Dirección y guión: Hirokazu Kore-eda
Con fondo de piano
Como ya es de
sobra conocido desde la presentación de la película en Cannes, el argumento
urdido por Kore-eda, inspirado en sucesos reales acaecidos en el Japón del
pasado siglo, es sencillo: el intercambio de dos recién nacidos en un mismo
hospital entre dos parejas que crían durante los seis años siguientes a un niño
ignorando que no es el hijo que han concebido. Ante la revelación del error por
parte de los responsables del hospital, el dilema que se presenta a ambas
parejas es el de atender a los lazos de sangre o atender a la cotidianeidad
labrada durante esos seis largos años. En manos de cualquier cineasta, el
resultado habría sido un folletín insufrible. En manos de Kore-eda se convierte
en un ejercicio virtuoso donde la delicadeza, la mesura y la elegancia redundan
en una reflexión profunda como todas a las que nos tiene acostumbrados este
auscultador de almas.
El tono mesurado de su discurso no impide, al contrario,
la intensidad que transmiten sus encuadres, como los primeros planos en escorzo
desde atrás que revelan el lado obscuro de algunos personajes (es inevitable
recordar el que dedica a la madre del protagonista en su obra maestra, Still walking). Intensa es, asímismo, la
ternura que contagian los niños al espectador, unos niños a quienes el director
deja ser ellos mismos y, a la vez, en equilibrio admirable, somete a la
disciplina de su narración. Pero hay algo más: el protagonismo del piano. Desde
el comienzo suena un estudio de Burgmüller, exactamente el primero de la opus
25, subtitulado “El candor”, toda una declaración de intenciones. A éste
seguirán otros, todos fatigosos ejercicios en los que el niño 1 se afana con la
ayuda de la madre 1 ante la vigilancia severa del padre 1. De manera recurrente
suenan también las Variaciones Goldberg
(Glenn Gould, qué le vamos a hacer), como recordándonos ese estado de plenitud,
de perfección, que anhelamos como final de un itinerario vital que en este caso
se concreta en la vida familiar.
Se ha dicho
que los protagonistas de la última propuesta de Kore-eda son los niños, como en
Nadie sabe, como en Kiseki. En realidad, aunque su presencia
es arrebatadora y se “comen” a los adultos en la pantalla, el verdadero
protagonista es uno de los padres, el de la familia 1. Sólo él sufre una
metamorfosis profunda que lo convierte en un ser diferente, metamorfosis
milagrosa, como todas, que se opera en menos de doce meses y que es anunciada
por la evocación en el bosque de la que lleva a cabo cierta crisálida en el
transcurso de quince años. El milagro, eso sí, lo llevan a cabo los niños, sin
saberlo. El protagonismo central del padre 1 hace que el peso del discurso
recaiga sobre la familia 1, lo que provoca un cierto desequilibrio en la trama,
por cuanto la familia 2, aunque bien perfilados ambos cónyuges, permanece
constante en sus vivencias, es menos vulnerable a la nueva situación a la que
deben enfrentarse.
Confundidos
por la revelación del hospital y tras muchas dudas e intercambios
experimentales de los niños, las dos parejas ensayan un proceso de reversión en
el que los niños respectivos cambian de entorno y van a vivir con sus padres
biológicos. El niño 1 (en realidad, el verdadero hijo de la familia 2) conocerá
a dos hermanitos nuevos y un ambiente más desenfadado, menos rígido que el de
sus padres adoptivos. El niño 2, en casa de sus auténticos padres, accederá a
un nivel de vida superior, pero conocerá la soledad en un entorno dominado por
la autoexigencia del padre 1 que lo lleva a trabajar incesantemente y a
postergar a su esposa. En determinado momento, la irrupción de otro modo de
vida en el hogar gélido que es el de la familia 1 es ejemplificado por los
inmisericordes clusters con que el
niño 2 pasea sus manos por el teclado.
Como en otras
películas de Kore-eda, la generación de los mayores, la de los padres de los
padres, tiene mucho que decir. Su aparición revela, entre otras cosas, el
conflicto que el padre 1 mantiene con su progenitor, un conflicto que lo ha
hecho encerrarse en sí mismo y adoptar una actitud de dureza que ha tratado
durante seis años de transmitir a su no-hijo de manera infructuosa. Cuando, en
la sobremesa, el mayor de los varones se irrita ante el piano vacilante en el
que alguien de la vecindad intenta ejecutar una canción tradicional tras años
de ensayo (o así lo percibe él), el padre 1, desde su condición de hijo, asiste
al proceso que él mismo reproduce con el niño 1: imposición de una severa
disciplina para obtener buen rendimiento en la práctica del piano y amargura
ante la evidencia de que otros niños lo hacen mejor. En el seno de la familia 1
hay una decantación por parte de las mujeres hacia la prevalencia de la
experiencia cotidiana frente a los lazos de sangre, en tanto que los varones se
inclinan hacia esto último. Ello parece contradecir lo que se supone que es el
instinto maternal, pero lo que en realidad desvela es una estructura de poder
patriarcal ajena a la biología y agazapada tras el señuelo de la
consanguineidad. No obstante, el cineasta no ahorra al espectador la inquietud
provocadora de la ambigüedad que se manifiesta claramente cuando el padre 1 atisba en el niño 2 señales claras de un código genético
compartido y comprende la incompatibilidad de caracteres entre el niño 1 y él
mismo.
En cierto
momento la trama parece dar un giro inesperado con la confesión de la enfermera
responsable del cambio de los niños, personaje atado también a su pasado por el
matrimonio con un hombre y sus tres hijos. Pero nada cambia después de seis
años, ni la duda ni la confusión de ambas parejas ante un hijo y un no-hijo.
Cuando el padre 1 va a visitar a la enfermera en actitud desafiante, un no-hijo
de ésta se enfrenta a él para defender a “su” madre. El padre 1 comprende que
la convivencia y el cariño han adquirido tanta legitimidad como la sangre.
Paralelamente, la metamorfosis del protagonista se expone a través de su
relación con cada uno de los dos niños. El niño 2 consigue transformar el frío
hogar de sus verdaderos padres en lugar de juego, un juego en el que participan
los tres y al que acompaña una carrera desenfrenada de un teclado electrónico,
metáfora, quizá, del piano que ha podido liberarse de la imposición y quiere
transmitirnos su gozo por ello, pero también de la liberación del padre 1 al
dar rienda suelta a las emociones que se había prohibido. Por otra parte, éste
descubre señales de atención hacia él por parte del niño 1 y comprende que no
ha correspondido debidamente a su llamada silenciosa. En un corto diálogo entablado
entre ambos desde senderos paralelos que vienen a encontrarse ante la mirada de
la cámara, el padre 1 se despoja de su actitud dominadora y se reconcilia con
el niño obviando las ataduras de los lazos sanguíneos. A estas alturas, a punto
de finalizar la película, parece claro cuál es la opción elegida por Kore-eda
para dar solución al dilema que se ha planteado a sí mismo y que ha trasladado
al espectador. No obstante, con distanciada elegancia oculta a todos sus
personajes en casa de la familia 2, como queriendo protegerlos de nuestro
dictamen y ayudarlos en su resolución al abrigo del entorno más cálido que
hemos presenciado. A nosotros nos deja con las Variaciones Goldberg.
Luis Robledo

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