Turistas (Reino Unido, 2012)
Dirección:
Ben Wheatley
Guión:
Steve Oram y Alice Lowe
Extravagancias británicas
“Si uno comienza por permitirse un
asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a
la inobservancia del Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación
y por dejar las cosas para el día siguiente”. Ésta es la frase más célebre con
que se recuerda la obra de Thomas De Quincey Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Con cínico
humor y encomiable erudición, el autor reivindicaba la extravagancia de analizar el asesinato según parámetros estéticos.
También removía las conciencias bienpensantes evocando otra obra provocadora
del irlandés Jonathan Swift, Una modesta
proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga
para sus padres o para el país, en la que éste, mofándose de la hipocresía
de las clases dominantes, proponía cocinar y comerse a los niños superfluos. No
hay duda de que Gran Bretaña tiene una tradición bien asentada de humor negro.
También posee la maestría de la paradoja: brillantes y lúcidas en Oscar Wilde,
divertidas y no menos brillantes en el Mr. Pond de Chesterton. Quizá ese
diálogo cínico y desprejuiciado en los márgenes de la corrección y del sentido
común constituya una prueba de lo temprano de su modernidad, la que alcanzó al
ejecutar a Carlos I y, más tarde, al llevar a cabo la primera revolución
moderna en 1688.
Se puede considerar injusto hablar
de extravagancias británicas al comentar esta película, porque, hasta donde
alcanzo, las que se presentan son exclusivamente inglesas. Son los paisajes del
centro y norte de Inglaterra los que enmarcan las aventuras de los dos
protagonistas, Tina y Chris, encarnados por los dos guionistas, cuya complicidad
es la génesis de la película. Por otra parte, el título original, Sightseers, se adecúa mejor a lo que
vemos en la pantalla. La pareja recorre a lo largo de una semana parajes de una
belleza tan sobrecogedora que su paisano Edmund Burke (de origen irlandés) no
hubiera dudado en calificar de sublimes
hace doscientos cincuenta años. Los guionistas convertidos en actores han
decidido tras un flechazo amoroso embarcarse en una aventura, que tiene mucho
de viaje iniciático, a bordo de una caravana. Recorren las Midlands, atraviesan
el Paso de Honister y acabarán en El Viaducto. Este punto final de su recorrido
sólo lo conoce Chris, porque, a decir verdad, Tina se ve arrastrada por su
pareja a un viaje para ella confuso, aunque liberador por permitirla desasirse
del sermoneo materno. Las peripecias de la pareja protagonista son comparadas
en la ficha que acompaña a la proyección a, entre otras, las de Bonnie and Clyde y Al final de la escapada. A uno se le ocurren otras no menos
extravagantes como las protagonizadas por Carol Dunlop en compañía de Julio
Cortázar en una travesía por regiones más risueñas a bordo de su caravana Faffner, a lo largo de la cual vieron
alondras y gente tan estúpida como Tina y Chris, imágenes complementarias de un
mundo que acertaron a reescribir en Los
autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París-Marsella. Lástima
que Carol Dunlop fuese estadounidense, que Cortázar fuese argentino y que las
experiencias de ambos se hayan librado, por ahora, de una road-movie.
Entre los alicientes del viaje
programado por Chris y Tina se cuentan las excitantes visitas al Museo del
Tranvía y al Museo del Lápiz. Por suerte, ninguno de los dos parece sucumbir a
sus encantos, ni siquiera Tina ante la sesuda información sobre los yacimientos
de grafito y su contribución a la cultura. Antes bien, su interés se centra en
otros menesteres. Desde la primera etapa de su aventura la pareja practica el
sexo desaforadamente y descubre el gozo de matar, sin que parezca que haya una
relación causa-efecto. Lo último ocurre de manera fortuita, en lo que podría
calificarse de un accidente si no fuera por la sonrisa de placer que esboza
Chris. Enseguida le llegará el turno a Tina, y ambos pasarán insensiblemente
del gozo de matar al gozo de asesinar. Como puede suponerse, una vez desatado
el impulso criminal las causas que propician la eliminación de sus semejantes
son nimias, anecdóticas. La pareja actúa con una premeditación que parece
surgir de una observación simple: “Si me molestas, te quito de enmedio”. Parece
que el asesinato da sentido a sus vidas y el viaje va dando sus frutos.
Algunos parajes donde se perpretan
los crímenes están calculados. En especial, el entorno megalítico donde Chris
aplasta la cabeza a un inocente. Aquí, los guionistas y el director parecen
hacer un homenaje al siniestro Aleister Crowley, otro inglés extravagante que
se tomó demasiado en serio el satanismo y cuyas elucubraciones sobre supuestas
sabidurías milenarias, herméticas, druídicas, célticas y todo lo que haga falta
suscitaron la curiosidad de Hitler. En la película no aparece Stonehenge, y es
de agradecer, porque hubiera sido una descortesía de muy mal gusto hacia la Tess de Polanski. Sin embargo, el
paisaje conformado por luz y tinieblas, por lo divino y lo demoníaco, tan caro
a la tradición británica desde El paraíso
perdido de Milton, no podía prescindir del testimonio de William Blake, el
autor de La boda del cielo y del infierno,
ese genial extravagante que escandalizaba a sus vecinos cuando representaba
junto a su esposa pasajes del Génesis en el jardín, ambos desnudos.Y, en
efecto, en la película se oyen algunos de sus poemas. Para que la tradición se
vea cumplida, también suena en la cinta un fragmento de las Variaciones “Enigma” de Sir Edward
Elgar, la quintaesencia de la música británica.
Pero la tradición pesa demasiado,
tanto que a veces asfixia. El tema de la película es sugerente y promete mucho,
aunque, a la postre, ofrece poco: apenas unas secuencias con cierta gracia, una
dosis moderada de sangre, el recuerdo del destino tragicómico de un perro y
poco más. Se queda en un divertimento sobre la banalidad de la muerte, algo
comprensible para todo ser humano, aunque no haya nacido en las Islas
Británicas. El vacío que deja la última secuencia, cuando la pareja se sube al
Viaducto en el que Chris ha fijado su meta como conjunción de amor e
inmolación, es el vacío de un discurso epigonal que no está a la altura de la
ilustre tradición a la que remeda. La mano abierta de Tina parece esperar a
alguien que haga del asesinato arte.
Luis Robledo

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