Reencontrar el amor (Francia, 2014)
Dirección y guión: Lisa Azuelos
Romanticismo
El verbo amar
se conjuga difícilmente, porque es una palabra que aborrece la soledad y
necesita la compañía de muchas otras, sobre todo substantivos. Ella sola es
incapaz de revelar nada, salvo un tópico que nada explica. Diría muy poco sin
afecto, sin pasión, sin dolor, sin sexo, sin olvido, sin renuncia. Lisa Azuelos
elige sobre todo la renuncia para conjugar su verbo en una historia que, por la
dedicatoria que aparece al final, ha sido vivida o vista de cerca, una historia
verosímil contada con lucidez, aunque con algún exceso.
El argumento
es simple. Él y ella se conocen y se establece una complicidad que deviene en
pasión irresistible. En sus manos no está impedir esa atracción, pero sí la de
prohibirse un proyecto de vida en común. Por parte de él, debido a que no se
siente con derecho a romper una familia feliz y estable. Por el de ella, en
trámite de divorcio, con un amante joven y también con hijos, debido a que se
tiene prohibido entablar relaciones con cualquier hombre casado, por fidelidad
a sus congéneres. La autora empatiza con ambos por igual y sigue su trayectoria
atormentada casi con lástima, la de Pierre, un François Cluzet con demasiada
sonrisa de sí mismo, y la de Elsa, una Sophie Marceau deslumbrante. Aunque
generosa con los dos, en la ficha que acompaña a la proyección Azuelos nos da
una clave significativa al explicar cuál ha sido su principal fuente de
inspiración: “He pretendido rendir homenaje a todos los hombres que he conocido
desde mi divorcio”.
Sin azar es
difícil urdir una historia. Así que, tras una primera negativa a volverse a
ver, por aprehensión, por miedo a sucumbir, coinciden otra vez, y lo harán más
veces (el título original es Un rencontre).
En un momento de la película Pierre propone dejar al destino hacer su tarea,
pero Elsa responde: “El destino es cuando Dios no quiere dar la cara”. De
hecho, es ella la que rompe el pacto de no intercambiar sus teléfonos en una
secuencia magnífica en la que mira a hurtadillas el número de Pierre
sepultado en el móvil de un amigo común y comienza a
memorizarlo repitiendo una a una las cifras mientras aguanta la conversación
con el amigo intentando no confundirse con unas fechas anodinas que éste le está
proponiendo. La refriega de números es accesible al espectador que puede
escuchar simultáneamente la conversación y el interior de Elsa. La inscripción
compulsiva de un número de teléfono en la memoria es buena muestra de la
ansiedad que acompaña al placer morboso del amor imposible, ese sabor agridulce
que deja la esperanza en la desesperanza, esa “infinita nostalgia” en que
cifraba Hoffmann el alma romántica.
Una
interminable ristra de canciones se engarzan a lo largo de la película, lo que
la hace muy agradable de ver, aunque a veces se tiene la sensación de que
estamos ante un video-clip prolongado, o ante una yuxtaposición de muchos de
ellos. También es muy agradable el estilo con el que está rodada, lleno de
transiciones y superposiciones de escenarios muy efectivas, aunque, también
aquí, muchas secuencias son amaneradas y recuerdan demasiado al lenguaje
publicitario. Y son muy eficaces los diferentes flash-forward que evocan, para ulterior frustración del espectador,
lo que podría suceder o haber sucedido. Porque en el último encuentro azaroso,
tras sumergirse en una boda anónima y fingir un matrimonio que saben imposible,
pero decididos a ir más lejos en su pasión, se interpone la sombra de los
hijos. El anhelo nunca cumplido lanza un último envite a los protagonistas para
encontrarse en una dimensión inaccesible, la de la eternidad. Como sentencia la
voz en off del final: “La mejor manera de que una historia termine es que no
empiece nunca”.
Luis Robledo

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