Título: Straw Dogs
Director: Sam Peckinpah
Guión: David Zelag Goodman y
Sam Peckinpah
Música: Jerry Fielding
Fotografía: John Coquillon
País: Inglaterra
Reparto: Dustin Hoffman, Susan
George, David Warner, Peter Vaughan, T. P. McKenna, Del Henney, Sally Thomsett,
Peter Arne, Colin Welland, Donald Webster, Jim Norton, Keb Hutchison, Len Jones
Año: 1971
Duración: 113 min.
O cuando la paja se vuelve perro
¿Es
posible realizar una película sobre la violencia sin deslizar matices morales o
apologéticos? ¿Es permisible mantenerse “al margen” de estas dos tendencias
casi inevitables? Si esto os parece una empresa destinada al fracaso, os
aconsejo que veáis esta espléndida y espeluznante película del gran Sam Peckinpah,
maestro inconfundible, de poderosísima originalidad (a este propósito sería
justo reconocer la huella de otro grande un tanto olvidado, Budd Boetticher, en
algunos de sus westerns), que ha trazado
el camino a seguir de un buen puñado de directores. Unos, como puede ser el caso
del primer Walter Hill, con un sello propio y un estilo poderoso. Otros, entre
los que el rey indiscutible es Quentin Tarantino, tan solo capaces de imitar un
gesto vacío que encubre la desolación inmensa de la nada; paradigma de la
manifestación esteticista de una violencia que, a fuerza de huera y repetitiva,
se convierte –en las antípodas de aquello que pretende imitar- en burdo
parafascismo.
Pero
volvamos a Sam, no al “tío”, claro está, sino al que fue acusado de alcohólico,
misógino, drogadicto, sádico…, aquel al que la prensa estadounidense no dudó en
apodar, con puritano afán estigmatizador, como “Bloody Sam”. Perros de paja marcó un punto de
inflexión en su filmografía, entre otras cosas porque su intenso y concentrado
rodaje se pareció bastante a un infierno, o también a alguna de las películas
de su director… No es mi intención realizar aquí un pequeño análisis de la
película, creo que ella habla por sí sola y siempre se puede consultar la
bibliografía sobre su autor, desde el ya clásico estudio de Carlos F. Heredero Sam Peckinpah hasta el más reciente
comentario sobre esta película incluido en el muy interesante Cine al rojo vivo de José de Diego. Mi
interés se centra en resaltar, aunque solo sea a modo de apunte o sugerencia,
el trasfondo desolado, brutal (aquí, el calificativo –por una vez- me parece
pertinente) que deja la cinta cuando ésta concluye; qué nos sucede tras ese inquietante final (“no sé cómo volver a casa”)
que David Warren –magnífico en su papel de Henry Niles- sugirió casualmente en
una conversación entre Peckinpah, Hoffman y él mismo, finalizado el rodaje.
Esos
personajes degenerados, abismáticos, que transitan por el pueblo de Cornualles,
y que parecen sacados de una pesadilla bucólico-pastoril, los encontramos con
frecuencia en el cine de esta época que versa sobre el gangrenado espíritu de
la América profunda (aunque la película sea una producción inglesa, el personal
universo californiano de su director está presente con su inconfundible fuerza).
Recordemos que tan solo un año después, en 1972, se estrenó la extraordinaria Deliverance del británico John Boorman,
en la que una siniestra raza de montañeses padece un envilecimiento aún más
acusado. Son dos de aquellos ociosos y estólidos maleantes de Cornualles los
que protagonizan, junto con una magnífica Susan George, una de las escenas de
agresión sexual más desconcertantes y terribles que se han visto en la
pantalla, acaso solo equiparable al aterrador primitivismo protohumano de la
escena de Deliverance o al despiadado
sadismo de la de La naranja mecánica.
Pero lo que diferencia a Peckinpah de los demás es su ambigüedad, es decir su
capacidad para introducir un elemento reconocible
en un acto, en sí, absolutamente despreciable.
Ante
estos seres rudos y primarios sentimos un inmediato rechazo, pues encarnan
(nunca mejor dicho ya que toda traza de espiritualidad parece haber sido
arrasada) una violencia destructiva y letal, salvaje pero -en el fondo- menos
poderosa y eficaz que aquella que anida en los sótanos umbríos de la razón, una
contención tan solo aparente. Y es que acaso, llegamos a pensar, la violencia
desesperada que brota de una inteligencia asediada sea mucho más dañina y
peligrosa que aquella que nace de la simple bestialidad. Ésta es, a mi juicio,
una de las cuestiones álgidas que plantea el filme: ¿supone la violencia una
merma de humanidad o es, por el contrario, un atributo esencial de la propia
condición humana? Repudiamos –con el sentimiento de aversión que alimenta lo
que consideramos ajeno- la violencia en los demás, pero ¿qué ocurre cuando la
sentimos en lo más hondo de nosotros mismos? ¿Qué sucede cuando aflora con la
misma naturalidad que la ternura? ¿Cuál o cuáles son los límites de la
naturaleza humana y qué acontece cuando las circunstancias más imprevisibles
ponen al descubierto el lado más oscuro de esa naturaleza, ahora ineludiblemente
nuestra?
Estas
pueden ser algunas de las preguntas que surgen de esta intensísima obra de
múltiples y contradictorias lecturas. Y al fin, cuando la película termina y
creemos ya sentirnos a salvo de la pesadilla que nos ha mostrado, apenas
tenemos tiempo de tomar aire pues, de súbito, comprendemos que una pesadilla
aún mayor no ha hecho más que comenzar. Peor, porque el horror percibido ya no es
un elemento extraño, ajeno, que está fuera y que, por tanto, podemos exorcizar
o condenar, sino que ahora cualquiera de nosotros
sabe que yace agazapado en nuestra recóndita intimidad, allí en lo más
hondo, en el corazón de las tinieblas.
César Ureña Gutiérrez

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