Estreno 2014: El Gran Hotel Budapest


El Gran Hotel Budapest (USA, 2014)
Dirección: Wes Anderson


La vieja Europa

         Serán nuestros biznietos los que puedan saborear con el sosiego que da la historia hecha nostalgia todos los pormenores de una cultura singular que pobló el planeta con propuestas audaces, imaginativas, también mezquinas, en definitiva, con todo un complejo heterogéneo de manifestaciones donde cabe lo mejor y lo peor, como corresponde a toda gran potencia hegemónica que en este caso se llamó Estados Unidos. Con el mismo sosiego del que disfrutarán nuestros descendientes, podemos hoy asistir a una visión desenfadada y lúdica de las que fueron durante mucho tiempo potencias hegemónicas que nos brinda un heredero de la mejor tradición estadounidense.

         Imaginen un país donde la poesía es contagiosa, donde la heroína tiene en la cara un antojo con la forma de México, un país donde existe la sociedad secreta de “las dos llaves cruzadas” (especie de internacional hotelera), un país donde habita una sociedad no menos secreta de monjes cartujos que, ¡oh, maravilla!, hablan. Sugerente, ¿verdad? Pues imaginen todo esto articulado en gran cine, en una narración trepidante con una puesta en escena soberbia, con un ejercicio virtuosístico de planos, contraplanos y encuadres que van más allá de la simetría académica para introducirnos en el festín visual de que disfrutan los personajes. Creo que fue Augusto Martínez Torres en su reseña del Drácula de Coppola para un diario madrileño quien dijo que el cine estadounidense, cuando es bueno, es el mejor. Wes Anderson demuestra en esta cinta que es un digno heredero de la cultura, aún pujante, de aquel gran país. Para cerrar el círculo, el director hace un homenaje a Erich von Stroheim y a Ernst Lubitsch, dos creadores inigualables que llevaron su genio al otro lado del Atlántico y suministraron muchas de las claves del gran cine estadounidense. Ambos transplantaron al joven país el aroma de sus raíces germánicas cifradas en su visión nostálgica y crítica a la vez del extinto imperio austro-húngaro. Al recrear ese aroma evocando el lujoso hotel, situando en un lugar importante de la trama la pastelería vienesa o utilizando con profusión el enmarcamiento circular de los personajes, tan caro al cine mudo y del que sacaron tanto provecho los dos maestros, Wes Anderson rubrica su particular homenaje a la vieja Europa.
         Más “tebeo” que nunca, esta película cabalga sobre una trama urdida por Anderson y otros colaboradores a partir de textos de Stefan Zweig, lúcido antibelicista y testigo del ocaso de la hegemonía centroeuropea. El marco temporal al que se invita al espectador, en doble flash-back, abarca desde los años de entreguerras hasta el estallido de la segunda guerra mundial, tras la cual la cultura austro-alemana pasó a ocupar un lugar subsidiario en el panorama internacional. Pero la fascinación de los oropeles austriacos, porque ha sido Viena, más que Berlín, el referente nostálgico de aquellos tiempos, es la que nos sumerge en el mundo alocado de viñetas y secuencias que urden el relato. Aquí Austria se disfraza de país imaginario, como en Stroheim, como en Lubitsch, un país en el que el componente húngaro tiene una relevancia especial, por exótico, y que la música admirable de Alexandre Desplat se encarga de subrayar con un estilo entre las danzas húngaras de Brahms y las danzas eslavas de Dvorák (hijo de territorios pertenecientes en su día al imperio austro-húngaro). Claro que, como para el imaginario estadounidense lo que está más allá de París es un-poco-todo-lo-mismo, se ha incorporado a la banda sonora una orquesta rusa de balalaikas. No importa, el arte tiene esas cosas.


Luis Robledo

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