Sesión continua: Arrebato (1979)

Arrebato
Dirección: Iván Zulueta
Guión: Iván Zulueta
Música: Negativo, Iván Zulueta
Fotografía: Ángel Luis Fernández
Reparto: Eusebio Poncela, Cecilia Roth, Will More, Marta Fernández-Muro, Antonio Gasset, Carmen Giralt, Helena Fernán-Gómez, Luis Ciges
Año de producción: 1979
Estreno: Cine Azul, Madrid, 9 de junio de 1980
Duración: 105 min.


 Se dice desde antiguo de Arrebato que es una película de las llamadas “de culto”, pero creo que una obra de esta enjundia no se merece esa reducción a fetiche de la parroquia de una seudorreligión.
Ángel Fernández-Santos

¿Qué se puede decir de esta sobrecogedora película que no haya sido dicho ya? Pocas veces se ha escrito tanto (tal vez demasiado) sobre un filme español en los últimos treinta años.
 A modo de introducción, o si se prefiere como epílogo, no quisiera dejar de mencionar el excelente documental Iván Z realizado por Andrés Duque en el que muestra una interesante visión de la personalidad y la vida de Zulueta. El cortometraje, rodado en la casa del artista en San Sebastián durante el mes de agosto de 2003 (seis años antes de su muerte), hace un recorrido por su biografía y la gestación de sus obras. Impresionantes imágenes y palabras, acompañadas por el Adagio con espressione de la Sonata op.27 nº1 de Beethoven, que nos hablan -con una sensibilidad conmovedora- de la figura de este gran creador y nos muestran lo que de él hay en Arrebato, que es todo.
Cuando vi Arrebato por primera vez, sentí una extraña fascinación, una “arrebatadora” seducción por una película que me pareció inclasificable y turbadora, extremadamente emotiva por la desnudez –casi impúdica- con que manifiesta su dolor, su desgarro. Hermetismo, singularidad y eclecticismo hacen de ella una cinta única e irrepetible. Pero, a mi juicio, su condición innovadora y experimental es solo epidérmica. Más allá de la aparente indeterminación que puede sugerir, nos hallamos ante una tragedia límpida, nítida y preclara aunque su lenguaje manifieste justo lo contrario. Acaso este lenguaje sea el más idóneo para expresar la desintegración del ser, el paso del tiempo, el delirio, la locura y la búsqueda de la muerte; conceptos que se desprenden, exangües, de esta obra hipnótica.
Arrebato entendido en su doble sentido: como sustracción, y por tanto, como carencia, como pérdida; búsqueda de un tiempo pasado, un tiempo que se detiene en “la pausa”, en un mundo que se ha ido para siempre, como la infancia. Pero también como un estado anímico de pulsión y embriaguez que hace que nos sintamos, y nos sepamos, vivos. Fuera de él solo queda el vacío de una vida que ya ha muerto, como la que vive José Sirgado (Eusebio Poncela). El arrebato es la pausa, el fotograma en rojo, lo que queda fuera de campo en ese “ojo-cine”, transmitido por Dziga Vertov, que nos atrapa. Solo el arrebato puede restaurar esa pérdida y trascender una realidad mediocre y vaciada. Las drogas son un elemento decisivo para transformar esta realidad, no solo “el caballo” sino cualquier impulso que nos sitúe del otro lado. La heroína -también detrás de la cámara, durante el rodaje- antes que un vehículo es, sobre todo, un estado; pues no se trata de una película sobre la droga sino desde la droga, en la esencia misma de ella.
Pero (y permítaseme este obsceno juego de palabras) el arrebato con el que pretendemos recuperar lo arrebatado nos arrebata, es decir, nos aniquila. La muerte es la elección del alter ego de Zulueta, de su Doppelgänger, doble también en la película a través de los personajes de Pedro P. (Will More) y José Sirgado; el primero, pionero en ese viaje que es iniciático para el segundo, como en una Bildungsroman. Un personaje, el que interpreta Poncela, que se construye en y hacia su destrucción.
Me parece una película para ver y disfrutar sin apenas nombrar o definir. La “heroína” entra sola en las neuronas de nuestro cerebro y se extiende por todo el cuerpo provocando ese arrebato que nos deja sin aliento, pegados a la pantalla hasta el último fotograma, aquel en el que la ficción, y acaso también la realidad, se congelan definitivamente. Sus supuestas imperfecciones, su carácter atípico y en ocasiones fragmentario –como en tantas otras grandes obras- solo confirman, y conforman, su asombrosa calidad. Siendo una película muy de su tiempo (rodada en 1979 y estrenada en 1980), y que influyó poderosamente en el cine posterior, trasciende a su tiempo –a la vez que lo refleja- porque lo que nos cuenta no está fuera sino en el interior de uno mismo.
La amalgama de técnicas cinematográficas y procedimientos compositivos empleados -incluso los amateurs- constituyen el tejido que intenta expresar lo inexpresable. Pero es el viaje sin retorno hacia la destrucción, ajeno a cualquier injerencia dramática, lo que hace vibrar y palpitar de emoción a Arrebato. El uso de técnicas experimentales, tan queridas por otra parte al realizador, no son más que la forma tensa, seca, impactante que describe esa inmolación. Ese arrebato que nos subyuga y que nos pierde; la vida que deviene búsqueda de lo que ya fue, por tanto de lo imposible; el cine-ojo; cine vampírico; cine cinéfilo. Cine mayúsculo escrito con minúsculas.

César Ureña Gutiérrez