Estrenos: El vendedor


EL VENDEDOR (Canadá, 2011)

                 Dirección: Sébastien Pilote
         Guion: Sébastien Pilote
         Fotografía: Michel La Veaux
                 Música: Pierre Lapointe, Philippe Brault
                  Reparto: Gilbert Sicotte, Natalie Cavezzali, Jérémy Tessier, Jean-François Boudreau, Pierre Leblanc





EL NADADOR (Estados Unidos, 1968)

Dirección: Frank Perry y Sydney Pollack (no acreditado)
Guion: Eleanor Perry (sobre un relato corto de John Cheever)
Fotografía: David L. Quaid
Música: Marvin Hamlish
 Reparto: Burt Lancaster, Janet Landgard, Janice Rule, Tony Bickle



Qué curiosas son las conexiones que genera nuestro cerebro. Hace unos meses acabé escuchando Fire de Jimi Hendrix después de ver un vídeo en el que Sting  estaba cantando en directo uno de sus viejos éxitos. Ejercía de crooner en un concierto para cincuentones, lo cual, además de hacerme sentir viejo, me recordó su etapa con The Police y su contundente batería, Stewart Copeland. De ahí salté a su precursor estilístico, Mitch Mitchell, batería de The Jimi Hendrix Experience, lo que me llevó, ¡por fin llegamos!, a escuchar Fire. Todo ello viene al caso porque tras ver la película El vendedor, de Sébastien Pilote, me vino a la cabeza la imagen de Burt Lancaster nadando en una piscina vacía. La sinapsis no dio para más, así que al llegar a casa tuve que indagar en la filmografía del actor para desenterrar la película de Frank Perry, El nadador, y verla por segunda vez después de más de veinticinco años.

El vendedor transcurre en la pequeña ciudad industrial de Dolbeau-Mistassini, a unos trescientos kilómetros de Quebec. Siempre fría, siempre nevada, siempre pendiente de que su única fuente de ingresos, una industria papelera, no se derrumbe por la crisis. Los habitantes, ateridos de frío, andan sobre la nieve en esa ciudad pequeña donde hay poco que hacer y donde Marcel Levesque, el personaje principal, ha desarrollado su carrera de vendedor de coches.
Pero ojo, no es un vendedor cualquiera, es un maestro en su oficio, un virtuoso en el arte de vender cuyo trabajo da sentido a su vida y lo convierte en quien es. Por otra parte, su hija y su nieto, con los que mantiene una relación estupenda, están presentes auténticamente en su vida, es decir, que pese a que el trabajo absorbe mucha de su energía y creatividad, no notamos que anule al resto de pilares que sostienen su realidad. Es verdad que está bastante próximo al tipo de personalidad del artista, que exige que las personas más cercanas aprendan a vivir a su lado asimilando que no son lo único importante, pero en ningún momento el autor nos deje entrever carencias especiales: no es un hombre esquivo, y es capaz de dar y recibir amor de los suyos.
La película, poco a poco, entra en su tramo final y asistimos a la fractura de nuestro protagonista, a quien de repente la vida se le vacía de sentido y los actos cotidianos, los mismos que ha venido haciendo desde siempre, se le transforman en ceremonias huecas. Es aquí donde encaja la imagen de Burt Lancaster bajo la lluvia, nadando en una piscina solitaria.

Sería yo adolescente, porque todavía era la época en la que echaban películas como esta en la televisión, cuando vi El nadador. En realidad Lancaster no nada bajo la lluvia, es un falso recuerdo, surgido al juntar dos escenas en una, que al menos me sirvió para indagar y volver a ver un film de finales de los sesenta, del que sólo guardaba esa imagen y una difusa sensación de tristeza.
Ha envejecido bastante y está lastrado por una realización deficiente, que no logra controlar los desagradables ademanes del cine de la época (uso exagerado del zoom, de planos fuera de foco, de planos subjetivos, de filtros difusores...), lo que no impide, sin embargo, que la historia siga funcionando.

Nos habla de Ned Merrill, un ejecutivo que vive en una zona residencial de algún lugar de Connecticut y que, en un momento dado, decide recorrer a nado el camino a su casa desde el chalé de unos amigos, a través de todas las piscinas que están en esa dirección (diecisiete en el relato de John Cheever, diez en la película) y que conforman un río imaginario al que llama Lucinda en honor a su mujer.
Esta sencilla y genial idea, sostiene el relato y justifica que la película no haya caído en el más absoluto olvido. Acepto que el hecho de que Lancaster esté constantemente en pantalla, luciendo palmito en bañador y con una presencia física abrumadora, ayuda, pero la historia en sí tiene algo que engancha.
Que el protagonista se dedique a nadar de piscina en piscina puede calificarse de ocurrente sin más, una buena y visual idea, pero esa unión del conjunto de piscinas en río, hace que el recorrido físico se convierta en un itinerario vital y que las piscinas sean como etapas de ese devenir. Esas etapas nos van dando información sobre Merrill y nos van descubriendo, con unas imágenes cada vez más desoladoras, a un hombre muy distinto de lo que inicialmente parece y de lo que él mismo, incluso, cree ser.
Y si las piscinas no sólo son piscinas, el agua en el que el personaje va zambulléndose no es, tampoco, sólo agua, sino una especie de elemento depurador. Merrill va dejando su alma desnuda y eliminando, capa a capa, toda la hipocresía, ficción y superficialidad de su vida (de hecho, todo el relato puede entenderse como una crítica social al estilo de vida americano y más concretamente a la vida de las clases altas estadounidenses). Se nos describen las miserias que jalonaron su vida, las mentiras que se creyó sobre sí mismo, el tipo de vida banal que llevaba junto a sus amigos de la clase alta, el ansia por seguir siendo eterno, hasta llegar a ese desalentador pero lógico final en el que el agua, de nuevo, barre toda sombra de duda.

¿Qué ocurre cuando la vida se vacía de sentido? ¿Cómo tienes que vivir? Las dos películas tienen en común un personaje al que la vida desencaja. Comenta Sébastien Pilote, el escritor y director de El vendedor, que el personaje de Marcel, tras una dolorosa pérdida, no puede imaginar una forma diferente de vivir. Creo que no es cierto, sí que puede, la cuestión es que él quiere seguir con la vida que creó porque sabe que otra le llevaría al derrumbe, así que decide aferrarse a lo que tiene, a esas rutinas vacías, para, al menos, seguir transcurriendo. Marcel sabe quién es, sabe que buscó ser como es, y no quiere cambiarlo. El caso de El nadador es diferente, Ned Merrill en un momento dado se pregunta: ¿qué nos ha pasado?, ¿por qué todo es diferente a como lo planeamos? Cuando finalmente las circunstancias adversas sacan a la luz su autoengaño y descubre que la vida que se ha construido no es la que deseaba, anula el recuerdo, porque la cruda realidad es algo contra lo que él no puede luchar.

Estamos ante dos filmes introspectivos a los que se critica de lentos, aunque no llego a comprender muy bien por qué se ha extendido el uso del término lento, en la crítica cinematográfica, como algo negativo; sería absurdo si se aplicara a la crítica musical de igual manera. Habría que preguntarse si lo que se narra puede contarse más aprisa o con otro ritmo, porque si no, lo único que podemos decir es que se trata de películas con tempo lento, y eso no es intrínsecamente malo.
Como tengo ya algunos damnificados por mis escritos en este blog (desde aquí mando un fuerte abrazo a la pareja de amigos que sufrió Yakuza después de leer mi comentario) advierto que ver estas dos películas seguidas, como he hecho yo, es francamente desaconsejable. Disfrútalas cuando estés con buen ánimo y, a no ser que seas un optimista nato, deja algunos días entre medias.
 
Manuel Escudero

1 comentario:

  1. "El nadador" es una película especial, hipnótica, mágica. Gran Lancaster, gran música, gran fotografía. y un final maravilloso y demoledor. Luis M. Pousa

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Gracias.