Estrenos 2013: El espíritu del 45.



El espíritu del 45 (Reino Unido, 2013)
Dirección: Ken Loach



La mirada hacia atrás


         Parece claro que la ofensiva ultraliberal de los últimos años ha generado en la sociedad una mirada nostálgica hacia otros tiempos. El problema es a qué tiempos queremos mirar. Al menos en España, la socialdemocracia y los sindicatos integrados en el sistema exhiben su miopía señalando los años inmediatamente anteriores a la llamada “crisis” como el punto de retorno, mostrando, así, el pobre concepto que tienen de lo que ha de ser una sociedad digna. Desde un contexto histórico y social muy diferente al español, Ken Loach fija su mirada en 1945, señalando convincentemente el rayo de esperanza que suscitaron ese año y los sucesivos en la sociedad británica. Con la guerra acabada y con la derrota de Churchill ese mismo año por parte del líder del partido laborista, Clement Attlee, había motivos para ver el futuro con optimismo, para emprender la tarea de ganar la paz, ardua empresa habida cuenta de que, como dijo alguien con gran lucidez, las guerras siempre las ganan los ricos y las pierden los pobres.

         Loach da cuenta minuciosamente de las valientes políticas emprendidas por el partido laborista nacionalizando recursos y bienes de interés general como la minería, el agua y la electricidad, instaurando un sistema sanitario universal, impulsando la construcción y repartición de viviendas sociales, mejorando las condiciones laborales, poniendo en pie, en suma, eso que se ha dado en llamar el “estado del bienestar”. El formato elegido es el de un documental a la manera tradicional, con imágenes de archivo intercaladas con diversos testimonios personales, la mayoría de octogenarios y nonagenarios que vivieron aquellos años y que pudieron, y aún pueden retrospectivamente, comparar el visible aumento de la calidad de vida traído por aquellas reformas con la miseria e inseguridad laboral de los años 30. Huelga decir que muchos de esos testimonios son emocionantes.
         La empatía que se establece entre los contenidos narrados en la película y el público es tal que éste la premia a su fin con aplausos. Sin embargo, esa misma empatía es un punto flaco en el trabajo de Ken Loach. La cinta está construída desde la visceralidad, pero es poco pedagógica, ya que nos cuenta lo que queremos oír, omitiendo datos que puedan resultar inquietantes para la buena conciencia de que presumimos. Esto se hace evidente en el lapsus brutal que va desde 1951 hasta 1979, dejando estos años en un limbo difícil de justificar. Se omite, incluso, que en 1951 regresó al poder Winston Churchill (¿cuándo se atreverá la historia a ajustar las cuentas a este genocida y racista?). Sin solución de continuidad, el espectador se encuentra en 1979, con la abyecta Margaret Thatcher en el gobierno citando sin pudor a San Francisco de Asís. En rápida sucesión, se relatan los atropellos del gobierno ultraliberal que pusieron las bases, con los de Reagan, del desmantelamiento sistemático del estado del bienestar. Tras ver a los buenos y a los malos, el público, obviamente, premia con aplausos el trabajo de Loach. Pero quedan en el aire muchas preguntas. La primera es obvia: ¿qué ha sido exactamente el estado del bienestar? Y hay otras: ¿qué pasó entre 1951 y 1979?, ¿por qué se sigue votando al partido conservador?
         En la España de finales de los 60 y principios de los 70, en círculos cercanos al partido comunista, liderado por el feroz represor estalinista, ya convertido al eurocomunismo, Santiago Carrillo, circulaba el término “neocapitalismo” para designar la transformación operada a raíz de la segunda guerra mundial por este sistema en el sentido de otorgar cierto bienestar a las capas medias y medias-bajas de la población. El sistema había comprendido que podía afirmarse más seguramente repartiendo migajas de su suculento banquete entre las fuerzas del trabajo que condenándolas a la privación secular. A cambio de la plusvalía, el capital nos hizo consumidores cada vez más compulsivos que asegurábamos florecientes industrias en expansión creciente. En poco tiempo, la socialdemocracia asumió la realidad impuesta por el neocapitalismo con correcciones intervencionistas a cargo del estado que establecían un cierto equilibrio entre las partes, pero siempre subordinadas a la lógica capitalista. Ignoro si el término “neocapitalismo” se utilizaba en otros entornos, pero el paisaje por él definido era básicamente el de todo el mundo occidental.
         En los años que hurta la película de Loach, 1951-1979, es seguro que en el Reino Unido también se desarrolló esa masa de consumidores alienados que acabarían dando la victoria a Thatcher. La socialdemocracia, con su claudicación progresiva ante las políticas de mercado, ya no era un referente válido para los desposeídos. De hecho, durante los años de euforia que recrea la película de Ken Loach ya demostró su ambivalente faz: en la cinta, un minero testigo de aquellos tiempos denuncia la traición de los laboristas en el poder al establecer un control burocrático centralizado sobre el proceso productivo, sin intervención de los trabajadores, y lo compara al control sempiterno de las compañías privadas. Este minero denuncia la traición de la socialdemocracia hacia la autogestión, con la que se ha llenado la boca sin empacho hasta tiempos recientes (la autogestión era bandera entre militantes y simpatizantes del PSOE antes de la victoria de Felipe González en España). La socialdemocracia nunca garantizó la autogestión, menos aún los partidos comunistas, atados desde sus orígenes al autoritarismo. Ken Loach era muy consciente de ello cuando filmó Tierra y libertad. Además de la socialdemocracia, también los sindicatos fueron domados por el neocapitalismo. Loach da voz a un estibador de Liverpool que, en la huelga contra las políticas de Margaret Thatcher, se queja amargamente del abandono de la lucha por parte de su sindicato, porque, según explica, éste establece en sus estatutos que no está entre sus funciones manifestarse en contra de decisiones políticas. Abandonadas a su suerte, las fuerzas del trabajo no podían, no pueden, confiar en instituciones integradas en un sistema perverso que las condena a ser comparsa de un guión que no han escrito y donde no tienen voz.
         Durante demasiado tiempo la socialdemocracia ha actuado como comparsa del neocapitalismo, hoy en su versión más siniestra, el ultraliberalismo. Puede y suele pensarse que esto constituye una desviación respecto de sus postulados originales. Pero, si nos atenemos precisamente a éstos, no cabe engañarse: la socialdemocracia nunca ha sido una solución duradera (quizá la Suecia de Olof Palme sea la excepción); fue y sigue siendo la opción menos mala, por no hablar de la ignominiosa “tercera vía” de Tony Blair, colaborador necesario de crímenes de lesa humanidad. Sería injusto, sin embargo, negar sus méritos en ciertos momentos históricos. Uno de ellos es, sin duda, el período evocado con cariño y con justicia por Ken Loach, un período reivindicado también en 2010 por Tony Judt en su libro Ill Fares the Land, aunque resulta grotesco que este libro fuera glosado ese mismo año por un artículo publicado en El País por Antonio Muñoz Molina con el pomposo título “Un elogio de la socialdemocracia”, justo unos días antes de que el gobierno de Rodríguez Zapatero culminara su proceso de colaboración con las políticas criminales del ultraliberalismo. Acariciados por el aura gratificante de la nostalgia, sentimos la tentación de echar una mirada hacia atrás cuando no hay, quizá, a dónde mirar, y sí asumir la ingrata tarea de reinventar el futuro.



Luis Robledo

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