Sesión continua: Vidas rebeldes (1961)


Título: The Misfits
Director: John Huston
Guión: Arthur Miller
Música: Alex North
Fotografía: Russell Metty
País: Estados Unidos
Reparto: Clark Gable, Montgomery Clift, Marilyn Monroe, Eli Wallach, Thelma Ritter, James Barton
Año: 1961
Duración: 124 min.


Por la senda del amor y de la muerte

The Misfits es una película conmovedora y demoledora. Pocas veces en la historia del cine han confluido, de modo tan imbricado, factores artísticos, personales y hasta biográficos para gestar una obra tan intensa como contundente.
Dentro de los códigos clásicos del western, Huston realiza una obra que traspasa las fronteras del género para situarnos más allá -o más acá- del mismo, en un terreno fértil y árido a un tiempo, abonado por la huella indeleble de la humanidad y de su irrevocable tragedia. El lenguaje épico, seco y a veces brutal de este género –que, no por casualidad, entronca con los grandes dramas shakesperianos- ha sido utilizado, con extraordinaria lucidez, para expresar los conflictos más intensos del ser humano: la soledad, la desesperación, el paso del tiempo, la violencia y la muerte.
The Misfits nos indica ya en su título (torpemente adaptado al castellano como Vidas rebeldes) cuál es el asunto que nos ocupa: la vida de estos inadaptados, de estas existencias que no encuentran hueco en ninguna parte y que deambulan por la vida como despojos. La presencia lumínica y arrebatadora de Roslyn, un ser frágil, herido pero intacto, estalla como un puñetazo en la vida sin rumbo de estos desposeídos, solitarios jinetes, verdaderos searchers (centauros del desierto) en busca de una inocencia perdida pero no olvidada.
Huston fue un maestro que abordó todos los géneros, aunque son sus personajes desarraigados, perdedores incombustibles, los que han orlado de perlas su extensa filmografía. Películas como The Misfits, Fat City o su “canto del cisne” The Dead (obra cumbre y punto final de su carrera) nos hablan, como pocas veces, del abandono, de la desolación y de la pérdida.
La combinación de John Huston con Arthur Miller fue singular y salpicó también el rodaje de elementos biográficos. Toda la película está llena de ellos, de ahí ese oscuro magnetismo, esa fuerza arrolladora que –además de unas cualidades intrínsecas admirables- la hacen única e irrepetible. Miller estaba terminando su relación con Marilyn para quien escribió el guión; tal vez por eso supo crear un personaje en el que Marilyn pudiese dar lo mejor y lo más íntimo de ella. Entre tanto, Marilyn atravesaba una situación muy delicada que la llevó a suspender el rodaje para realizar una cura psiquiátrica. Este ambiente tenso y dramático impregna todas las interpretaciones, delante y detrás de la cámara. Pero a pesar de que Eli Wallach y Thelma Ritter están asombrosos, el peso de la obra recae en los otros tres personajes: Gay, Roslyn y Perce; tríada imposible, diabolus in musica, tritono irresoluble formado por Gable, Monroe y Clift. Pocas veces unos actores se han desnudado tanto en una pantalla. Tres actores marcados por la destrucción y por la muerte. Gable falleció unas semanas después de finalizar el rodaje y en su mirada hundida y su rostro demacrado (me resulta inolvidable ese gesto envenenado de los labios que delata la sed del alcohólico) atisbamos ya la sombra de la muerte. Marilyn viviría en una pesadilla y fallecería, como todos sabemos, al año siguiente. Monty había enfilado una ruta descendente a través del alcohol y las pastillas que le condujo al infierno y, en 1966, a la extinción.
La improvisación y las modificaciones en el texto original de Miller fueron habituales durante todo el rodaje y de ese indómito mestizaje nació esta obra insólita, con un brío y una emoción que colapsan. Nunca Marilyn había estado tan conmovedora, su interpretación y su personaje son de los que dejan surcos en el alma y se incrustan en los tuétanos de la memoria. En torno a ella, y con una magnífica fotografía en blanco y negro, estos soñadores que han perdido todos los sueños vuelven a soñar. En un paisaje inverosímil, desierto y yermo -único hogar posible-, bajo la negra bóveda de la noche y el tenue y fantasmal brillo de la luna.

César Ureña Gutiérrez

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias.