Dirección: Yorgos Lanthimos
Guión: Efthymis Filoppou y Yorgos Lanthimos
Prohibido amar
La diosa
Diana es implacable con las ninfas que desafían su prohibición de toda relación
amorosa, sin duda como rechazo a la promiscuidad que exhiben sin pudor el resto
de los dioses. Qué risueño ese olimpo ucrónico comparado con la pesadilla en la
que nos introducen Efthymis Filoppou y Yorgos Lanthimos, una pesadilla también
ucrónica pero en la que reconocemos signos inequívocos de la realidad que nos
circunda, la de la intolerancia y el fundamentalismo, en este caso sin la
coartada de ningún dios, con la sola voluntad humana, tan terrible como la
celeste.
La Diana de la película, encarnada en la belleza gélida de Léa
Seydoux, ha organizado una sociedad paralela a la del sistema establecido, una
especie de guerilla que desafía las normas convencionales a la que va a parar
David (Colin Farrell) tras escaparse del hotel-cárcel en el que ha sido confinado
como tantos otros ciudadanos que se han quedado solteros, estado proscrito que
se castiga con 45 días de reclusión en los que el o la afectada tendrá que
encontrar pareja so pena de reencarnarse en el animal que elija. Como el
hotel-cárcel lo pueblan muchas personas de ambos sexos, a los mortales que
descendemos del mundo greco-romano nos parece relativamente fácil sortear el
problema, pero no, los diosecillos laicos no son tan permisivos ni
comprensivos, sólo aceptan uniones basadas en afinidades que no den lugar a
ambigüedades: el brote de sangre espontáneo en la nariz, la cojera, la falta de
empatía con el prójimo. Sólo se puede evitar ser convertido en un animal y ser
arrojado al bosque aceptando esa mecánica determinista ajena a la atracción
misteriosa que durante tantos siglos hemos llamado amor. Pero el deseo y el
recuerdo de la vida en pareja que han perdido por una u otra razón los
confinados en el hotel hace que urdan estratagemas para conseguir nueva pareja,
violentando su cuerpo o su alma. A ello invita hipócritamente el baile que
organiza el matrimonio regente del hotel cantando a dúo una canción melosa y
extemporánea, ridícula y siniestra en el contexto; también la terapia diaria,
igualmente hipócrita, que, en el caso de los varones, consiste en una
dependienta que restriega su culo sobre el miembro viril hasta provocar una
erección, y ya, nada más, la masturbación es castigada con crueldad, como
muestra la secuencia en que un compañero de David es obligado a abrasarse la
mano culpable en una tostadora. El sexo sólo existe en función de evitar que
haya solteros, singles, en el mundo.
La
estancia-castigo en la siniestra residencia tiene posibilidades de redención.
Por la noche se organizan sesiones de caza en las que los residentes abaten a
cuantos solteros integrantes de la guerrilla encuentran a su paso, cada soltero
abatido es un día más de permanencia y de esperanza en no ser convertido en
animal. En cualquier caso, David ha elegido la langosta por razones que tienen
que ver con su longevidad y su capacidad de mantenerse fértil. Una de las
secuencias más impactantes es la primera sesión de caza rodada a cámara lenta y
acompañada por un piano virtuoso que da paso a una melodía vocal. La música es
omnipresente en toda la película, predominando la cuerda, eso sí, a un volumen
hiriente que distorsiona los originales de Beethoven, Strawinsky,
Shostakovitch, Britten o Strauss para adaptarse al argumento. David finge
afinidad emocional con una de las residentes, cazadora implacable, perversa y
desalmada, pero no puede evitar un arrebato de sentimentalismo y es
descubierto. Consigue escaparse con ayuda de una insospechada infiltrada de la
guerrilla en el hotel y va a parar al bosque.
Con el
ingreso azaroso del protagonista en el grupo insurgente que se esconde en la
maleza comienza la segunda parte de la pesadilla, el reverso del sistema
establecido, que se va a revelar tan férreo e intransigente como aquél al que
desafían sus integrantes. La Diana guerrillera tiene prohibida toda relación de
pareja, su organización lo es de singles,
el perfecto opuesto al sistema imperante, aquí la masturbación es vista como
saludable ejercicio disuasorio. Salvando todas las distancias, es inevitable
establecer un paralelismo con las guerrillas político-sociales de los últimos
tiempos que nos han mostrado la ferocidad de que es capaz cualquier
fundamentalismo, siendo quizá el caso más claro el del Sendero luminoso peruano. Pero los aguerridos revolucionarios del
bosque han interiorizado los códigos imperantes, son criaturas nacidas en su
seno, y, así, el David con gafas de miope descubre en la miopía de Rachel Weisz
el vínculo que puede justificar la atracción que siente hacia ella, atracción
compartida por la guerrillera que, cual ninfa de la diosa mítica de los bosques,
abriga en su pecho la traición por amor. La pareja desarrolla un complejo
lenguaje de signos para declararse su amor y encontrarse secretamente. Otra
secuencia memorable de la película tiene lugar en la casa de los padres de la
líder guerrillera. Allí se presenta ésta con un supuesto compañero junto a la
pareja miope, fingiendo todos que viven una experiencia según las normas
impuestas. Los padres hacen una exaltación de la vida en pareja tocando en
sendas guitarras una adaptación del Romance
anónimo de Narciso Yepes. Arrebatados por la música (no se inquieten, a
ustedes no es fácil que les pase), los dos miopes se comen a besos y se
restriegan con pasión, se sienten seguros: los guitarristas lo verán con
aceptación y sus compañeros guerrilleros pensarán que están fingiendo
convincentemente. Pero no cuentan con la perspicacia de la diosa de la castidad
que corta abruptamente la escena.
Diana urde
un castigo terrible para su ninfa descarriada, digno de la tragedia griega.
Pero David no va a renunciar al amor y acompaña en el infortunio a la mujer a
la que se siente unido infligiéndose el mismo daño. Los dioses vengadores no
han podido con el género humano. Somos más fuertes. Nos lo dicen dos griegos.
Luis Robledo

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