Estrenos 2014: Ida


Ida
Título: Ida
Director: Pawel Pawlikowski
Guión: Pawel Pawlikowski y Rebecca Lenkiewicz
Música: Kristian Selin Eidnes Andersen
Fotografía: Lukasz Zal, Ryszard Lenczewski
País: Polonia
Reparto: Agata Trzebuchowska, Agata Kulesza Joanna Kulig, Dawis Ogrodnik, Jerzy Trela, Adam Szyszkowski, Artur Janusiak, Halina Skoczynska, Mariusz Jakus.
Año: 2013
Duración: 80 min.


Ida y vuelta


Ida, del director polaco Pawel Pawlikowski, es una excelente película que me sorprendió principalmente por dos motivos. De una parte me cautivó su concisión y drástica contundencia, una cinta de ochenta minutos filmada en un magnífico y lustroso blanco y negro en la que nada falta y nada sobra. De otra, su factura, su armazón, cómo está tratada la materia cinematográfica, su esqueleto formal en suma, que me pareció insólito y turbador en los tiempos actuales (es una película del año 2013), pues parece ciertamente un filme rodado cuarenta o cincuenta años atrás, con un procedimiento, una forma de hacer cine que parecía ya definitivamente perdida, irrecuperable, y que Pawlikowski retoma con una frescura inaudita y, al mismo tiempo, con un aire radicalmente nuevo y original.
Tal vez la fuerza insólita y desgarradora de esta película se desprenda de una dicotomía, o más bien, de una dialéctica, pues es en la dualidad, en su enfrentamiento y en su complementariedad, donde reside la sustancia íntima del filme. Y, por supuesto, en las dos soberbias –y también contrapuestas- interpretaciones de sus actrices principales.
Me veo obligado a pedir disculpas por la facilidad con la que he titulado este comentario, pero a pesar de su evidente vulgaridad, he decidido mantener este título porque me ha parecido que, en rigor, Ida es una película de “ida y vuelta”, esto es, una película cerrada, redonda y también itinerante. Hay en ella un viaje, sin duda, pero se trata de un viaje al interior, al corazón, a la entraña viva y descarnada de sus protagonistas. La fuerza que mueve Ida no es centrífuga sino centrípeta, y el destino final –y fatal- de ese viaje, de ese re-encuentro, no es otro que la desolación y la muerte.
Hablaba antes de la maravillosa fotografía en blanco y negro. Es también necesario hablar de la iconografía que invade esta película, de esos paisajes desolados y áridos, yermos, de esos encuadres lentos, morosos, donde el tiempo –el tiempo cronológico, que no el interior- parece detenerse hasta la congelación. Algunas imágenes se quedan grabadas en la retina como auténticos emblemas iconográficos: la blancura impoluta de la nieve hollada súbitamente por unas pisadas que dejan sus huellas, el personaje de Anna/Ida arrodillado en plegaria ante una imagen sagrada al lado de la carretera… Hay una quietud casi pietista que recuerda, sin duda, al cine de los grandes Dreyer o Bresson. Estas imágenes, esta iconografía del dolor, sustenta en buena medida el espíritu contemplativo de la película, con unos planos que nos dicen desde el silencio, que nos muestran con una sutileza delicadísima sin hablar. Por otra parte, también como una dualidad, como un contrapeso milimétricamente controlado, está la palabra. Los diálogos son de una sobriedad casi ascética, pero de una precisión irremplazable. Este andamiaje construido entre la palabra seca y concisa y la imagen muda y elocuente, entraña una extraña y fascinante pulsión que palpita a lo largo de toda la obra y que rememora un cine pretérito pero envuelto, al mismo tiempo, en una contenida y deslumbrante modernidad.
Como ya había mencionado, los dos personajes principales son también antitéticos pero complementarios. La elección de las actrices me parece muy acertada: de un lado la veterana Agata Kulesza, asidua en el teatro y el cine polaco, en el papel de la tía Wanda, y por otro una joven y bellísima Agata Trzebuchowska como Ida, la novicia de origen judío a punto de tomar sus votos y a punto también de descubrir su terrible pasado. Wanda es una mujer destrozada por la historia brutal de la guerra y por la crudeza impasible de un régimen comunista gris y decadente que han conseguido convertir a una reputada fiscal en una alcohólica fragmentada entre los remordimientos y la desesperanza. El encuentro con su sobrina, antes de que ésta tome los votos, hará renacer los recuerdos y la necesidad de iniciar un viaje (físico e interior) hacia la oscura verdad de sus vidas. Por el camino vamos viendo una Polonia en los años sesenta que sobrevive al fantasma devastador de la guerra y el nazismo y también a la decrepitud y la desolación de un comunismo gangrenado. Hay escenas de una plasticidad y una fuerza inolvidables; aparte de las ya mencionadas, recuerdo el picado que muestra una tumba abierta con el “desenterrador” hundido entre la tierra y las raíces quebradas; los árboles desnudos y fantasmagóricos recortados sobre un cielo plomizo y plúmbeo; los primeros planos del rostro de Ida, largos y contenidos pero inflamados de expresividad; Wanda fumando con la mirada perdida mientas se toma un baño; el “salto” terrible de Wanda mientras se oye la Sinfonía Júpiter de Mozart de fondo. Salto éste, por cierto, que, con todas las diferencias, me recordó el también terrible “salto” de Matteo en esa extraordinaria obra maestra que es La mejor juventud (La meglio gioventù, 2003) de Marco Tullio Giordana.
Ida se enfrenta a la vida y desea adentrarse en ella, conocerla, palparla. ¿Qué tipo de elección haces si desconoces lo que rechazas? le viene a decir su tía, en un momento determinado, en alusión a la decisión de Ida de tomar sus votos en el convento. Ida, ya sin Wanda, desea conocer “eso” que quiere rechazar. La candidez y la valentía que demuestra el personaje son admirables pero no parece quedar satisfecha. “Y después ¿qué?” le pregunta incesantemente al músico saxofonista que le descubre los placeres de la carne. Las respuestas sencillas que el joven músico le da no parecen convencerla. Ante la duda, ante la incertidumbre, decide regresar a sus orígenes, la vuelta a aquello que le resulta familiar y conocido, donde se siente quizá más segura frente a un mundo que parece descomponerse de apatía, de grisura, de tristeza y de dolor. Ida se ha puesto en la piel de Wanda – es también su despedida-, enciende un cigarrillo y apura la botella a morro hasta perder el equilibrio en la hermosa escena de la cortina. Ahora el viaje ha finalizado y el retorno, la vuelta de Ida, se produce en silencio, un silencio religioso, un silencio también envuelto en tristeza en esta película triste hasta la médula pero luminosamente bella.
El plano final cuando Ida regresa andando por una carretera donde se cruza con los coches, absorta, su mirada perdida, inmutable y decidida, combina su ambigua tristeza con la sublime melancolía del coral Ich ruf’ zu dir, Herr Jesu Christ, BWV.639 de Johann Sebastian Bach en una de las magníficas transcripciones para piano que Ferruccio Busoni realizó sobre algunas obras del maestro alemán y que fueron publicadas en 1916 y 1920. Ese viaje a la experiencia ha terminado con la inocencia de Ida; su vuelta, su regreso al convento casi parece más una claudicación que un triunfo ante una realidad, la exterior, que ha sido invadida completamente por la desgana y por el dolor.
Ida es una película concisa y contundente, hermosa y desoladora, construida con una precisión de cirujano y, a mi juicio, dirigida con la naturalidad compleja y experimentada de un maestro, cuyas diversas lecturas se superponen con sencillez pero creando una profundidad vertiginosa.
César Ureña Gutiérrez



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