Maléfica (Maleficent) (USA, 2014)
Dirección: Robert Stromberg
Guión: Linda Woolverton
La Naturaleza y el
Hombre
Debimos
sospecharlo. No es normal que sólo por no haber sido invitados a un bautizo se
infliga un castigo cruel a la recién nacida criatura. No es normal que vistamos
de obscuro por fuera y por dentro a quien hemos ignorado sistemáticamente.
Debimos sospechar que algo se nos ocultaba en la narración de Charles Perrault
que Walt Disney nos ofreció en 1959. Lo que no sospechábamos es que sería la
protagonista, llamada “la bella durmiente”, quien nos desvelaría el misterio
más de trescientos años después de la redacción original. Lo hace con voz en
off desde la misma fábrica de sueños que alumbró uno de los grandes magos de la
animación. Lo hace imponiendo un correctivo severo, a la altura de los tiempos,
a su progenitor y a las mentalidades que han perpetuado cierta manera de ver el
mundo. Lo hace, en fin, cediendo su protagonismo al actor obscuro del relato,
la Maléfica que Disney aderezó con extravagantes cuernos inspirados en el
siniestro imaginario de las religiones monoteístas. La bella durmiente nos
revela el pasado de Maléfica, explica su proceder subsiguiente y subvierte el
sentido de la leyenda.
Esta película
nace como autocrítica de la misma factoría que dió a luz la creación de 1959, y
lo hace movida por el sentimiento de culpa que, supuestamente, comparten
director y guionista más Angelina Jolie, productora e inspiradora. Eso sí, sin
renunciar a los beneficios en taquilla que va a proporcionar a los nuevos
mercaderes de la cultura y con el peaje artístico obligado que exige una
superproducción de estas características: condescendencia hacia el público con
gags facilones, sobreabundancia de efectos visuales, magníficos, por otra
parte, y una música, coro incluído, que en sus peores momentos es
insufriblemente épica. Acerca de ésta hay que decir, sin embargo, que en los
momentos en los que la acción se relaja muestra estar muy bien compuesta, como
se puede apreciar en los créditos finales. El principio de éstos arranca con
otra rememoración de la versión anterior: el tema Once upon a dream sobre el vals de las flores de La bella durmiente de Chaikovsky que
canta con voz cansina Lana del Rey. La factoría Disney no pudo soportar en su
versión de 1959 la belleza y la perfeccción del original de Chaikovsky e hizo
un arreglo más en sintonía con el musical estadounidense (pero sin los logros y
originalidades en la instrumentación de muchos de sus números, algunos
prodigiosos). Aún así, mantuvo el acompañamiento de las flautas a la melodía
principal, verdadera seña de identidad del compositor ruso. En la versión que
canta Del Rey se ha modificado más la armonización y no queda rastro de la
orquestación original. No está ni mal ni bien; es otro avatar del modelo
clásico en sintonía con la transformación a que se somete la historia de
Perrault.
Las reglas del
juego están claras desde el principio de la película. Desde el momento en el
que los autores reparten las cartas queda perfectamente establecido el tablero
donde se van a dirimir los encuentros y desencuentros de los protagonistas. Por
una parte está el país de los humanos, con una estructura jerárquica y sujeto a
la ambición y miserias propias de su condición; por otra, el país de la
ciénaga, un paraíso de la naturaleza sin jerarquías e imposiciones donde viven
en armonía seres muy diferentes entre sí y cuya cabeza visible es el hada
Maléfica, aún niña. Se nos dice que una vieja profecía afirma que la concordia
entre ambos mundos sólo será posible mediante la intervención de un héroe o de
un villano. Con ese enigmático juicio asistimos al primer encuentro entre
Maléfica y Stephan, en el que éste muestra la condición depredadora del ser
humano hacia los recursos naturales cuando hurta a la ciénaga un objeto
precioso que el hada niña se apresura a devolver a las aguas con amable
reconvención. Los jóvenes se enamoran y así entran en la edad adulta. Pero el
rey del país de los humanos decide apoderarse de la ciénaga con un formidable
ejército. La agresión del ser humano al reino natural es repelida gracias a los
poderes de Maléfica y a sus prodigiosas alas que la dotan de una capacidad de
movimiento incontrolable. Además de las alas, el hada luce dos monumentales
cuernos sacados del personaje de Disney. Pero estos cuernos son aquí los del
dios Pan, ese dios que encarna el poder telúrico y el admirable concierto de la
naturaleza figurado en la siringa, el instrumento musical con el que el dios
garantiza el orden interno de un universo en perpetua transformación que sólo
en el cambio incesante encuentra su razón de ser, a menudo incomprendido por
los mortales.
El rey de los humanos, moribundo, promete el
trono a quien neutralice el poder de Maléfica. Stephan, cegado por la ambición,
utiliza su antigua relación con Maléfica para engañarla y cortarle las alas que
lleva como trofeo a su país y lo convierten en nuevo rey. La naturaleza herida,
mutilada, que representa Maléfica muestra entonces su lado obscuro y
destructivo para mostrarnos la bruja más bonita que pueda imaginarse, una
Angelina Jolie resplandenciente gracias a los efectos digitales y a su
excelente interpretación del personaje. Como en el cuento, profiere la
maldición conocida sobre la pequeña hija de Stephan, la princesa Aurora. Pero,
a diferencia del cuento, Maléfica sigue con atención y curiosidad el
crecimiento de la niña e, incluso, la salva del peligro en dos ocasiones en las
que está a punto de perecer debido a la inepcia de las tres hadas estúpidas a
las que la ha confiado el rey. Cuando Aurora crece, reconoce en Maléfica a su
hada madrina, es decir, la joven intuye una realidad superior que descubre
efectivamente cuando el hada la conduce al reino de la ciénaga. La sintonía
entre el ser humano que se siente parte del reino natural y goza de él,
representado por Aurora, y la propia naturaleza, representada por Maléfica,
hace que ésta se arrepienta de su maldición y corra tras la princesa para
evitar la desgracia. ¿Cómo no apiadarse de la naturaleza del ser humano, si es
criatura suya? Pero la fuerza que desencadenara el hada lleva a la joven de
manera hipnótica a su perdición.
En el castillo
del rey, frente al sueño mortal de Aurora, Maléfica se muestra escéptica ante
el antídoto prometido en forma de “beso de amor verdadero”, porque el hada ya
no cree en éste. Los momentos que siguen son, quizá, lo más hermoso y
desconcertante de esta deconstrucción fílmica. Aparece el príncipe, que ya se
ha dado a conocer y ha mantenido una conversación amorosa con la princesa, y
besa en la boca a Aurora, pero no ocurre nada. Maléfica, acongojada por la
suerte del único ser humano que ha conseguido devolverla el sentimiento
amoroso, de empatía, se dispone a despedirse de la joven y deposita en su
frente un beso tierno. Ahora se produce el milagro. Aurora despierta y saluda a
su hada madrina como su salvadora. No ha sido una manifestación del amor
humano, sino un amor más profundo, el de la madre naturaleza hacia una de sus
criaturas, el que la ha rescatado del reino de las sombras.
Enterado el
rey de la presencia en el castillo de Maléfica, sus esbirros la capturan y se
disponen a darle muerte. Pero Aurora accede al aposento donde se encuentran las
alas cortadas del hada, las libera y éstas corren a incorporarse de nuevo a su
dueña. El ser humano en armonía con la naturaleza auxilia a ésta para liberarla
de la tiranía de los otros humanos depredadores. Maléfica triunfa sobre sus
enemigos. Escena final: se celebra la reconciliación entre el reino de los
humanos y la ciénaga, cuyo autor no ha sido ni un héroe ni un villano, sino
Maléfica, la naturaleza dotada de un poder creador y destructivo a la que el
ser humano debe prestar atención y respeto. Las protagonistas de la hazaña son
dos mujeres, la propia Maléfica y Aurora, coronada ésta como reina. Queridos
niños, aquí termina esta fábula que empieza en clave ecologista y culmina en
clave feminista.
Luis Robledo

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