Estrenos 2013: Amor



Amor (Francia-Austria-Alemania, 2012)
Dirección y guión: Michael Haneke



El paraíso perdido


             Como Adán y Eva en la leyenda hebrea, los protagonistas del último film de Haneke van a ser extrañados de su paraíso particular, un paraíso modesto, construído con el amor a su profesión y con el amor mutuo. Quien los condene al extrañamiento no será un dios arrogante, sino el más poderoso dios del tiempo y sus lacayos, la enfermedad, el sufrimiento, el recuerdo. Georges y Anne son dos ancianos profesores de piano, viven su jubilación más que acomodadamente y se disponen a escuchar un concierto del brillante discípulo de Anne al comienzo de la narración de los hechos, no de la película. El impromptu de Schubert que ejecuta el concertista abandona por unos minutos la sala de conciertos para acompañar a la pareja en su trayecto de vuelta a casa, como el vehículo natural de su tránsito por la vida.
Es al día siguiente cuando aparece el primer síntoma de la parálisis progresiva que va a sufrir Anne. El resto de la película será esencialmente un diálogo entre la pareja diferente al llevado a cabo hasta entonces. Diálogo mediatizado por un tercer personaje, el arcángel maldito que habita el cuerpo de Anne y lo degrada, que impone con su espada de fuego nuevos códigos. Diálogo asimétrico, por cuanto Anne va perdiendo el control de su cuerpo, de su palabra, de sus recuerdos, y es Georges el encargado de intentar recuperar la memoria perdida por su pareja mediante ejercicios como el canto de la melodía popular francesa Sur le pont d’Avignon, una melodía que equilibra la orientación musical germano-céntrica que recorre la película, ya que la banda sonora elegida por Haneke consta, además del impromptu mencionado anteriormente (que suena otra vez más en el CD grabado por el alumno), de ese milagro que es el impromptu en sol bemol mayor de Schubert, de una bagatela de Beethoven y de un coral de Bach transcrito para piano por Busoni. Éste último lo interpreta Georges cuando Anne es todavía dueña de sus facultades mentales, pero lo interrumpe inesperadamente, consciente de que el tiempo se ha agrietado y ha perdido su elasticidad, de que no puede prolongarse el sueño de un tiempo virtual ilimitado. La nostalgia del tiempo perdido la declara también Anne cuando revisa las fotos de su infancia y exclama “Qué bella es la vida”.
            La intensidad de la película se basa en gran medida en la disposición de encuadres fijos en los que los intérpretes se enfrentan a su peripecia existencial, cada vez más dolorosa porque el deterioro en ascenso de ella los hace vulnerables a los dos. Los movimientos acompasados con los que intentan conjurar el progreso irreversible de la enfermedad, en el cuarto de baño, en la cocina, en el dormitorio, componen una suerte de coreografía del sufrimiento, siempre cambiante y siempre el mismo, como el río de Heráclito. La atmósfera opresiva que puebla cada uno de esos encuadres es lograda por la interpretación sobrecogedora de Emmanuelle Riva (Anne) y Jean-Louis
Trintignant (Georges). Pero hay que decir que la intensidad sube un punto cuando ocupa la pantalla Isabelle Huppert que interpreta a la hija de ambos, Eva, también dedicada a la música. Huppert aporta una fuerza especial a las escenas en las que interviene, como testigo que es de una tragedia ante la que se rebela y que su padre Georges está aprendiendo a asumir como algo cotidiano. Las apariciones de esta actriz excepcional son como destellos que iluminan la grisura a que están condenados sus padres.
            Paciente, pausado, Georges intenta que Anne ingiera alimento líquido. Cuando ésta lo escupe se produce algo inesperado para el espectador que ha asistido buena parte del metraje a una manifestación extrema de amor conyugal. Georges da una bofetada a Anne. Inmediatamente le pide perdón, pero se ha producido una sutura. Sin solución de continuidad, Haneke expone una serie de óleos que van llenando la pantalla, uno tras otro, en silencio. En los primeros se adivinan unas figuras humanas imprecisas, en los últimos sólo vemos la naturaleza. La imagen de la expulsión del paraíso, de un tiempo perdido para siempre.
            Se reanudan los cuidados cotidianos. Hace tiempo que ya no hay posibilidad de diálogo. Sólo queda el monólogo de Georges. Con calma, éste le cuenta a una Anne ausente o dormida una aventura de su infancia en la que hay soledad, enfermedad y cariño materno. Otro tiempo ido, aunque paralelo al presente. Seguramente ya ha tomado la determinación de lo que va a llevar a cabo de inmediato: ahorrar a ambos un segmento superfluo, inútil, redundante, del devenir temporal. Con la misma calma que ha cultivado pacientemente, con la  misma meticulosidad de que ha hecho gala con Anne viva, dispone una puesta en escena que se desvela en la secuencia con la que se abre la película, antes de la historia narrada. Los bomberos fuerzan la cerradura de la casa y descubren el cadáver de Anne cuidadosamente amortajado, adornado y rodeado de flores. Esta Anne-Ofelia que sólo se deja ver fugazmente testimonia que la pareja ha sido expulsada del tiempo, de la música, y nos recuerda que, en la medida en que vamos consumando el tiempo que nos ha asignado el azar, estamos siendo expulsados del paraíso.
             

Luis Robledo

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