Estrenos 2013: Snowpiercer

Snowpiercer (Rompenieves) (Corea del Sur, USA, Francia, República Checa, 2013)
Dirección: Bong Joon-Ho
Guión: Bong Joon-Ho, Kelly Masterson


Metáforas de la revolución

         En 2014 la vida desaparece del planeta Tierra. Un bombardeo masivo con una substancia para reducir drásticamente el calentamiento global sume a nuestro planeta en una glaciación letal. Sólo se salva un grupo humano a bordo de un tren diseñado especialmente por el industrial y magnate Wilford, sabedor de las consecuencias de la temeraria experiencia. Nuevo Noé, este personaje, que solamente aparece en las últimas secuencias, ha reproducido en su nave la constitución adquirida, que no natural, de la sociedad humana, una que se resume en dos niveles esenciales: los opresores y los oprimidos. Paranoicamente iluminado, Wilford da forma a su imagen ideal del mundo reproduciendo en el tren la estructura piramidal que relega a los vagones de cola a la masa de desfavorecidos en unas condiciones infrahumanas mientras cede los vagones primeros a la casta dominante.
         Como toda obra de ciencia-ficción esta película presenta situaciones inverosímiles y se pliega a los ineludibles espasmos propios de una cinta “de acción”, entre los que no falta el efecto estetizante de la sangre. Pero están bien resueltos por el director coreano que nos regaló aquella brillante y desasosegante Memories of Murder. En cualquier caso, lo que le interesa es contarnos una historia muy clara. Sin trampear, desde los primeros minutos nos invita a seguir el proceso de una revuelta de los de abajo para tomar el control del aparato de poder cuya cúspide se halla en la locomotora, en el ingenio diseñado por Wilford con una parafernalia de sofismas tales como “sostenibilidad” o “equilibrio” que sirven para perpetuar una situación radicalmente desigual e injusta. Por muy maniqueo que nos pueda parecer este planteamiento, hay que convenir en que la situación actual nos ha vuelto a situar frente a la polarización que en sistemas socio-económicos y épocas diferentes se ha establecido siempre entre los de arriba y los de abajo, con todos los matices que se quiera. No es casualidad que uno de los libros que están haciendo furor sea el estudio de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI, en el que se analiza cómo el proceso de concentración de poder en manos de unos pocos, no sólo poder económico, sino también político y cultural, nos ha llevado a una sociedad profundamente injusta e indeseable, análisis que son incapaces de desmontar los poderes financieros y los teóricos del ultraliberalismo. El director de la película y su co-guionista parecen haberlo comprendido así y parecen decididos a mostrarnos que ya no hay lugar para medias tintas.
         Las revoluciones habidas a lo ancho de la geografía terrestre se alegorizan aquí a lo largo del tren que corre ya desde hace dieciocho años por la faz helada de la Tierra. La longitud del tren es metáfora de las distintas etapas que han de superar los menesterosos insurgentes para conseguir la emancipación. En estos años ha habido otras revueltas fallidas, una singular de la que son testigos mudos los “siete congelados” que pueden verse desde el tren como una escultura fantasmagórica hecha hielo al poco de intentar aquéllos una nueva vida en el exterior. Ahora la insurgencia cuenta con un líder resuelto y apoyado por todos que se propone ir vagón a vagón conquistando la dignidad perdida. Los personajes y situaciones que van a aparecer en el proceso de rebelión son lo más interesante de la película, en especial los que funcionan como alegoría del poder. Cabe distinguir la figura de la primer ministro, una perfecta Tilda Swinton, que lleva en las solapas la insignia de su amo, unos railes de tren, y que encarna a la perfección la subordinación del poder político al poder económico (¿les suena?). Ésta, tras ser reducida, accede arteramente a franquear a los rebeldes las puertas de los vagones nobles. El contraste brutal entre la miseria de la cola y la primera estancia de los privilegiados a que tienen acceso, un jardín paradisíaco donde alguien hace con sosiego labores de punto, es subrayado por las Variaciones Goldberg de Bach (de cuyo intérprete no nos informan los créditos). Poco a poco irán avanzando por los demás vagones e irán descubriendo mundos suntuosos y vedados para ellos en forma de balneario, de discoteca o de gigantesco dispensario de comida en el que un diestro cocinero de color negro elabora diferentes tipos de sushi, imagen ésta que refuerza la idea explicitada desde el comienzo de que miembros de todas las razas pueblan tanto los departamentos de los pobres como los de los ricos.
         El momento más impresionante, que entiendo como clímax de la narración, es cuando alcanzan el vagón-escuela, donde criaturas impolutas son sometidas a un lavado inmisericorde de conciencia por una joven profesora, impoluta ella también y como salida de Mujercitas, consistente en hurtarles la realidad y prepararlas para el relevo generacional en el seno de la casta dominante con una voluntad de perpetuación que subraya el embarazo de la rubísima profesora. El carácter irracional de esta no-enseñanza utiliza como herramienta privilegiada la sumisión religiosa al líder, pócima espiritual que ya conocemos desde el principio de la película y a cuya cocina asistimos ahora. Como es día de celebración, se obsequia a los asistentes con golosinas y con un concierto a cargo de un violinista previamente secuestrado en los vagones de cola que interpreta tristemente en un instrumento con sólo la cuarta cuerda En las alas del canto de Mendelssohn, una canción que habla de transportar a la amada (a estas criaturas angelicales) a las praderas del Ganges, a lugares donde flores hermosas y fragantes contemplan las estrellas al claro de luna. El chasquido de la cuerda rota del violín pone punto final a la comedia. La primer ministro, la profesora y los portadores de los regalos sacan sendas metralletas y disparan contra los rebeldes mostrando todo el horror de la violencia criminal que la clase dominante esconde bajo edulcoradas soflamas religiosas y eufemismos de toda clase. Tras la obligada victoria de “los buenos” que impone el género, la vanguardia de los rebeldes se decide al asalto final. Pero antes habrán de llevar a cabo una lucha sorda y despiadada con el brutal jefe de policía en un vagón-sauna iluminado de amarillo en el que los felices usuarios son arrullados en sus respectivos compartimentos por una balada swing tipo años 30-40 estadounidenses (el capitalismo chino no parece haber ofrecido aún referentes culturales tan claramente decodificables como los de la primera potencia).
         Desde el comienzo de la aventura, dos personajes se han sumado a ella a regañadientes y por puro interés personal, dos drogadictos, padre e hija, que serán clave en el desarrollo de la película; el primero, por ser experto en seguridad e ir abriendo paulatinamente las puertas que separan a los diferentes vagones, además de por saber percibir los sutiles cambios en la naturaleza exterior, en la nieve que se descongela lentamente y que permite atisbar un rayo de esperanza; la segunda, por sus poderes paranormales y porque dará fe de la visión de su padre. Ambos parecen sacados de ese lumpenproletariado tan denostado por Marx y estigmatizado por las burocracias comunistas despreciando su potencial revolucionario. Pero ahora están aquí los dos, junto al líder de la revuelta, a las puertas de la estancia de Wilford. La aparición de éste constituye la última gran alegría para el espectador. Revestido de paranoico oligarca, Ed Harris da muestras en pocas secuencias de toda su maestría interpretativa y llena la pantalla con un poder de convicción tal que hace tambalear la fe inquebrantable del líder en su aventura emancipadora. Wilford-Harris desvela al líder la farsa preconcebida por él con la complicidad de un miembro señero de los últimos vagones, un desposeído reverenciado por sus compañeros que, sin embargo, ha conspirado atrapado por el discurso falaz pero convincente de quien ostenta el poder. Metáfora cotidiana y terrible, no es, sin embargo, la última. Wilford ofrece al líder tomar el relevo de su microcosmos convencido de la fuerza incontestable del sistema dominante. Pero los autores del guión no renuncian a su postulado original. El líder rechaza la propuesta y, de inmediato, el sueño del padre drogadicto de irrumpir en el prometedor mundo exterior se consuma con una explosión provocada que hace estallar el tren con todos sus pasajeros; todos menos dos, la hija drogadicta y un niño que ha servido de hilo conductor y que encarna la locura deshumanizada mantenida por Wilford. Ambos se asoman al exterior y su mirada deja en el aire la posibilidad de construir una nueva sociedad.



Luis Robledo

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