Woody Allen,
el documental (Woody Allen, a documentary)
Año de producción:
2012
Director y
guionista: Robert B. Weide
Aquí está Woody Allen (aunque
él preferiría estar en cualquier otro lugar)
Lo
paradójico de este documental sobre Woody Allen es que, aunque él mismo accedió
a que el director y guionista Robert B. Weide lo hiciera, no se considera un
personaje merecedor de ello, y parece estar con un pie fuera de cada fotograma,
deseando que termine ya (tal como sucedía al final de ese falso documental que
es Maridos y mujeres).
La
factura sobria y escueta del documental, centrado en el testimonio del
protagonista y en las entrevistas con diversos actores, críticos y directores
de cine, es un reflejo de la rutina de trabajo espartana de Woody Allen,
alejada de toda excentricidad y revestida de cuadernos de hojas amarillas
rayadas, una vieja máquina de escribir y pequeñas grapadoras que enjaretan sus
esquejes de guiones.
No
importa la película; lo que queda es la grandiosa figura bajita de Woody Allen.
La estructura lineal elegida por Robert B. Weide nos invita a un viaje de
puntillas y a puntapiés por la vida pero sobre todo por la obra de Allen, desde
sus inicios como guionista y cómico (también siempre con un pie fuera del
escenario), pasando por sus grandes películas, sus fracasos y decepciones y su
empeño en rodar una película cada año, espoleado por esa hiperactividad que le
achacaba su madre cuando era pequeño, pero, por encima de todo, por la
persecución de su ballena blanca: ¡hacer una buena película algún día! Curioso
es que el propio Allen confiese que ese afán por estar continuamente haciendo
algo quizá le venga del temprano descubrimiento de su mortalidad, algo que
aparece de forma recurrente en su obra. Su forma de huida es la escritura y la
dirección de películas. En un momento del documental, Woody Allen, a partir de La
rosa púrpura de El Cairo,
comenta que las personas buscan la fantasía para escapar de la realidad, pero,
como en la película, al final no tienen más remedio que quedarse con la
realidad, aunque siempre les acabe defraudando. Él ha conseguido hacer de la
ficción su realidad, y, aunque no lo vea o le fastidie, su ficción también ha
pasado a formar parte de nuestra realidad.
Tomándole prestada la idea de Manhattan, podríamos enumerar algunas de las razones que
hacen que merezca la pena vivir, suficientes ballenas blancas para repoblar el
océano Ártico para siempre: la escena del atraco "disléxico" en
Toma el dinero y corre, el
blanco y negro de Manhattan
teñido del azul de Gershwin, Hannah y todas y cada una de sus hermanas y demás
familia, el asesinato de Anjelica Huston con Schubert de fondo en Delitos y
faltas, la sonrisa amarga
que nos esculpe Annie Hall,
la violencia latente en Maridos y mujeres, la risa de Diane Keaton ayer, hoy y siempre, la
pelota de tenis suspendida en el aire sobre la red...
Itziar Ibáñez
