Dirección: Radu Muntean
Guión: Razvan Radulescu/Alexandru Baciu/Radu Muntean
El veneno de la felicidad
He
aquí una película amarga y dura, porque el drama que cuenta se halla envuelto
en las fechas que una superstición civil ha declarado paradigma de la
felicidad: la Navidad. La manifestación externa de esta dicha programada, en la
que declinamos por unos días nuestros desconsuelos cotidianos, son los regalos.
Desde la primera hasta la última escena la pantalla se llena de regalos,
prometidos, cumplidos, añorados o aceptados con resignación.
Los regalos componen el telón de fondo de una cohesión familiar que desde el comienzo vemos resquebrajada. Pero, durante gran parte del metraje, este resquebrajamiento sólo lo conocemos tres sujetos: el espectador, el marido adúltero y la amante. La esposa, la hija del matrimonio, los abuelos y los parientes permanecen ajenos. Cuando, tarde, la esposa conoce la verdad se alcanza un punto de inflexión a partir del cual los regalos devienen objetos envenenados, simulacros crueles del frágil equilibrio operado en las relaciones afectivas. Pero ahí están, enmascarando hasta el final el drama de tres personas atrapadas en la contradicción de sus deseos.
Los regalos componen el telón de fondo de una cohesión familiar que desde el comienzo vemos resquebrajada. Pero, durante gran parte del metraje, este resquebrajamiento sólo lo conocemos tres sujetos: el espectador, el marido adúltero y la amante. La esposa, la hija del matrimonio, los abuelos y los parientes permanecen ajenos. Cuando, tarde, la esposa conoce la verdad se alcanza un punto de inflexión a partir del cual los regalos devienen objetos envenenados, simulacros crueles del frágil equilibrio operado en las relaciones afectivas. Pero ahí están, enmascarando hasta el final el drama de tres personas atrapadas en la contradicción de sus deseos.
La
película descansa sobre largos planos fijos en los que el peso recae sobre los
actores, magníficos en esa teatralidad cinematográfica tan cara a clásicos como
Bergman o Mankiewicz. En este sentido, la transformación del personaje de
Adriana, la esposa, es espectacular: de anodina ama de casa pasa a convertirse,
entre el dolor y la lucidez, en la autora de la desestructuración racional y
controlada de la unidad familiar, con una fuerza dramática que impresiona.
La
música, diegética, se hace esperar en esta película. Son dos las intervenciones.
La última la constituyen unos villancicos populares rumanos que cantan unos
niños fuera de plano al final de la película, sobre la imagen del abuelo (ajeno
al conflicto) y del matrimonio,
alineados los tres en un plano cuya tensión entre el que no sabe y los que
saben dirige al espectador a los créditos. La primera tiene lugar justo después
del encontronazo traumático de la pareja: la clase de piano de la hija de
ambos, Mara, en la que ésta ejecuta torpemente una invención de Bach sobre un piano
vertical desafinado. El audio de esta secuencia es el elegido para desplegar
los créditos. ¿Metáfora de la quiebra emocional? (¡Bardem, Calle Mayor!), ¿augurio de la desarmonía que espera a Mara
cuando alcance la edad de sus padres?
Luis Robledo
