Estrenos 2012: Shame

Shame (Reino Unido, 2011)

Dirección: Steve McQueen
Guion: Abi Morgan y Steve McQueen
Protagonistas: Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale, Nicole Beharie
Música original: Harry Scott

Somos demasiados los que tenemos la secreta vocación de escritores, críticos de cine, arte, literatura o qué sé yo... expertos en origami, y todos escribimos nuestras palabras para ser difundidas y leídas en la red, buscadores de la maldita trascendencia. Hay demasiada información, tanta que la realidad y la objetividad están empezando a difuminarse seriamente: todo puede ser, porque incluso los puntos de vista más opuestos sobre un mismo tema están ahí, al alcance de un clic en internet.
Así que considerando que la objetividad es imposible en este medio, yo no voy a hacer una crítica de Shame; no voy a dar datos, ni a hablar del director, de trayectorias artísticas, montaje, estilo narrativo o visual; ni siquiera pretendo demostrar que se trata de una buena película: solo voy a comentar subjetivamente un film que he visto en dos ocasiones. Voy a expresar someramente las sensaciones, emociones e ideas que me ha suscitado, sin más pretensiones. Lo mejor que puede pasar es que vayas al cine y la veas, si te gusta o no eso ya es otro asunto.

¿Qué no es Shame? No es una película palomitera, es decir, un entretenimiento con más o menos inteligencia como por ejemplo The Artist: ingeniosa, sin duda, pero que en realidad escondía una historia de amor sin mayor trascendencia argumental. Tampoco es un producto para adolescentes (o cuarentones adolescentes) en el que la inteligencia sobra, como por ejemplo la deleznable Prometheus, donde no importa que los personajes se definan o no, que un padre y una hija se lleven cien años, o que de repente haya pasajes de película de zombis sin venir a cuento, ¿qué más da a efectos de inteligencia?
Shame no es una película fácil ni agradable: es dura, inteligente, adulta, directa, y en la que creo que subyacen algunos elementos muy interesantes.

Si has llegado hasta aquí, y aún no estás buscando la sección de comentarios para ponerme a caldo por el párrafo anterior, aprovecho querido lector para hacerte algunas preguntas: ¿escondes algún cadáver en el armario?; ¿siempre muestras tu personalidad y no te hace falta ocultarla en ocasiones tras un personaje?; ¿eres de los que creen que la capacidad mental puede hacer que cualquier circunstancia de tu vida cambie? Si has respondido “no” a las dos primeras y “sí” a la tercera, te doy mi enhorabuena, vas a ser razonablemente feliz en este jodido mundo.
Ése no es el caso del protagonista de la película, desde luego, y tampoco el mío, lo cual no sé si es condición sine qua non para empatizar o comprenderle mejor, pero quizá sí para ver su lado más humano. La persona que nos ocupa ha creado una burbuja de normalidad y sobriedad a su alrededor escondiendo su disfuncionalidad, su cadáver en el armario, de una manera absolutamente perfecta. Cómo se resquebraja esa burbuja tras la llegada de su hermana, y por consiguiente la lenta entrada de luz sobre una realidad que él intenta mantener soterrada a toda costa (su adicción al sexo), es el eje central de la película. El  personaje social e integrado, creado suponemos que con mucho esfuerzo, tiempo y autocontrol, comienza a agrietarse y su trastorno se hace cada vez más evidente. Que su hermana comparta problemas con él, derivados del mismo núcleo aunque de otra índole, no parece que le sirva para ayudarse a sí mismo: el personaje ha de quedar ileso a toda costa, la personalidad no debe salir a la luz.
La titánica lucha le supera de tal forma que llega, en un paroxismo de alienación, a casi dejar escapar la única tabla de salvación que podía quedarle, su hermana, ya que los sentimientos le impiden utilizar otras vías, la del amor, por ejemplo, como ocurre en su fallida cita con su compañera de trabajo.
El resultado es que descubre que no puede luchar contra sí mismo y que como algunos de nosotros, está convencido de que la mente no lo puede todo. De ese desasosiego surge una de las escenas más emocionantes de la película, cuando sus lágrimas de impotencia se pierden en la lluvia de Nueva York y su personaje queda desamparado en el suelo como si fuera una marioneta, cuyos hilos invisibles se han roto definitivamente.

Solo tres apuntes más. Desde mi punto de vista el final no es ambiguo, él ha dejado de luchar y no mira a su acompañante del tren suburbano como alguien ajeno, sino como la próxima víctima de su deseo ya claramente incontrolable: sí, soy pesimista. El segundo apunte se lo debo a una buena amiga que vio la película conmigo la primera vez: ¿qué aporta a la narración el hecho de que todos los actores que tienen cierto peso en la trama sean tan guapos? Puede parecer una frivolidad, pero es verdad que a veces te saca de la historia por lo irreal. El tercero es la maravillosa e intensa interpretación del tema New York, New York que realiza el personaje de la hermana en la sala donde actúa..., ¡por algún lado tenía que salir mi faceta de músico!

Que la disfrutes.

Manuel Escudero