algunos momentos, los platos parezcan comprados en un "todo a cien", el buen oficio y la sabiduría proporcionan una impecable dignidad.


César Ureña Gutiérrez

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