Dirección: Bong Joon-Ho
Guión: Bong Joon-Ho, Kelly Masterson
Metáforas
de la revolución
En 2014 la vida desaparece del planeta
Tierra. Un bombardeo masivo con una substancia para reducir drásticamente el
calentamiento global sume a nuestro planeta en una glaciación letal. Sólo se
salva un grupo humano a bordo de un tren diseñado especialmente por el
industrial y magnate Wilford, sabedor de las consecuencias de la temeraria experiencia.
Nuevo Noé, este personaje, que solamente aparece en las últimas secuencias, ha
reproducido en su nave la constitución adquirida, que no natural, de la
sociedad humana, una que se resume en dos niveles esenciales: los opresores y
los oprimidos. Paranoicamente iluminado, Wilford da forma a su imagen ideal del
mundo reproduciendo en el tren la estructura piramidal que relega a los vagones
de cola a la masa de desfavorecidos en unas condiciones infrahumanas mientras
cede los vagones primeros a la casta dominante.
Como toda obra de ciencia-ficción esta
película presenta situaciones inverosímiles y se pliega a los ineludibles
espasmos propios de una cinta “de acción”, entre los que no falta el efecto
estetizante de la sangre. Pero están bien resueltos por el director coreano que
nos regaló aquella brillante y desasosegante Memories of Murder. En cualquier caso, lo que le interesa es
contarnos una historia muy clara. Sin trampear, desde los primeros minutos nos
invita a seguir el proceso de una revuelta de los de abajo para tomar el
control del aparato de poder cuya cúspide se halla en la locomotora, en el
ingenio diseñado por Wilford con una parafernalia de sofismas tales como
“sostenibilidad” o “equilibrio” que sirven para perpetuar una situación radicalmente
desigual e injusta. Por muy maniqueo que nos pueda parecer este planteamiento,
hay que convenir en que la situación actual nos ha vuelto a situar frente a la
polarización que en sistemas socio-económicos y épocas diferentes se ha
establecido siempre entre los de arriba y los de abajo, con todos los matices
que se quiera. No es casualidad que uno de los libros que están haciendo furor
sea el estudio de Thomas Piketty El
capital en el siglo XXI, en el que se analiza cómo el proceso de
concentración de poder en manos de unos pocos, no sólo poder económico, sino
también político y cultural, nos ha llevado a una sociedad profundamente
injusta e indeseable, análisis que son incapaces de desmontar los poderes
financieros y los teóricos del ultraliberalismo. El director de la película y
su co-guionista parecen haberlo comprendido así y parecen decididos a
mostrarnos que ya no hay lugar para medias tintas.
Las revoluciones habidas a lo ancho de
la geografía terrestre se alegorizan aquí a lo largo del tren que corre ya
desde hace dieciocho años por la faz helada de la Tierra. La longitud del tren
es metáfora de las distintas etapas que han de superar los menesterosos
insurgentes para conseguir la emancipación. En estos años ha habido otras
revueltas fallidas, una singular de la que son testigos mudos los “siete
congelados” que pueden verse desde el tren como una escultura fantasmagórica
hecha hielo al poco de intentar aquéllos una nueva vida en el exterior. Ahora
la insurgencia cuenta con un líder resuelto y apoyado por todos que se propone
ir vagón a vagón conquistando la dignidad perdida. Los personajes y situaciones
que van a aparecer en el proceso de rebelión son lo más interesante de la
película, en especial los que funcionan como alegoría del poder. Cabe distinguir
la figura de la primer ministro, una perfecta Tilda Swinton, que lleva en las
solapas la insignia de su amo, unos railes de tren, y que encarna a la
perfección la subordinación del poder político al poder económico (¿les
suena?). Ésta, tras ser reducida, accede arteramente a franquear a los rebeldes
las puertas de los vagones nobles. El contraste brutal entre la miseria de la
cola y la primera estancia de los privilegiados a que tienen acceso, un jardín
paradisíaco donde alguien hace con sosiego labores de punto, es subrayado por
las Variaciones Goldberg de Bach (de
cuyo intérprete no nos informan los créditos). Poco a poco irán avanzando por
los demás vagones e irán descubriendo mundos suntuosos y vedados para ellos en
forma de balneario, de discoteca o de gigantesco dispensario de comida en el
que un diestro cocinero de color negro elabora diferentes tipos de sushi, imagen ésta que refuerza la idea
explicitada desde el comienzo de que miembros de todas las razas pueblan tanto
los departamentos de los pobres como los de los ricos.
El momento más impresionante, que
entiendo como clímax de la narración, es cuando alcanzan el vagón-escuela,
donde criaturas impolutas son sometidas a un lavado inmisericorde de conciencia
por una joven profesora, impoluta ella también y como salida de Mujercitas, consistente en hurtarles la
realidad y prepararlas para el relevo generacional en el seno de la casta
dominante con una voluntad de perpetuación que subraya el embarazo de la
rubísima profesora. El carácter irracional de esta no-enseñanza utiliza como
herramienta privilegiada la sumisión religiosa al líder, pócima espiritual que
ya conocemos desde el principio de la película y a cuya cocina asistimos ahora.
Como es día de celebración, se obsequia a los asistentes con golosinas y con un
concierto a cargo de un violinista previamente secuestrado en los vagones de
cola que interpreta tristemente en un instrumento con sólo la cuarta cuerda En las alas del
canto de Mendelssohn, una canción que
habla de transportar a la amada (a estas criaturas angelicales) a las praderas
del Ganges, a lugares donde flores hermosas y fragantes contemplan las
estrellas al claro de luna. El chasquido de la cuerda rota del violín pone
punto final a la comedia. La primer ministro, la profesora y los portadores de
los regalos sacan sendas metralletas y disparan contra los rebeldes mostrando
todo el horror de la violencia criminal que la clase dominante esconde bajo
edulcoradas soflamas religiosas y eufemismos de toda clase. Tras la obligada
victoria de “los buenos” que impone el género, la vanguardia de los rebeldes se
decide al asalto final. Pero antes habrán de llevar a cabo una lucha sorda y
despiadada con el brutal jefe de policía en un vagón-sauna iluminado de
amarillo en el que los felices usuarios son arrullados en sus respectivos
compartimentos por una balada swing
tipo años 30-40 estadounidenses (el capitalismo chino no parece haber ofrecido
aún referentes culturales tan claramente decodificables como los de la primera
potencia).
Desde el comienzo de la aventura, dos
personajes se han sumado a ella a regañadientes y por puro interés personal,
dos drogadictos, padre e hija, que serán clave en el desarrollo de la película;
el primero, por ser experto en seguridad e ir abriendo paulatinamente las
puertas que separan a los diferentes vagones, además de por saber percibir los
sutiles cambios en la naturaleza exterior, en la nieve que se descongela
lentamente y que permite atisbar un rayo de esperanza; la segunda, por sus
poderes paranormales y porque dará fe de la visión de su padre. Ambos parecen
sacados de ese lumpenproletariado tan denostado por Marx y estigmatizado por
las burocracias comunistas despreciando su potencial revolucionario. Pero ahora
están aquí los dos, junto al líder de la revuelta, a las puertas de la estancia
de Wilford. La aparición de éste constituye la última gran alegría para el
espectador. Revestido de paranoico oligarca, Ed Harris da muestras en pocas
secuencias de toda su maestría interpretativa y llena la pantalla con un poder
de convicción tal que hace tambalear la fe inquebrantable del líder en su
aventura emancipadora. Wilford-Harris desvela al líder la farsa preconcebida
por él con la complicidad de un miembro señero de los últimos vagones, un
desposeído reverenciado por sus compañeros que, sin embargo, ha conspirado
atrapado por el discurso falaz pero convincente de quien ostenta el poder.
Metáfora cotidiana y terrible, no es, sin embargo, la última. Wilford ofrece al
líder tomar el relevo de su microcosmos convencido de la fuerza incontestable
del sistema dominante. Pero los autores del guión no renuncian a su postulado
original. El líder rechaza la propuesta y, de inmediato, el sueño del padre
drogadicto de irrumpir en el prometedor mundo exterior se consuma con una
explosión provocada que hace estallar el tren con todos sus pasajeros; todos
menos dos, la hija drogadicta y un niño que ha servido de hilo conductor y que
encarna la locura deshumanizada mantenida por Wilford. Ambos se asoman al
exterior y su mirada deja en el aire la posibilidad de construir una nueva
sociedad.
Luis Robledo
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