Blancanieves
(España, 2012)
Guión y dirección: Pablo Berger
Música original: Alfonso Villalonga
El cuento dentro del cuento
Las
comparaciones son odiosas, pero inevitables. Ideada antes que The artist de Michel Hazanavicius, la película de Berger tiene
que soportar el lastre de ser una “segundona” por los avatares de la industria.
Pero hay más verdad en ésta que en aquélla. Si el reto de hacer una película
muda en blanco y negro es superado con creces en ambos casos, con The
artist las lágrimas fluían a raudales a
medida que el folletín se precipitaba hacia el final, mientras que en Blancanieves se experimenta una emoción contenida ante la
tragedia de un mundo escindido entre la maldad en estado puro (la madrastra,
claro) y la ternura (emocionantes las secuencias en las que se encuentran el
padre torero inválido y la Blancanieves niña encarnada por Sofia Oria cuya
expresividad en los ojos, en la actitud, merece hacer de ella una actriz con
futuro).
El cuento nos dice más sobre la vida que el folletín. El mundo tenebroso, inquietante, de los cuentos infantiles, ese lado obscuro que Berger ha subrayado siendo fiel a los originales, no sólo los de los hermanos Grimm, sino los cuentos rusos recopilados por Afanasiev o los imaginados por Andersen, contiene una hoja de ruta inexcusable para que el niño pueda devenir adulto, como muy bien ha puesto de manifiesto Gustavo Martín Garzo. Por eso, padre e hija leen juntos “Caperucita”, el primero víctima de la maldad disfrazada, la segunda aprendiendo a enfrentarla: el cuento dentro del cuento. Quizá la película de Berger carece de las soluciones tan imaginativas con el juego entre silencio y sonido que lleva a cabo Hazanavicius, pero la lágrima que resbala por la mejilla de Blancanieves en el último plano, enigmática, sugeridora de desenlaces posibles que se le ofrecen al espectador, promete más vida que el caudal con el que nos regala The artist.
El cuento nos dice más sobre la vida que el folletín. El mundo tenebroso, inquietante, de los cuentos infantiles, ese lado obscuro que Berger ha subrayado siendo fiel a los originales, no sólo los de los hermanos Grimm, sino los cuentos rusos recopilados por Afanasiev o los imaginados por Andersen, contiene una hoja de ruta inexcusable para que el niño pueda devenir adulto, como muy bien ha puesto de manifiesto Gustavo Martín Garzo. Por eso, padre e hija leen juntos “Caperucita”, el primero víctima de la maldad disfrazada, la segunda aprendiendo a enfrentarla: el cuento dentro del cuento. Quizá la película de Berger carece de las soluciones tan imaginativas con el juego entre silencio y sonido que lleva a cabo Hazanavicius, pero la lágrima que resbala por la mejilla de Blancanieves en el último plano, enigmática, sugeridora de desenlaces posibles que se le ofrecen al espectador, promete más vida que el caudal con el que nos regala The artist.
Como
se señala en la ficha que acompaña a la proyección, Berger no ha sucumbido a la
ingenuidad de hacer una película muda “a la antigua”, con ese histrionismo de
los actores que buscaba acercar al espectador al escenario teatral. Pero sí ha
empleado sabiamente una estética deudora del cine de época, sobre todo del
expresionismo y post-expresionismo alemanes (Murnau, Pabst). Es posible que
haya abusado de ciertos efectos, como esos giros desenfrenados de la cámara que
tanto recuerdan a la maestría de Karl Freund en El último de Murnau, pero el conjunto funciona muy bien y es
coherente con la ambientación de la película en los años 20 del siglo pasado.
También
es moderna la Blancanieves de Berger por el empleo de la música. En las
películas mudas históricas, salvo cuando se conserva la partitura compuesta
expresamente para ellas, la inclusión de la música produce una distorsión
narrativa producto de dos discursos diferentes, cada uno con su lógica interna.
A sabiendas de que hay muy buenos adaptadores y acompañantes musicales de cine
mudo, no puedo evitar, sin embargo, taparme los oídos (o bajar el volumen) para
no dejar que el ritmo cinematográfico sea distorsionado por el musical. En la
cinta que nos ocupa la música se adapta perfectamente a las diferentes
situaciones y climas que se recrean en la pantalla. La partitura de Alfonso
Villalonga es excelente y muy variada. En conjunto se mueve por las diferentes
corrientes de la primera mitad del siglo XX: muy reconocible la huella de
Ravel, pero también del Shostakovich de las suites “de jazz”, y hasta de
Bartók. A la partitura original acompañan otras músicas adicionales entre las
que caben destacar el pasodoble torero La entrada (compuesto en 1925 por Quintín Esquembre) y la elegía que canta Silvia
Pérez Cruz a la Blancanieves moribunda tras morder la manzana. Y no podía
faltar el instrumento electrónico con el que los estudios del Hollywood de los
años 40 subrayaron lo siniestro: el thereminvox (¿recuerdan la secuencia diseñada por Dalí en Spellbound de Hitchcock?), con el que Berger acompaña los actos
de suprema maldad que ejecuta la madrastra.
El
toro y la muerte se hallan
asociados en el imaginario colectivo español. La muerte recorre la
película de Berger y el toro es herramienta de aquélla, aunque no la única,
porque la madrastra también lo es a su manera, más cruel. Si el toro representa
las fuerzas telúricas inasibles, fuera de control, la madrastra encarna la
ambición calculada y la vanidad del ser humano. Blancanieves, al asumir la
herencia de su padre, se enfrenta al animal y sale victoriosa, pero no puede
evitar sucumbir a la trampa urdida por la madrastra. Ésta, a su vez, se siente
herida por el éxito de la hijastra y ve amenazada su imagen (magnífico el despliegue
de trajes de época en el que se enfunda Maribel Verdú), pero cuando acude a la
plaza de toros con la manzana emponzoñada encuentra su destino trágico, en un
impresionante plano, entre las astas del animal irreductible que encumbra y
somete por igual los anhelos humanos.
La
dimensión mítica del cuento permite licencias y variantes sin alterar su
esencia. Éstas suelen ser hijas de su tiempo. En la cinta que nos ocupa el
cuento se ha acomodado a una urgencia de la sociedad actual como es la
emancipación femenina. Que Blancanieves sea torera en la España de los años 20
desafía la realidad histórica. La propia literalidad del cuento es puesta en
entredicho reduciendo los enanitos a seis para que la protagonista sea la
séptima “enanita”. Asímismo, cuando en el tramo final de la película una
muchacha lesbiana besa a Blancanieves con la esperanza de volverla a la vida
(ante el estupor de Georges Méliès, el mago del cine que custodia aquí una
doble criatura de ficción, la del cuento y la del celuloide), se aleja al
público deliberadamente de las coordenadas ideológicas en las que se movieron
los contemporáneos de los hermanos Grimm. Pero es que este cuento nos toca
leerlo aquí y ahora. También en este sentido Pablo Berger ha sabido hacer una
película moderna.
Luis Robledo
