Estrenos 2013: Searching for Sugar Man


Searching for Sugar Man (Suecia-Reino Unido, 2012)
Dirección y guión: Malik Bendjelloul



Cenicienta al revés


            Quizá el cumplido más gratificante para el autor de un documental sea decirle que ha creado una perfecta obra de ficción. Malik Bendjelloul lo ha hecho posible porque durante más de cinco años persiguió la figura de alguien que parecía no caber en el mundo real. El resultado es una obra emocionante que desgrana con sencillez y eficacia los avatares de un músico popular.

            A finales de los años 60 del pasado siglo, Sixto Rodríguez, un albañil de Detroit hijo de emigrantes mejicanos, canta por las noches al son de su guitarra en diversos locales de esa ciudad. Dos productores discográficos se fijan en él y lo invitan a grabar un disco que pasa sin pena ni gloria. Desconcertados artista y productores, graba un segundo disco con el mismo resultado. Habrá un tercer intento sin consumar. Aquí podría haber acabado la historia, si no fuera porque alguien introdujo una copia pirata en Sudáfrica. En este país, en los años duros del apartheid, la voz poderosa, timbrada y elocuente de Rodríguez (los expertos lo comparan a Bob Dylan), sus letras vagamente transgresoras y vagamente existencialistas, sus melodías inspiradas acompañadas de una magnífica orquestación de fondo que recuerda a las que George Martin regaló a los Beatles, todo junto, cautivó a los jóvenes y convirtió al músico de Detroit en su ídolo. Tal entusiasmo inquietó al régimen sudafricano, que recurrió a la censura. En la película, una funcionaria muestra la censura física que recibieron algunas canciones de Rodríguez, consistente en el rayado sañudo del vinilo. Pero ello no impidió que aquel desconocido lejano siguiera siendo escuchado y adorado durante las décadas siguientes, hasta los últimos años del siglo, aunque sólo en Sudáfrica.
            La ausencia de Sixto Rodríguez de los circuitos internacionales alimentó la leyenda. Durante años se dio por cierto que en un recital, desesperado por su fracaso discográfico, se quitó la vida pegándose un tiro. Pero en Sudáfrica no a todos convenció esta historia. Un admirador y productor musical lanzó un anzuelo en internet que alcanzó a una hija de Rodríguez, quien confirmó que su padre vivía allí, en Detroit. Como se dice en la película, parece que éste era el final de la historia, pero no, era sólo el principio.
            El admirador y productor sudafricano encuentra a Sugar Man, el enigmático personaje identificado con la canción emblemática de su primer disco. Allí está, en su casa de siempre de Detroit, cantando y tocando la guitarra. Cuando aparece en escena, el espectador tiene la sensación de que es alguien irreal, el espectro de un desaparecido o, quizá, el personaje de una historieta. De hecho, Bendjelloul inserta en dos momentos de la cinta sendos pasajes de animación sutiles como para sugerir el carácter de ficción que presenta su historia. Sin embargo, a lo largo de la segunda mitad de la película sus tres hijas y sus compañeros de trabajo van dibujando el perfil de una persona instalada en la normalidad de lo cotidiano. Durante todos esos años de olvido por parte de la industria cultural, ajeno a su fama en la distante África, Sixto Rodríguez siguió trabajando de albañil con la energía de siempre, mientras educaba a sus hijas a través de un peregrinaje sistemático por las bibliotecas de Detroit. Su identificación y solidaridad con el mundo del trabajo que tan bien conocía lo animaron a dar el salto a la política presentándose como candidato a alcalde de la ciudad. Y, entretanto, cantaba y tocaba la guitarra, por amor a la música, como él mismo afirma.
            En un momento de esta biografía retrospectiva, una de las hijas alude a la calabaza convertida en carroza que lleva a una Cenicienta transfigurada hacia el reconocimiento social. La epifanía de Rodríguez tendrá lugar en Sudáfrica, a donde lo lleva junto a sus hijas el admirador-productor-descubridor en 1998. Allí ofrece el músico una gala ante un público enfervorecido que, por fin, puede poner cara a su ídolo. A ésta seguirán otras en diferentes lugares del mundo. Pero Rodríguez ha rechazado el zapatito de cristal que puede llevarlo a la fama. Continúa viviendo allí, en su vieja casa de Detroit, en el barrio testigo de sus primeros escarceos en el mundo de la música; continúa en su calabaza. Esta Cenicienta del revés ignora los cuantiosos beneficios que ha producido su música. Una de sus hijas, cómplice de este voluntario olvido, lo declara con displicencia: “Alguien se habrá beneficiado”. No sabemos si Sixto Rodríguez cambiará la historia de la música popular occidental. Quizá no importe. Pero su figura, salvando todas las distancias, está muy próxima a la imagen del genuino artista popular con que soñaron Proudhon y los primeros anarquistas.
             


Luis Robledo

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