Dirección:
Steve McQueen
Guion: Abi
Morgan y Steve McQueen
Protagonistas:
Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale,
Nicole Beharie
Música
original: Harry Scott
Somos demasiados los que tenemos la secreta
vocación de escritores, críticos de cine, arte, literatura o qué sé yo...
expertos en origami, y todos escribimos nuestras palabras para ser difundidas y
leídas en la red, buscadores de la maldita trascendencia. Hay demasiada
información, tanta que la realidad y la objetividad están empezando a
difuminarse seriamente: todo puede ser, porque incluso los puntos de vista más
opuestos sobre un mismo tema están ahí, al alcance de un clic en internet.
Así que
considerando que la objetividad es imposible en este medio, yo no voy a hacer
una crítica de Shame; no voy a dar datos, ni a hablar del director, de
trayectorias artísticas, montaje, estilo narrativo o visual; ni siquiera pretendo demostrar que se trata de una buena película: solo voy a comentar
subjetivamente un film que he visto en dos ocasiones. Voy a expresar
someramente las sensaciones, emociones e ideas que me ha suscitado, sin más
pretensiones. Lo mejor que puede pasar es que vayas al cine y la veas, si te
gusta o no eso ya es otro asunto.
¿Qué no es Shame? No
es una película palomitera, es decir, un
entretenimiento con más o menos inteligencia como por ejemplo The Artist:
ingeniosa, sin duda, pero que en realidad escondía una historia de amor sin
mayor trascendencia argumental. Tampoco es un producto para adolescentes (o
cuarentones adolescentes) en el que la inteligencia sobra, como por ejemplo la
deleznable Prometheus, donde no importa que los personajes se definan o no,
que un padre y una hija se lleven cien años, o que de repente haya pasajes de película
de zombis sin venir a cuento, ¿qué más da a efectos de
inteligencia?
Shame no es una
película fácil ni agradable: es dura, inteligente, adulta, directa, y en la que
creo que subyacen algunos elementos muy interesantes.
Si has llegado
hasta aquí, y aún no estás buscando la sección de comentarios para ponerme a
caldo por el párrafo anterior, aprovecho querido lector para hacerte algunas
preguntas: ¿escondes algún cadáver en el armario?; ¿siempre muestras tu
personalidad y no te hace falta ocultarla en ocasiones tras un personaje?;
¿eres de los que creen que la capacidad mental puede hacer que cualquier
circunstancia de tu vida cambie? Si has respondido “no” a las dos primeras y
“sí” a la tercera, te doy mi enhorabuena, vas a ser razonablemente feliz en este
jodido mundo.
Ése no es el caso del protagonista de la
película, desde luego, y tampoco el mío, lo cual no sé si es condición sine qua
non para empatizar o comprenderle mejor, pero quizá sí para ver su lado más
humano. La persona que nos ocupa ha creado una burbuja de normalidad y
sobriedad a su alrededor escondiendo su disfuncionalidad, su cadáver en el
armario, de una manera absolutamente perfecta. Cómo se resquebraja esa burbuja
tras la llegada de su hermana, y por consiguiente la lenta entrada de luz sobre una realidad que
él intenta mantener soterrada a toda costa (su adicción al sexo), es el eje
central de la película. El
personaje social e integrado, creado suponemos que con mucho esfuerzo,
tiempo y autocontrol, comienza a agrietarse y su trastorno se hace cada vez más
evidente. Que su hermana comparta problemas con él, derivados del mismo núcleo
aunque de otra índole, no parece que le sirva para ayudarse a sí mismo: el personaje ha de quedar ileso a toda costa, la personalidad no debe salir a la
luz.
La titánica lucha le supera de tal forma que
llega, en un paroxismo de alienación, a casi dejar escapar la única tabla de
salvación que podía quedarle, su hermana, ya que los sentimientos le impiden
utilizar otras vías, la del amor, por ejemplo, como ocurre en su fallida cita con
su compañera de trabajo.
El resultado es que descubre que no puede
luchar contra sí mismo y que como algunos de nosotros, está convencido de que
la mente no lo puede todo. De ese desasosiego surge una de las escenas más
emocionantes de la película, cuando sus lágrimas de impotencia se pierden en la
lluvia de Nueva York y su personaje queda
desamparado en el suelo como si fuera una marioneta, cuyos hilos invisibles se
han roto definitivamente.
Solo tres apuntes
más. Desde mi punto de vista el final no es ambiguo, él ha dejado de luchar y
no mira a su acompañante del tren suburbano como alguien ajeno, sino como la
próxima víctima de su deseo ya claramente incontrolable: sí, soy pesimista. El
segundo apunte se lo debo a una buena amiga que vio la película conmigo la
primera vez: ¿qué aporta a la narración el hecho de que todos los actores que
tienen cierto peso en la trama sean tan guapos? Puede parecer una frivolidad,
pero es verdad que a veces te saca de la historia por lo irreal. El tercero es
la maravillosa e intensa interpretación del tema New York, New York que realiza el personaje de la hermana en la sala donde actúa..., ¡por
algún lado tenía que salir mi faceta de músico!
Que la disfrutes.
Manuel Escudero
