Estrenos 2013: De tal padre, tal hijo.



De tal padre, tal hijo (Japón, 2013)
Dirección y guión: Hirokazu Kore-eda



Con fondo de piano


         Como ya es de sobra conocido desde la presentación de la película en Cannes, el argumento urdido por Kore-eda, inspirado en sucesos reales acaecidos en el Japón del pasado siglo, es sencillo: el intercambio de dos recién nacidos en un mismo hospital entre dos parejas que crían durante los seis años siguientes a un niño ignorando que no es el hijo que han concebido. Ante la revelación del error por parte de los responsables del hospital, el dilema que se presenta a ambas parejas es el de atender a los lazos de sangre o atender a la cotidianeidad labrada durante esos seis largos años. En manos de cualquier cineasta, el resultado habría sido un folletín insufrible. En manos de Kore-eda se convierte en un ejercicio virtuoso donde la delicadeza, la mesura y la elegancia redundan en una reflexión profunda como todas a las que nos tiene acostumbrados este auscultador de almas.
El tono mesurado de su discurso no impide, al contrario, la intensidad que transmiten sus encuadres, como los primeros planos en escorzo desde atrás que revelan el lado obscuro de algunos personajes (es inevitable recordar el que dedica a la madre del protagonista en su obra maestra, Still walking). Intensa es, asímismo, la ternura que contagian los niños al espectador, unos niños a quienes el director deja ser ellos mismos y, a la vez, en equilibrio admirable, somete a la disciplina de su narración. Pero hay algo más: el protagonismo del piano. Desde el comienzo suena un estudio de Burgmüller, exactamente el primero de la opus 25, subtitulado “El candor”, toda una declaración de intenciones. A éste seguirán otros, todos fatigosos ejercicios en los que el niño 1 se afana con la ayuda de la madre 1 ante la vigilancia severa del padre 1. De manera recurrente suenan también las Variaciones Goldberg (Glenn Gould, qué le vamos a hacer), como recordándonos ese estado de plenitud, de perfección, que anhelamos como final de un itinerario vital que en este caso se concreta en la vida familiar.
         Se ha dicho que los protagonistas de la última propuesta de Kore-eda son los niños, como en Nadie sabe, como en Kiseki. En realidad, aunque su presencia es arrebatadora y se “comen” a los adultos en la pantalla, el verdadero protagonista es uno de los padres, el de la familia 1. Sólo él sufre una metamorfosis profunda que lo convierte en un ser diferente, metamorfosis milagrosa, como todas, que se opera en menos de doce meses y que es anunciada por la evocación en el bosque de la que lleva a cabo cierta crisálida en el transcurso de quince años. El milagro, eso sí, lo llevan a cabo los niños, sin saberlo. El protagonismo central del padre 1 hace que el peso del discurso recaiga sobre la familia 1, lo que provoca un cierto desequilibrio en la trama, por cuanto la familia 2, aunque bien perfilados ambos cónyuges, permanece constante en sus vivencias, es menos vulnerable a la nueva situación a la que deben enfrentarse.
         Confundidos por la revelación del hospital y tras muchas dudas e intercambios experimentales de los niños, las dos parejas ensayan un proceso de reversión en el que los niños respectivos cambian de entorno y van a vivir con sus padres biológicos. El niño 1 (en realidad, el verdadero hijo de la familia 2) conocerá a dos hermanitos nuevos y un ambiente más desenfadado, menos rígido que el de sus padres adoptivos. El niño 2, en casa de sus auténticos padres, accederá a un nivel de vida superior, pero conocerá la soledad en un entorno dominado por la autoexigencia del padre 1 que lo lleva a trabajar incesantemente y a postergar a su esposa. En determinado momento, la irrupción de otro modo de vida en el hogar gélido que es el de la familia 1 es ejemplificado por los inmisericordes clusters con que el niño 2 pasea sus manos por el teclado.
         Como en otras películas de Kore-eda, la generación de los mayores, la de los padres de los padres, tiene mucho que decir. Su aparición revela, entre otras cosas, el conflicto que el padre 1 mantiene con su progenitor, un conflicto que lo ha hecho encerrarse en sí mismo y adoptar una actitud de dureza que ha tratado durante seis años de transmitir a su no-hijo de manera infructuosa. Cuando, en la sobremesa, el mayor de los varones se irrita ante el piano vacilante en el que alguien de la vecindad intenta ejecutar una canción tradicional tras años de ensayo (o así lo percibe él), el padre 1, desde su condición de hijo, asiste al proceso que él mismo reproduce con el niño 1: imposición de una severa disciplina para obtener buen rendimiento en la práctica del piano y amargura ante la evidencia de que otros niños lo hacen mejor. En el seno de la familia 1 hay una decantación por parte de las mujeres hacia la prevalencia de la experiencia cotidiana frente a los lazos de sangre, en tanto que los varones se inclinan hacia esto último. Ello parece contradecir lo que se supone que es el instinto maternal, pero lo que en realidad desvela es una estructura de poder patriarcal ajena a la biología y agazapada tras el señuelo de la consanguineidad. No obstante, el cineasta no ahorra al espectador la inquietud provocadora de la ambigüedad que se manifiesta claramente cuando el padre 1 atisba en el niño 2 señales claras de un código genético compartido y comprende la incompatibilidad de caracteres entre el niño 1 y él mismo.
         En cierto momento la trama parece dar un giro inesperado con la confesión de la enfermera responsable del cambio de los niños, personaje atado también a su pasado por el matrimonio con un hombre y sus tres hijos. Pero nada cambia después de seis años, ni la duda ni la confusión de ambas parejas ante un hijo y un no-hijo. Cuando el padre 1 va a visitar a la enfermera en actitud desafiante, un no-hijo de ésta se enfrenta a él para defender a “su” madre. El padre 1 comprende que la convivencia y el cariño han adquirido tanta legitimidad como la sangre. Paralelamente, la metamorfosis del protagonista se expone a través de su relación con cada uno de los dos niños. El niño 2 consigue transformar el frío hogar de sus verdaderos padres en lugar de juego, un juego en el que participan los tres y al que acompaña una carrera desenfrenada de un teclado electrónico, metáfora, quizá, del piano que ha podido liberarse de la imposición y quiere transmitirnos su gozo por ello, pero también de la liberación del padre 1 al dar rienda suelta a las emociones que se había prohibido. Por otra parte, éste descubre señales de atención hacia él por parte del niño 1 y comprende que no ha correspondido debidamente a su llamada silenciosa. En un corto diálogo entablado entre ambos desde senderos paralelos que vienen a encontrarse ante la mirada de la cámara, el padre 1 se despoja de su actitud dominadora y se reconcilia con el niño obviando las ataduras de los lazos sanguíneos. A estas alturas, a punto de finalizar la película, parece claro cuál es la opción elegida por Kore-eda para dar solución al dilema que se ha planteado a sí mismo y que ha trasladado al espectador. No obstante, con distanciada elegancia oculta a todos sus personajes en casa de la familia 2, como queriendo protegerlos de nuestro dictamen y ayudarlos en su resolución al abrigo del entorno más cálido que hemos presenciado. A nosotros nos deja con las Variaciones Goldberg.


Luis Robledo

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