Dirección
y guión: Malik Bendjelloul
Cenicienta al revés
Quizá el cumplido más gratificante
para el autor de un documental sea decirle que ha creado una perfecta obra de
ficción. Malik Bendjelloul lo ha hecho posible porque durante más de cinco años
persiguió la figura de alguien que parecía no caber en el mundo real. El
resultado es una obra emocionante que desgrana con sencillez y eficacia los
avatares de un músico popular.
A finales de los años 60 del pasado
siglo, Sixto Rodríguez, un albañil de Detroit hijo de emigrantes mejicanos,
canta por las noches al son de su guitarra en diversos locales de esa ciudad.
Dos productores discográficos se fijan en él y lo invitan a grabar un disco que
pasa sin pena ni gloria. Desconcertados artista y productores, graba un segundo
disco con el mismo resultado. Habrá un tercer intento sin consumar. Aquí podría
haber acabado la historia, si no fuera porque alguien introdujo una copia
pirata en Sudáfrica. En este país, en los años duros del apartheid, la voz
poderosa, timbrada y elocuente de Rodríguez (los expertos lo comparan a Bob
Dylan), sus letras vagamente transgresoras y vagamente existencialistas, sus
melodías inspiradas acompañadas de una magnífica orquestación de fondo que
recuerda a las que George Martin regaló a los Beatles, todo junto, cautivó a
los jóvenes y convirtió al músico de Detroit en su ídolo. Tal entusiasmo
inquietó al régimen sudafricano, que recurrió a la censura. En la película, una
funcionaria muestra la censura física que recibieron algunas canciones de
Rodríguez, consistente en el rayado sañudo del vinilo. Pero ello no impidió que
aquel desconocido lejano siguiera siendo escuchado y adorado durante las
décadas siguientes, hasta los últimos años del siglo, aunque sólo en Sudáfrica.
La ausencia de Sixto Rodríguez de
los circuitos internacionales alimentó la leyenda. Durante años se dio por
cierto que en un recital, desesperado por su fracaso discográfico, se quitó la
vida pegándose un tiro. Pero en Sudáfrica no a todos convenció esta historia.
Un admirador y productor musical lanzó un anzuelo en internet que alcanzó a una
hija de Rodríguez, quien confirmó que su padre vivía allí, en Detroit. Como se
dice en la película, parece que éste era el final de la historia, pero no, era
sólo el principio.
El admirador y productor sudafricano
encuentra a Sugar Man, el enigmático
personaje identificado con la canción emblemática de su primer disco. Allí
está, en su casa de siempre de Detroit, cantando y tocando la guitarra. Cuando
aparece en escena, el espectador tiene la sensación de que es alguien irreal,
el espectro de un desaparecido o, quizá, el personaje de una historieta. De
hecho, Bendjelloul inserta en dos momentos de la cinta sendos pasajes de animación
sutiles como para sugerir el carácter de ficción que presenta su historia. Sin
embargo, a lo largo de la segunda mitad de la película sus tres hijas y sus
compañeros de trabajo van dibujando el perfil de una persona instalada en la
normalidad de lo cotidiano. Durante todos esos años de olvido por parte de la
industria cultural, ajeno a su fama en la distante África, Sixto Rodríguez
siguió trabajando de albañil con la energía de siempre, mientras educaba a sus
hijas a través de un peregrinaje sistemático por las bibliotecas de Detroit. Su
identificación y solidaridad con el mundo del trabajo que tan bien conocía lo
animaron a dar el salto a la política presentándose como candidato a alcalde de
la ciudad. Y, entretanto, cantaba y tocaba la guitarra, por amor a la música,
como él mismo afirma.
En un momento de esta biografía
retrospectiva, una de las hijas alude a la calabaza convertida en carroza que
lleva a una Cenicienta transfigurada hacia el reconocimiento social. La
epifanía de Rodríguez tendrá lugar en Sudáfrica, a donde lo lleva junto a sus
hijas el admirador-productor-descubridor en 1998. Allí ofrece el músico una
gala ante un público enfervorecido que, por fin, puede poner cara a su ídolo. A
ésta seguirán otras en diferentes lugares del mundo. Pero Rodríguez ha
rechazado el zapatito de cristal que puede llevarlo a la fama. Continúa
viviendo allí, en su vieja casa de Detroit, en el barrio testigo de sus
primeros escarceos en el mundo de la música; continúa en su calabaza. Esta
Cenicienta del revés ignora los cuantiosos beneficios que ha producido su
música. Una de sus hijas, cómplice de este voluntario olvido, lo declara con
displicencia: “Alguien se habrá beneficiado”. No sabemos si Sixto Rodríguez
cambiará la historia de la música popular occidental. Quizá no importe. Pero su
figura, salvando todas las distancias, está muy próxima a la imagen del genuino
artista popular con que soñaron Proudhon y los primeros anarquistas.
Luis Robledo

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