Moonrise Kingdom
(USA, 2012)
Dirección: Wes Anderson
Guión: Wes Anderson y Roman Coppola
Música original: Alexandre Desplat
Nueva
Inglaterra, 1965. Un niño hace sonar en su tocadiscos de pilas un disco de
vinilo con la Guía de orquesta para jóvenes
de Benjamin Britten. La voz en off
del disco anuncia la aparición sucesiva de las familias instrumentales,
miembros de un colectivo llamado orquesta que en este punto, el arranque de la
película, se revela como metáfora de los grupos sociales, familias e individuos
que se van a presentar al espectador. La música de la Guía de
orquesta calla y comienza la historia.
Los protagonistas centrales son un niño y una niña de doce años que sienten el flechazo amoroso durante una representación de El diluvio de Noé de Britten y deciden escapar para construir su propio universo, el Moonrise Kingdom. Sam abandona a los boy scouts y Suzy abandona a su familia, dos instituciones con personajes a la deriva, inseguros (el jefe de los boy scouts, la madre adúltera, el padre con baja autoestima) a las que oponen su firme resolución de independencia. La pareja descubrirá la sexualidad al compás de Françoise Hardy sonando en el mismo tocadiscos del principio. La pequeña sociedad de esa isla de Nueva Inglaterra se moviliza para capturar a los transgesores: el policía local (amante de la madre de Suzy), los padres de la protagonista y los boy scouts. En el proceso de huída y de captura de los dos niños hacen su aparición un gato y un perro. De una forma u otra, el mundo animal está presente en toda la película: no en vano, en el primer encuentro ente Sam y Suzy ésta lleva el disfraz correspondiente al cuervo del arca de Noé (en la leyenda, negro augurio de que no ha cesado el diluvio; en la realidad cotidiana de la isla, imagen, quizá, de la marginalidad e inconformismo de la niña). Los animales pueblan, asímismo, la banda sonora de la película, en fragmentos de El carnaval de los animales de Saint-Saëns y en varios números de El diluvio de Noé. Una vez devuelta Suzy al microcosmos familiar y puesto Sam bajo custodia del policía local, los boy scouts recobran la lúcida audacia de su edad y deciden liberar a la pareja. Ahora, el desafío al establishment lo llevarán a cabo todos los púberes de la localidad, incluso algún adulto como el boy scout que une a la pareja en matrimonio. Vuelve la persecución y en medio de ella se desata una tormenta seguida del desbordamiento de ríos y mar, lo que hace que perseguidores y perseguidos acaben confluyendo en la iglesia donde está prevista la tradicional representación anual de El diluvio de Noé de Britten, representación obviamente anulada, como anuncia el irónico cartel que se deja ver en un cortísimo plano. Sam y Suzy se refugian en la tribuna del órgano disfrazados de animales, pero son descubiertos. Los perseguidores, a los que se ha unido una antipática trabajadora social que quiere enviar a Sam a un orfanato, no pueden impedir que la pareja ascienda a la torre con la intención de dejarse caer al vacío. Vulnerables, angustiados, heridos por muy diferentes motivos, todos los participantes de esta secuencia asisten como animalitos medrosos al desastre inminente con que parece amenazar el singular diluvio. Pero se produce el milagro. El policía local se compromete a adoptar a Sam, la trabajadora social accede, Suzy asiente y los padres de ésta se lanzan un guiño de cariñosa complicidad. Un potente rayo deja en suspenso la escena y al espectador. Al día siguiente, soleado y tranquilo, vuelve a escucharse la Guía de orquesta para jóvenes de Britten, pero no desde el principio, sino desde el comienzo de la última sección, cuando cada uno de los individuos y familias orquestales se enlazan e interactúan a través de la estructura de fuga para alcanzar la apoteosis final, la conjunción de todos los elementos musicales en juego. Asistimos, así, a la recomposición del grupo social, a la convivencia armoniosa de todos los integrantes de la pequeña comunidad de esa isla de Nueva Inglaterra gracias a una discreta e inteligente complicidad entre ellos: Sam y Suzy se ven en casa de ésta con la colaboración del policía-tutor, los padres de la niña se reconcilian, el jefe de los boy scouts (un personaje de relieve en la película, pusilánime al principio, pero que se crece durante el “diluvio”) ha entablado relaciones sentimentales con la telefonista de la isla. La fuga de Britten, metáfora de todo lo anterior, nos introduce en los créditos. Y ahora viene la sorpresa final: acabada la obra del compositor inglés, una voz en off anuncia una nueva “guía” musical debida al compositor de la música original de la película, Alexandre Desplat, en la que, a través de un sintetizador, se nos presentan diferentes instrumentos, alguno ajeno a la orquesta, como el banjo, que llevan a cabo una suerte de actualización de la imagen original de la concordia ejemplificada por la partitura de Britten. La lección moral, vital, de 1965 vale también para 2012.
Los protagonistas centrales son un niño y una niña de doce años que sienten el flechazo amoroso durante una representación de El diluvio de Noé de Britten y deciden escapar para construir su propio universo, el Moonrise Kingdom. Sam abandona a los boy scouts y Suzy abandona a su familia, dos instituciones con personajes a la deriva, inseguros (el jefe de los boy scouts, la madre adúltera, el padre con baja autoestima) a las que oponen su firme resolución de independencia. La pareja descubrirá la sexualidad al compás de Françoise Hardy sonando en el mismo tocadiscos del principio. La pequeña sociedad de esa isla de Nueva Inglaterra se moviliza para capturar a los transgesores: el policía local (amante de la madre de Suzy), los padres de la protagonista y los boy scouts. En el proceso de huída y de captura de los dos niños hacen su aparición un gato y un perro. De una forma u otra, el mundo animal está presente en toda la película: no en vano, en el primer encuentro ente Sam y Suzy ésta lleva el disfraz correspondiente al cuervo del arca de Noé (en la leyenda, negro augurio de que no ha cesado el diluvio; en la realidad cotidiana de la isla, imagen, quizá, de la marginalidad e inconformismo de la niña). Los animales pueblan, asímismo, la banda sonora de la película, en fragmentos de El carnaval de los animales de Saint-Saëns y en varios números de El diluvio de Noé. Una vez devuelta Suzy al microcosmos familiar y puesto Sam bajo custodia del policía local, los boy scouts recobran la lúcida audacia de su edad y deciden liberar a la pareja. Ahora, el desafío al establishment lo llevarán a cabo todos los púberes de la localidad, incluso algún adulto como el boy scout que une a la pareja en matrimonio. Vuelve la persecución y en medio de ella se desata una tormenta seguida del desbordamiento de ríos y mar, lo que hace que perseguidores y perseguidos acaben confluyendo en la iglesia donde está prevista la tradicional representación anual de El diluvio de Noé de Britten, representación obviamente anulada, como anuncia el irónico cartel que se deja ver en un cortísimo plano. Sam y Suzy se refugian en la tribuna del órgano disfrazados de animales, pero son descubiertos. Los perseguidores, a los que se ha unido una antipática trabajadora social que quiere enviar a Sam a un orfanato, no pueden impedir que la pareja ascienda a la torre con la intención de dejarse caer al vacío. Vulnerables, angustiados, heridos por muy diferentes motivos, todos los participantes de esta secuencia asisten como animalitos medrosos al desastre inminente con que parece amenazar el singular diluvio. Pero se produce el milagro. El policía local se compromete a adoptar a Sam, la trabajadora social accede, Suzy asiente y los padres de ésta se lanzan un guiño de cariñosa complicidad. Un potente rayo deja en suspenso la escena y al espectador. Al día siguiente, soleado y tranquilo, vuelve a escucharse la Guía de orquesta para jóvenes de Britten, pero no desde el principio, sino desde el comienzo de la última sección, cuando cada uno de los individuos y familias orquestales se enlazan e interactúan a través de la estructura de fuga para alcanzar la apoteosis final, la conjunción de todos los elementos musicales en juego. Asistimos, así, a la recomposición del grupo social, a la convivencia armoniosa de todos los integrantes de la pequeña comunidad de esa isla de Nueva Inglaterra gracias a una discreta e inteligente complicidad entre ellos: Sam y Suzy se ven en casa de ésta con la colaboración del policía-tutor, los padres de la niña se reconcilian, el jefe de los boy scouts (un personaje de relieve en la película, pusilánime al principio, pero que se crece durante el “diluvio”) ha entablado relaciones sentimentales con la telefonista de la isla. La fuga de Britten, metáfora de todo lo anterior, nos introduce en los créditos. Y ahora viene la sorpresa final: acabada la obra del compositor inglés, una voz en off anuncia una nueva “guía” musical debida al compositor de la música original de la película, Alexandre Desplat, en la que, a través de un sintetizador, se nos presentan diferentes instrumentos, alguno ajeno a la orquesta, como el banjo, que llevan a cabo una suerte de actualización de la imagen original de la concordia ejemplificada por la partitura de Britten. La lección moral, vital, de 1965 vale también para 2012.
Al
menos desde la clásica y magnífica Modesty Blaise (1966) de Joseph Losey, el cine ha asumido con frecuencia el estilo
narrativo del “tebeo” o comic.
Creo que, desde el punto de vista formal, Moonrise Kingdom también participa de esta tendencia. Situaciones
inverosímiles, planos cortos que son como viñetas, discontinuidades en el discurso,
nos hacen ver la película, en parte, no en su totalidad, como una tira cómica.
La cinta es enormemente sugerente y muy rica en sentido. Hay que estar muy
atentos a los planos cortos para captar detalles significativos (por ejemplo,
en el tramo final, la fotografía de la telefonista que el jefe de los boy
scouts tiene en su mesa, imagen del nuevo
amor que ha florecido tras la catarsis propiciada por el “diluvio”). En
cualquier caso, la estructura narrativa se halla enmarcada en patrones
musicales que tienen como protagonista a Benjamin Britten. La partitura de la Guía
de orquesta para jóvenes es el marco de
referencia simbólico para el proceso de transformación que se opera en la
comunidad de la isla. A su vez, El diluvio de Noé nos muestra a los actores de la historia, animales
humanos que tendrán que experimentar un diluvio real, no artístico, para
acceder a una convivencia basada en el respeto mutuo.
Luis Robledo
