Ida
Título: Ida
Director: Pawel Pawlikowski
Guión: Pawel Pawlikowski y Rebecca Lenkiewicz
Música: Kristian Selin Eidnes Andersen
Fotografía: Lukasz Zal, Ryszard Lenczewski
País: Polonia
Reparto: Agata Trzebuchowska, Agata Kulesza Joanna Kulig, Dawis Ogrodnik,
Jerzy Trela, Adam Szyszkowski, Artur Janusiak, Halina Skoczynska, Mariusz
Jakus.
Año: 2013
Duración: 80 min.
Ida y vuelta
Ida, del director polaco Pawel Pawlikowski, es una
excelente película que me sorprendió principalmente por dos motivos. De una
parte me cautivó su concisión y drástica contundencia, una cinta de ochenta
minutos filmada en un magnífico y lustroso blanco y negro en la que nada falta
y nada sobra. De otra, su factura, su armazón, cómo está tratada la materia
cinematográfica, su esqueleto formal en suma, que me pareció insólito y
turbador en los tiempos actuales (es una película del año 2013), pues parece
ciertamente un filme rodado cuarenta o cincuenta años atrás, con un
procedimiento, una forma de hacer cine que parecía ya definitivamente perdida,
irrecuperable, y que Pawlikowski retoma con una frescura inaudita y, al mismo
tiempo, con un aire radicalmente nuevo y original.
Tal vez la fuerza
insólita y desgarradora de esta película se desprenda de una dicotomía, o más
bien, de una dialéctica, pues es en la dualidad, en su enfrentamiento y en su
complementariedad, donde reside la sustancia íntima del filme. Y, por supuesto,
en las dos soberbias –y también contrapuestas- interpretaciones de sus actrices
principales.
Me veo obligado a pedir
disculpas por la facilidad con la que he titulado este comentario, pero a pesar
de su evidente vulgaridad, he decidido mantener este título porque me ha
parecido que, en rigor, Ida es una
película de “ida y vuelta”, esto es, una película cerrada, redonda y también
itinerante. Hay en ella un viaje, sin duda, pero se trata de un viaje al
interior, al corazón, a la entraña viva y descarnada de sus protagonistas. La
fuerza que mueve Ida no es centrífuga
sino centrípeta, y el destino final –y fatal- de ese viaje, de ese
re-encuentro, no es otro que la desolación y la muerte.
Hablaba antes de la
maravillosa fotografía en blanco y negro. Es también necesario hablar de la
iconografía que invade esta película, de esos paisajes desolados y áridos,
yermos, de esos encuadres lentos, morosos, donde el tiempo –el tiempo
cronológico, que no el interior- parece detenerse hasta la congelación. Algunas
imágenes se quedan grabadas en la retina como auténticos emblemas
iconográficos: la blancura impoluta de la nieve hollada súbitamente por unas
pisadas que dejan sus huellas, el personaje de Anna/Ida arrodillado en plegaria
ante una imagen sagrada al lado de la carretera… Hay una quietud casi pietista
que recuerda, sin duda, al cine de los grandes Dreyer o Bresson. Estas
imágenes, esta iconografía del dolor, sustenta en buena medida el espíritu
contemplativo de la película, con unos planos que nos dicen desde el silencio,
que nos muestran con una sutileza delicadísima sin hablar. Por otra parte,
también como una dualidad, como un contrapeso milimétricamente controlado, está
la palabra. Los diálogos son de una sobriedad casi ascética, pero de una
precisión irremplazable. Este andamiaje construido entre la palabra seca y
concisa y la imagen muda y elocuente, entraña una extraña y fascinante pulsión
que palpita a lo largo de toda la obra y que rememora un cine pretérito pero
envuelto, al mismo tiempo, en una contenida y deslumbrante modernidad.
Como ya había mencionado,
los dos personajes principales son también antitéticos pero complementarios. La
elección de las actrices me parece muy acertada: de un lado la veterana Agata
Kulesza, asidua en el teatro y el cine polaco, en el papel de la tía Wanda, y
por otro una joven y bellísima Agata Trzebuchowska como Ida, la novicia de
origen judío a punto de tomar sus votos y a punto también de descubrir su
terrible pasado. Wanda es una mujer destrozada por la historia brutal de la
guerra y por la crudeza impasible de un régimen comunista gris y decadente que
han conseguido convertir a una reputada fiscal en una alcohólica fragmentada
entre los remordimientos y la desesperanza. El encuentro con su sobrina, antes
de que ésta tome los votos, hará renacer los recuerdos y la necesidad de
iniciar un viaje (físico e interior) hacia la oscura verdad de sus vidas. Por
el camino vamos viendo una Polonia en los años sesenta que sobrevive al
fantasma devastador de la guerra y el nazismo y también a la decrepitud y la
desolación de un comunismo gangrenado. Hay escenas de una plasticidad y una
fuerza inolvidables; aparte de las ya mencionadas, recuerdo el picado que
muestra una tumba abierta con el “desenterrador” hundido entre la tierra y las
raíces quebradas; los árboles desnudos y fantasmagóricos recortados sobre un
cielo plomizo y plúmbeo; los primeros planos del rostro de Ida, largos y
contenidos pero inflamados de expresividad; Wanda fumando con la mirada perdida
mientas se toma un baño; el “salto” terrible de Wanda mientras se oye la
Sinfonía Júpiter de Mozart de fondo. Salto éste, por cierto, que, con todas las
diferencias, me recordó el también terrible “salto” de Matteo en esa
extraordinaria obra maestra que es La
mejor juventud (La meglio gioventù,
2003) de Marco Tullio Giordana.
Ida se enfrenta a la
vida y desea adentrarse en ella, conocerla, palparla. ¿Qué tipo de elección
haces si desconoces lo que rechazas? le viene a decir su tía, en un momento
determinado, en alusión a la decisión de Ida de tomar sus votos en el convento.
Ida, ya sin Wanda, desea conocer “eso” que quiere rechazar. La candidez y la
valentía que demuestra el personaje son admirables pero no parece quedar
satisfecha. “Y después ¿qué?” le pregunta incesantemente al músico saxofonista
que le descubre los placeres de la carne. Las respuestas sencillas que el joven
músico le da no parecen convencerla. Ante la duda, ante la incertidumbre,
decide regresar a sus orígenes, la vuelta a aquello que le resulta familiar y
conocido, donde se siente quizá más segura frente a un mundo que parece
descomponerse de apatía, de grisura, de tristeza y de dolor. Ida se ha puesto
en la piel de Wanda – es también su despedida-, enciende un cigarrillo y apura
la botella a morro hasta perder el equilibrio en la hermosa escena de la
cortina. Ahora el viaje ha finalizado y el retorno, la vuelta de Ida, se
produce en silencio, un silencio religioso, un silencio también envuelto en
tristeza en esta película triste hasta la médula pero luminosamente bella.
El plano final cuando
Ida regresa andando por una carretera donde se cruza con los coches, absorta,
su mirada perdida, inmutable y decidida, combina su ambigua tristeza con la
sublime melancolía del coral Ich ruf’ zu
dir, Herr Jesu Christ, BWV.639 de Johann Sebastian Bach en una de las
magníficas transcripciones para piano que Ferruccio Busoni realizó sobre
algunas obras del maestro alemán y que fueron publicadas en 1916 y 1920. Ese
viaje a la experiencia ha terminado con la inocencia de Ida; su vuelta, su
regreso al convento casi parece más una claudicación que un triunfo ante una
realidad, la exterior, que ha sido invadida completamente por la desgana y por
el dolor.
Ida es una película concisa y contundente, hermosa y
desoladora, construida con una precisión de cirujano y, a mi juicio, dirigida
con la naturalidad compleja y experimentada de un maestro, cuyas diversas
lecturas se superponen con sencillez pero creando una profundidad vertiginosa.
César Ureña Gutiérrez

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