La vida de Adèle (La vie d'Adèle)
Año de producción: 2013
Dirección: Abdellatif Kechiche
Guion: Abdellatif Kechiche y Ghalya Lacroix
(adaptación libre del cómic El azul es un
color cálido, de Julie Maroh)
Intérpretes: Adèle Exarchopoulos,
Léa Seydoux, Salim Kechiouche, Aurélien Recoing, Catherine Salée, Mona
Walravens, Jérémie Laheurte
Sin respiro
Es
tan raro que a estas alturas una película tenga la capacidad de sorprender, hipnotizar y emocionar de
una manera tan cristalina y apabullante que, al escaparse de la pantalla los
últimos títulos de crédito de La vida de
Adèle y encenderse la luz de la sala, cuesta levantarse, acordarse de coger
de nuevo el abrigo y dar dos pasos seguidos.
Los
dos capítulos en la vida de Adèle y tres horas en la nuestra encierran en un
suspiro el milagro en forma de paradoja de la película: contar, a través de una
historia de amor, el proceso de madurez emocional de una adolescente desde el
exterior, concentrando nuestra mirada en los rostros y los cuerpos de Adèle y
Emma con primerísimos planos sofocantes que esconden y reflejan a partes
iguales el enigma de sus emociones y pensamientos.
Abdellatif
Kechiche nos habla de lo de siempre como nunca, con imágenes como faros,
pegando la cámara a Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, a quemarropa. Sin
embargo, en el estrecho margen para respirar que nos deja el director caben
muchas capas, la del terror al rechazo, la de la euforia y la devastación del
amor, la del vértigo ante lo desconocido, la del cansancio de lo ya conocido,
la de las mentiras descubiertas y las que quedan enterradas, la del misterio
insondable del otro... El prodigio está en la intensidad emocional alcanzada a
través de la carnalidad (sobreexpuesta en algunas escenas de sexo) y lo
descarnado de la frescura arrolladora de Adèle Exarchopoulos y la magnética
presencia de Léa Seydoux, en cómo la manera de devorar un plato de spaghetti y
bailar despreocupadamente puede revelar tanto de alguien como sus gustos
literarios, sus palabras, sus besos, sus lágrimas y sus silencios. El doloroso
proceso de aprendizaje de Adèle, su madurez, su desengaño, queda expuesto con
toda su gloriosa crudeza y nos lleva paso a paso hasta los planos finales, que
confirman lo que ya sospechábamos: que siempre es demasiado tarde.
Itziar
Ibáñez

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