DJANGO DESENCADENADO (Estados Unidos, 2012)
Dirección: Quentin Tarantino
Guion: Quentin
Tarantino
Fotografía: Robert Richardson
Reparto: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo
DiCaprio, Samuel L. Jackson, Kerry Washington
Una historia, en algún sentido, no
es algo de este mundo. Una verdadera
historia requiere un bautismo mágico
que conecte este mundo con el otro.
Sputnik, mi amor (Haruki Murakami)
Me resulta bastante complicado escribir sobre una película
que no me gusta y concretar cuáles son, en mi opinión, los aspectos que impiden
que sea una obra redonda o las razones que tengo para considerar que el
director no expresa lo que pretende.
En este caso, además, la dificultad se acrecienta porque
se trata de Quentin Tarantino: un realizador que no me resulta ajeno y cuyas
dos primeras películas forman parte de mi bagaje emocional, del que se ha
escrito muchísimo dado su enorme éxito, y que despierta pasiones y rechazos
igual de excesivos.
Hay bastantes críticos que
coinciden en considerar que la trayectoria ascendente de Tarantino acaba cuando
empieza, es decir, con Reservoir Dogs; otros, más benévolos, hacen durar
la misma hasta Pulp Fiction, planteando una escisión entre estas dos
películas y el resto de su filmografía. Aún así, entre los detractores de su
obra raros son los que no reconocen el valor de estos dos filmes, y como yo
suscribo la segunda tendencia (Pulp Fiction me parece soberbia), voy a
intentar explicar someramente cuáles son los motivos por los que Tarantino a
partir de su tercer largometraje me deja indiferente en la butaca del cine,
cuando no, completamente aburrido.
Mi comentario sobre Django
desencadenado va a ser, por tanto, poco útil para quien esté decidiendo si
ir a verla o quedarse en casa (mi consejo siempre, en caso de duda, es que deje
de leer y vaya al cine), porque va a versar sobre el director y su filmografía
en general, que creo adolece de los mismos problemas estructurales en cada una
de sus películas desde Jackie Brown: inexistencia de expresión personal
y carencias en el desarrollo de ideas. Deficiencias estas que, por otro lado,
podemos encontrar en artistas de todos los ámbitos.
Vaya por delante que yo no creo en la innovación como un elemento fundamental en la creación artística, de hecho me parece que se suele sobrevalorar la originalidad y la búsqueda de lo singular, pero hay que distinguir entre los autores que utilizan de manera reiterada fórmulas que configuran su lenguaje personal o que trabajan con la gramática de un genero, y quienes sólo se apoyan en un estilo sin utilizarlo con intención creativa.
Un director de cine puede jugar
con los patrones de un tipo de corriente estética determinada y también
repetir, de manera consciente o inconsciente, esquemas de pensamiento en
distintas películas suyas (de hecho me parece inevitable que así sea, porque el
objeto artístico no deja de ser una expresión de la identidad del artista), sin
que esto sea, en esencia, un rasgo peyorativo a la hora de valorar sus
resultados. La diferencia entre un verdadero creador y alguien que no lo es
viene marcada por el hecho de que todos los elementos que utiliza el primero en
sus obras, están imbricados en un discurso que tiene lógica en sí mismo y que
conforma su propio universo personal. Con Tarantino no ocurre eso, no emplea el
género cinematográfico como vía por la que discurrir (haciendo suyos los
ingredientes que lo constituyen y usándolo con el fin de contar una historia
cuya lógica adquiere mayor sentido dentro de dicha estructura), lo que él hace
es parasitarlo, calcando las maneras, para así tratar de ocultar la realidad,
que no es otra que su flagrante falta de ideas. Da igual el palo que toque,
puede ser la Blaxploitation en Jackie Brown, el cine de artes
marciales en Kill Bill, el cine bélico de subgénero nazi en Malditos
bastardos o el spaguetti western
en la que nos ocupa, siempre es lo mismo: mimetiza las formas pero crea obras
intrascendentes en cuanto a fondo. Como los músicos de jazz con poco talento,
usa cliché tras cliché (fijaos si tenía archivados para Kill Bill, que
necesitó dos películas para quedarse a gusto) en una suerte de corriente sin
dirección en la que se desdibuja la narración y pierde sentido lo que expone.
Sus largos metrajes no tienen otra explicación: al carecer de discurso, el
relato se convierte en un flujo continuo de autocomplacencia visual dentro del
parámetro que mejor maneja, el de la violencia extrema.
De todos modos, si te gustaron
algunos de los filmes de Tarantino que menciono más arriba y aún consideras
encomiable su irreverencia (a este respecto me habría encantado que se hubiese
decidido por un peplum, ¡el partido que podría haber sacado a los
martirios y ejecuciones de cristianos!), vas a quedar satisfecho o, al menos,
medianamente satisfecho con Django desencadenado. Hay mucha acción, innumerables
escenas violentas y los personajes, irónicos y socarrones, mueren con mucho
histrionismo, desangrándose y salpicando sus sesos por la pantalla, sin dejar
de declamar los excesos verborreicos tan típicos de los guiones de este
realizador.
Christopher Waltz hace un trabajo
espléndido en medio de esta sucesión de estereotipos (como ya hizo en la
anterior, donde destacaba por encima de la media) y Leonardo DiCaprio, que ha
demostrado en muchas ocasiones su gran calidad como actor, trata de defender un
papel que hace aguas por todos lados. A Jamie Foxx no me lo creo, porque su
personaje es como un esquimal en pleno desierto y Samuel L. Jackson está un
tanto desamparado en su papel de viejo esclavo colaboracionista.
Manuel Escudero

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