Stoker
(USA-Reino Unido, 2013)
Dirección: Park Chan-Wook
Guión: Wentworth Miller
Vampirismo de diseño
Roman Polanski, tan aficionado a las fuerzas del mal que
en prácticamente todas sus películas lo hace vencedor (su opuesto exacto es
Murnau), imaginó una pandemia diabólica en clave de humor. Al final de El baile de los vampiros, cuando los dos
aguerridos defensores del bien han acabado con todas las criaturas siniestras y
abandonan el lugar de pesadilla con la bellísima Sharon Tate rescatada, ésta clava
sus colmillos en el más joven y asegura, así, la extensión del mal por toda la
tierra. En plena fiebre vampírica, el director coreano ha plasmado en Stoker algo semejante, aunque menos
amablemente. El título de la película no es azaroso, y así lo han hecho constar
todos los comentaristas. El trabajo de Park Chan-Wook (no sé si también el del
guionista) es una paráfrasis sobre el vampirismo, una narración sobre la
suscitación o, mejor, el despertar del mal en un ser a través de otro.
En el original de Bram Stoker, el vampiro sueña desde la
distancia con poseer a Mina Harker y se las arregla para instalarse en su
cercanía. En la película, el tío Charlie envía a su sobrina India año tras año
un regalo de cumpleaños consistente en un par de zapatillas deportivas de horma
cada vez más amplia. India las calza con extraña sumisión y las conserva como
testigos de su proceso de crecimiento. El día que India cumple 18 años, el tío
Charlie se presenta en casa, justo después de la misteriosa muerte del padre de
aquélla. Pero India aún no ha visto su regalo.
India toca el piano. En la tercera secuencia de la
película la vemos ejercitándose en el instrumento mientras una araña sube por
su pierna. Mucho más adelante, la misma araña penetrará bajo su falda. Es fácil
ver en el insecto una criatura sierva del vampiro, como esas que se come con
fruición el genial Tom Waits en el Drácula
de Coppola. La madre de India, Evelyn (Nicole Kidman, la mejor de todos),
también toca el piano, pero nunca la veremos haciéndolo, porque, a diferencia
de su hija, es un ser frágil que cae de inmediato subyugada por su cuñado
Charlie en los días siguientes. Éste la seduce para alimentar la pasión de
India, su verdadero objetivo. Dos de los mejores momentos de la película los
protagoniza la música. India toca el piano y se le añade (en su imaginación)
Charlie. Los dos duetos para piano a cuatro manos están compuestos por Philipp
Glass, el gran vulgarizador de la musica minimal
junto a su epígono Michael Nyman. En ellos, India es presa de un rapto erótico,
síntoma de la vampirización a que está siendo sometida sin ser consciente. Hay
otro hilo conductor de carácter musical en la película: el aria Stride la vampa de Il trovatore de Verdi que tararea Charlie en diferentes momentos y
que asumirá India cuando se haya convertido en vampira, al final de la cinta.
Ese “Crepita la llama” es cantado en la ópera por la gitana Azucena para
rememorar a su madre bruja quemada por la Inquisición. La genealogía del mal.
Desde muy pronto se nos muestra que Charlie lleva en sus
entrañas un impulso asesino. India lo sabe y es, además, cómplice de uno de los
asesinatos: el de su amigo deseado y rechazado a la vez. Después de enterrar el
cadáver de éste, India se masturba en la ducha reviviendo la imagen de Charlie estrangulando
al amigo. Es la lujuria del impulso destructor que aflora en la protagonista, y
su dependencia de Charlie, semejante a la sumisión sexual de las barraganas de
Drácula. La semilla del mal que guarda India en su interior y su identificación
con la del tío se muestra a través de dos planos distanciados en la película;
en el primero, la joven prolonga sus ejercicios pianísticos extendiendo y
encogiendo las extremidades sobre la cama al son del ritmo que marca el
metrónomo (un parámetro musical, el ritmo, como metonimia de la atracción fatal
de la música); en el segundo, Charlie niño hace lo mismo sobre la tierra que
oculta a la víctima de su primer, horrendo, crimen.
Pero hay un punto de inflexión en la historia que
determina los acontecimientos de los últimos minutos de la película. Charlie
confiesa a India que también ha matado a su padre. La identificación de India
con el padre ha sido comentada a lo largo de la cinta, en especial las largas
jornadas de cetrería en las que éste ha enseñado a su hija cómo esperar el
momento propicio para abatir a su presa. Casi al tiempo de su confesión,
Charlie entrega a India su último regalo de cumpleaños, el correspondiente a
sus 18 años. Ya no son unas zapatillas deportivas, sino unos magníficos zapatos
de piel de cocodrilo. En el momento en que Charlie se los calza a India, ésta
se ve investida de su nueva, ineludible, condición de servidora del mal, de
concubina del vampiro. Pero, a la vez, esa fuerza destructiva asumida con la
fatalidad de los designios de la sangre la convierte en vengadora de su amado
padre. Como el joven caza-vampiros de Polanski, India, ataviada por vez primera
en la historia como una señorita (crisálida metamorfoseada en siniestra
mariposa), mata al vampiro, pero al precio de permanecer para siempre en el
reino de las sombras, en este caso de una manera obscenamente gozosa, como
muestra la última secuencia.
¿Cómo puede narrarse una historia tan innecesariamente
compleja y tan simplista a la vez, de tan romos perfiles psicológicos? Recurriendo
al ejercicio de estilo, planificando bellos encuadres, mostrando bellísimas
imágenes con la sangre salpicando al espectador y a las flores inocentes,
jugando con el fuera de campo, disponiendo un discurso hiperfragmentado que
mantiene en vilo al espectador pero que, también, lo fatiga. La sensación al
final de la película es que hemos asistido a Una sinfonía del horror de diseño, a una impostura, a un artificio
sustentado en la belleza de las imágenes. Pero para ese tipo de belleza ya
contamos con las producciones miserables de la publicidad.
Luis Robledo

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