Dirección y guión: Michael
Haneke
El paraíso perdido
Como Adán y Eva en
la leyenda hebrea, los protagonistas del último film de Haneke van a ser
extrañados de su paraíso particular, un paraíso modesto, construído con el amor
a su profesión y con el amor mutuo. Quien los condene al extrañamiento no será
un dios arrogante, sino el más poderoso dios del tiempo y sus lacayos, la
enfermedad, el sufrimiento, el recuerdo. Georges y Anne son dos ancianos
profesores de piano, viven su jubilación más que acomodadamente y se disponen a
escuchar un concierto del brillante discípulo de Anne al comienzo de la
narración de los hechos, no de la película. El impromptu de Schubert que
ejecuta el concertista abandona por unos minutos la sala de conciertos para
acompañar a la pareja en su trayecto de vuelta a casa, como el vehículo natural
de su tránsito por la vida.
Es al día siguiente cuando aparece el primer
síntoma de la parálisis progresiva que va a sufrir Anne. El resto de la película
será esencialmente un diálogo entre la pareja diferente al llevado a cabo hasta
entonces. Diálogo mediatizado por un tercer personaje, el arcángel maldito que
habita el cuerpo de Anne y lo degrada, que impone con su espada de fuego nuevos
códigos. Diálogo asimétrico, por cuanto Anne va perdiendo el control de su
cuerpo, de su palabra, de sus recuerdos, y es Georges el encargado de intentar
recuperar la memoria perdida por su pareja mediante ejercicios como el canto de
la melodía popular francesa Sur le pont
d’Avignon, una melodía que equilibra la orientación musical
germano-céntrica que recorre la película, ya que la banda sonora elegida por
Haneke consta, además del impromptu mencionado anteriormente (que suena otra
vez más en el CD grabado por el alumno), de ese milagro que es el impromptu en
sol bemol mayor de Schubert, de una bagatela de Beethoven y de un coral de Bach
transcrito para piano por Busoni. Éste último lo interpreta Georges cuando Anne
es todavía dueña de sus facultades mentales, pero lo interrumpe
inesperadamente, consciente de que el tiempo se ha agrietado y ha perdido su
elasticidad, de que no puede prolongarse el sueño de un tiempo virtual
ilimitado. La nostalgia del tiempo perdido la declara también Anne cuando
revisa las fotos de su infancia y exclama “Qué bella es la vida”.
La intensidad de la película se basa en gran medida en la
disposición de encuadres fijos en los que los intérpretes se enfrentan a su
peripecia existencial, cada vez más dolorosa porque el deterioro en ascenso de
ella los hace vulnerables a los dos. Los movimientos acompasados con los que
intentan conjurar el progreso irreversible de la enfermedad, en el cuarto de
baño, en la cocina, en el dormitorio, componen una suerte de coreografía del
sufrimiento, siempre cambiante y siempre el mismo, como el río de Heráclito. La
atmósfera opresiva que puebla cada uno de esos encuadres es lograda por la
interpretación sobrecogedora de Emmanuelle Riva (Anne) y Jean-Louis
Trintignant (Georges). Pero
hay que decir que la intensidad sube un punto cuando ocupa la pantalla Isabelle
Huppert que interpreta a la hija de ambos, Eva, también dedicada a la música.
Huppert aporta una fuerza especial a las escenas en las que interviene, como
testigo que es de una tragedia ante la que se rebela y que su padre Georges
está aprendiendo a asumir como algo cotidiano. Las apariciones de esta actriz
excepcional son como destellos que iluminan la grisura a que están condenados
sus padres.
Paciente, pausado, Georges intenta que Anne ingiera
alimento líquido. Cuando ésta lo escupe se produce algo inesperado para el
espectador que ha asistido buena parte del metraje a una manifestación extrema
de amor conyugal. Georges da una bofetada a Anne. Inmediatamente le pide
perdón, pero se ha producido una sutura. Sin solución de continuidad, Haneke
expone una serie de óleos que van llenando la pantalla, uno tras otro, en
silencio. En los primeros se adivinan unas figuras humanas imprecisas, en los
últimos sólo vemos la naturaleza. La imagen de la expulsión del paraíso, de un
tiempo perdido para siempre.
Se reanudan los cuidados cotidianos. Hace tiempo que ya
no hay posibilidad de diálogo. Sólo queda el monólogo de Georges. Con calma,
éste le cuenta a una Anne ausente o dormida una aventura de su infancia en la
que hay soledad, enfermedad y cariño materno. Otro tiempo ido, aunque paralelo
al presente. Seguramente ya ha tomado la determinación de lo que va a llevar a
cabo de inmediato: ahorrar a ambos un segmento superfluo, inútil, redundante,
del devenir temporal. Con la misma calma que ha cultivado pacientemente, con
la misma meticulosidad de que ha hecho
gala con Anne viva, dispone una puesta en escena que se desvela en la secuencia
con la que se abre la película, antes de la historia narrada. Los bomberos fuerzan
la cerradura de la casa y descubren el cadáver de Anne cuidadosamente
amortajado, adornado y rodeado de flores. Esta Anne-Ofelia que sólo se deja ver
fugazmente testimonia que la pareja ha sido expulsada del tiempo, de la música,
y nos recuerda que, en la medida en que vamos consumando el tiempo que nos ha
asignado el azar, estamos siendo expulsados del paraíso.
Luis Robledo

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