Estrenos 2015: Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia


Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (Suecia, 2014)
Guión y dirección: Roy Andersson


La comedia del arte

         Podría ser una verbena, podría ser un baile de disfraces, podría ser un circo, digamos que es la tragicomedia tan cansina y tan hermosa que llamamos vida. No parece muy original volver a evocar a los dos filósofos que encarnaron en la temprana modernidad las dos caras del espectáculo mundano: la existencia como comedia hilarante y como espectáculo desdichado, ambas penosas para un observador crítico y poco clemente con el género humano. Pero la originalidad está siempre en el cómo, en los aparejos de que se pertrecha el urdidor de discursos, en este caso 39 planos fijos, sin apenas movimientos de cámara, con los que el autor remata su Trilogía viva, una trilogía sobre la existencia, una serie de tableaux vivants como los que imaginó Goethe en Las afinidades electivas, también Cortázar con sus niñas congelando su imagen ante el paso vertiginoso de los trenes y haciendo del flujo temporal algo ilusorio.
Andersson hace de la trivialidad el eje de su discurso, pero es una trivialidad mágica, con tintes míticos por la utilización recurrente de muletillas que también quieren desafiar al tiempo ordinario convirtiéndolo en bucle, de modo semejante a como se lee en los cuentos populares rusos recopilados por Afanasiev: “Acuéstate, que por la mañana se es más sabio que por la noche”. En la película no se promete la sabiduría a los pobres infelices que habitan la pensión, pero éstos escuchan una y otra vez la misma monserga del recepcionista bienpensante: “Callad ya, que hay gente que madruga y tiene que ir a trabajar”; y más insistente es la especie de mantra que repiten por teléfono muchos de los actores en situaciones insospechadas (momentos antes del suicidio), tediosas (muertas por acidia, la mayoría) o insultantes (la científica impasible ante la tortura del mono): “Me alegro de que estés bien”, así, en toda su crudeza inane.
         La originalidad suele residir también en un punto de partida insospechado, en este caso un cuadro de Pieter Bruegel el Viejo de 1565 en el que se ven al fondo patinadores sobre la nieve y, en primer término, unos cazadores con sus perros caminando bajo un árbol donde hay cuatro aves. Andersson imaginó a esas aves preguntándose qué coño hacían los humanos allí abajo y decidió hacer esta película. Eligió una paloma. En el prólogo la vemos disecada dentro de una urna en un museo de ciencias naturales mientras un hombre la mira insistentemente como preguntándose qué coño nos quiere decir ese ave. Más adelante, la paloma parece cobrar voz a través de una niña discapacitada para transmitirnos su preocupación por la falta de dinero y su determinación de volver a casa. Y ya no aparece hasta el final. La primera y más extensa sección de las dos que componen la película lleva por título “Tres encuentros con la muerte” y se inicia con tres escenas jocoserias que son sólo el aperitivo de lo que está por venir. En ellas aparece ya la música que va a ser la guía principal en lo sucesivo, un vals burlesco, circense, de esos que a Erik Satie le parecían tan serios como para hacer de ellos el sustento de muchas de sus obras. Sí, el mundo va a ser un circo en los siguientes cien minutos y nos lo van a mostrar dos payasos en figura de vendedores de artículos de broma, apenas camuflados, dejando ver su cara levemente enharinada y componiendo la pareja clásica, el payaso listo y el payaso tonto, aunque, como suele ocurrir, el tonto será el más listo. Esta pareja será el otro motivo conductor de la película y nos va a brindar otra de las muletillas más empleadas en ella: “Queremos que la gente lo pase bien”. La gente no lo va a pasar bien, pero de eso sólo se dará cuenta el payaso tonto al final.
          Los dos payasos-vendedores pasean con tristeza su penuria económica por lugares variopintos, acaso como dos palomas salidas de la boca de la niña discapacitada. Uno de los lugares que frecuentan es un bar que nos lleva a 1945. La tabernera comienza a cantar “Glory, Glory, Hallelujah” mientras ofrece copas de aguardiente. Al fondo, dos grupos de soldados le preguntan cantando cómo van a beber si no tienen dinero. La tabernera les ofrece bebida gratis a cambio de un beso. Sobre el fondo del coro masculino a boca cerrada, los soldados van poniéndose en fila junto a la barra para dar un beso a la tabernera que, arqueada hacia atrás, entrega su feminidad pasiva a los gloriosos vencedores. El erotismo sublimado pero intenso de la escena
nos hace evocar esos reportajes de época en los que vemos a muchachas recibir con besos y abrazos a los héroes y, a su vez, los corrige ofreciendo un relato paralelo menos risueño. En otro bar de hoy un hombre juega con una máquina tragaperras, una pareja se besa en una esquina y los camareros observan pacientemente cómo la pareja de vendedores exhibe sus mercancías. Desde la cristalera se ve pasar al ejército del rey Carlos XII de Suecia de marcha hacia la guerra. De repente, el aposentador de la corte irrumpe en la estancia y, agitando su peluca, ordena salir a las mujeres y la emprende a azotazos con el hombre de la máquina tragaperras. Limpio el local, entra el rey, un joven enfermizo y de apetencias inconfesables, mientras el coro de hombres canta “Glory, Glory, Hallelujah” prometiéndose la victoria.
         La desventura de los dos payasos les acompaña también en la pensión donde viven, en la que tienen que enfrentarse a los acreedores y al refunfuño del recepcionista, siendo testigo un acordeón arrastrado por su dueño con descuido que va exhalando suspiros gemebundos evocadores de la irrupción de este instrumento en la taberna del Wozzeck de Alban Berg, aunque sólo sea porque acompaña a unos seres marginales. En su habitación el payaso tonto escucha una y otra vez la misma canción llevando la aguja al principio del disco y se desespera porque el encuentro prometido entre los amantes que cuenta le recuerda su encuentro con los padres en el cielo, un encuentro que no desea, no por ellos mismos, sino porque parece que ha perdido toda esperanza. El ejército de Carlos XII regresa vencido y maltrecho al bar. El rey necesita pasar al retrete, pero éste se halla ocupado y se sienta a esperar. El coro de hombres canta impertérrito “Glory, Glory, Hallelujah” y el camarero le canta al rey una balada tradicional que habla de las viudas que ha dejado la contienda. El payaso tonto no puede más y en medio de la calle tira sus mercancías, parece que ha abandonado la esperanza de que la gente lo pase bien.
         “Homo sapiens” es el título de la última sección. Un mono está siendo torturado con electrodos en una institución científica mientras la responsable conversa apaciblemente por teléfono: “Me alegro de que estés bien”. Nos trasladamos a África: europeos con traje colonial empujan a latigazos a esclavos africanos hasta introducirlos en un cilindro gigantesco de cobre que ostenta unas protuberancias a modo de bocinas. Prenden fuego al artefacto y se convierte en alambique siniestro. El cilindro empieza a girar y nos muestra su nombre: “Boliden”, la empresa minera sueca que arruinó la región sevillana de Aznalcóllar. Uno espera oír los gritos saliendo por las bocinas, pero, en vez de ello, lo que se escucha es un coro masculino a boca cerrada interpretando una música estática, una especie de new-age sombría con pocos acordes. La belleza inusitada del cilindro siniestro se proyecta ahora sobre unas puertas de cristal por las que va saliendo lentamente la Vieja Europa, unos seres de la alta sociedad que llevan una copa de champán para brindar por la matanza que perpetraron en la Primera Guerra Mundial y por la que preparan para la Segunda, y, por qué no, por el Tratado de Libre Comercio con el que quieren rematar sus fechorías. Estos criminales engalanados son servidos solícitamente por el payaso tonto. Éste, en la habitación de la pensión, le confiesa a su compañero la visión dudando de si ha sido sueño o realidad, temiendo que sea esto último y que su arte para hacer que la gente lo pase bien haya sido convertido en herramienta de opresión.
         El último plano nos presenta una parada de autobús. Alguien dice que es miércoles, a lo que todos asienten. Uno de los futuros viajeros se sorprende, porque cree que era jueves, “Siento que hoy es jueves”. El más didáctico de los que esperan el autobús se ve en la necesidad de explicarle a su conciudadano cómo funcionan las cosas
normales entre personas normales que viven en condiciones normales: “No se siente el día que es. No funciona así. Hay que seguir un orden, si no se sigue un orden tenemos el caos. Hoy es miércoles porque ayer fue martes, y después del miércoles viene el jueves…” Tan razonable discurso es interrumpido por el zureo de una paloma fuera de campo hacia la que alzan la mirada los presentes y que nos introduce en los créditos finales con un rock-and-roll clásico. Es que ésta no es una paloma disecada como la del prólogo, se parece más a la que ha imaginado la niña discapacitada, hasta es posible que se haya escapado del cuadro de Bruegel y haya volado varios siglos para observarnos y poder decir: “Qué espectáculo tan lamentable ofrece el género humano”.
         Epílogo. Los 39 planos fijos de este fresco sobre la existencia muestran muchos otros avatares, todos perfectamente triviales: la frustración amorosa de la profesora de baile flamenco, el voyeur involuntario de desdichas y alegrías en una cafetería, el militar que no puede escuchar la conferencia sobre estrategia castrense, la muchacha que interrumpe su carrera para quitarse una piedra del zapato, los múltiples seres que vegetan en ese circo del que son protagonistas sin saberlo. Dejaré pasar un tiempo antes de ver esta película por segunda vez, no vaya a ser que la entienda. Tomo buena nota de un memorable artículo de Enrique Vila-Matas publicado hace poco en un diario canalla en el que alaba la ininteligibilidad de ciertas creaciones artísticas, o de algunos de sus contenidas, porque las hacen abiertas por definición, semillero de ideas, sugerencias, sensaciones, y que le hacen imaginar con regocijo: “¡Por fin no entendí algo!”.


Luis Robledo


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