Estrenos 2014: Oh boy


Oh Boy (Alemania, 2012)
Dirección y guión: Jan Ole Gerster


A la deriva


         Ni Alemania ni los alemanes se merecen el pesado fardo que en forma de sentimiento de culpa arrastran hace ya más de medio siglo. No sólo por otras monstruosidades genocidas cometidas antes y después de la Segunda Guerra Mundial por otros actores, sino porque su estigma pretende exonerar a las potencias que se opusieron al Eje de sus propias intenciones belicistas y/o imperialistas. Pero es verdad que la parafernalia de símbolos y de exabruptos retóricos de que se revistió el III Reich parece acrecentar la violencia inherente al fascismo. De esa parafernalia son aún rehenes los ciudadanos de la locomotora de Europa.

         La película de Gerster no pretende centrarse en el pasado nazi de su país, pero se halla permeada por él en dos episodios. El primero es un rodaje cinematográfico al que asiste el protagonista, Niko, en el que la complicidad entre un oficial nazi y su amante judía se muestra simultáneamente al espectador en tres planos diferentes: la pareja en la pantalla, el equipo de rodaje y Niko asistiendo a la producción desde el monitor. El segundo ocurre al final de la cinta, cuando un anciano que fue protagonista de la noche de los cristales rotos aborda a Niko y le confiesa su desamparo y su desorientación.
         Esta opera prima del director alemán podría clasificarse como melodrama existencial, o tragicomedia, como prefiere él. En cualquier caso, como el autor reconoce y como se puede leer en la ficha que acompaña a su estreno en España, la película es deudora de la nouvelle vague francesa, con su grano, su blanco y negro, su peregrinar por lugares y situaciones variopintas, y con la presencia del jazz, que puntúa de forma continuada las diferentes peripecias del protagonista, un jazz de estilo be-bop cuyo referente explícito es la banda sonora que Miles Davis ofreció a Louis Malle para su Ascensor para el cadalso. Niko es un personaje a la deriva que va a encontrarse con otros sujetos a la deriva en el transcurso de veinticuatro horas, la medida aristotélica que asume el director. En la primera secuencia huye de su amante y renuncia a una taza de café que va a constituir, sin embargo, el fin inmediato al que aspirará durante el largo día que le aguarda. Los obstáculos que se oponen a un deseo tan elemental son varios: la estupidez y elevado coste que imponen las transnacionales, las averías ocasionales, el horario impenitente.
         La taza de café no conseguida se convierte en metáfora de la marginación de Niko, del desencuentro con su entorno, un desencuentro acentuado por la aparición de dos personajes, ambos satisfechos de sí mismos: un oficinista que se permite tacharlo de emocionalmente inestable con una jerga pseudocientífica, y su propio padre que le reprocha haber abandonado los estudios y renunciar a una vida holgada propia de la clase media-alta. En su peregrinar por el Berlín postmoderno Niko se va a rozar con otras personas a la deriva como él, aunque tampoco acabe encontrándose en ellas. Una es su amigo actor que ha abandonado hace tiempo el oficio pero que empuja al protagonista a las dos secuencias performativas que jalonan la narración, el rodaje cinematográfico mencionado y una representación de teatro-danza alternativo que tiene como protagonista a una figura importante en la película: Julika, atrapada por un trauma infantil cuya sombra proyectada sobre Niko va a imposibilitar lo que podría haber sido una relación satisfactoria entre ambos.
         La realidad, alternativa o cotidiana, se le escapa a Niko, o él huye de ella. En cierto momento encuentra un remanso de paz en alguien más ajeno a la realidad que él mismo, una anciana con demencia senil que lo invita a probar su sillón ergonómico y que lo hace caer en un sueño profundo a los compases del preludio-coral de Bach Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ, el mismo que ha utilizado Lars von Trier en su Nymphomaniac, coincidencia feliz, como todas, que invita a evocar la alegría con que Julio Cortázar expresaba su encuentro con Antonioni entre las hojas de los árboles de Blow-up. La imploración inconsciente de Niko (“Te llamo, Señor Jesucristo”) a través de una figura central en la cultura alemana como es Bach permite enlazar con el anciano testigo de la noche de los cristales rotos que lo aborda en el tramo final de la película, al cabo de la noche, y que reconoce no entender nada, ni el pasado de su país, ni su propio pasado, ni siquiera su propio idioma. La muerte fortuita del anónimo anciano es acompañada solamente por Niko que, ya de madrugada, puede saborear por fin su taza de café, en un nuevo día que es el suyo y, quizá, el de su país.


Luis Robledo

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