Into
the Woods (USA, 2014)
Dirección: Rob Marshall
Guión: James Lapine
Música: Stephen Sondheim
El
cuento de nunca acabar
Esta
fábula moral dirigida a los adultos en forma de musical contiene dos avisos que
se formulan explícitamente al final: 1. Hay que tener cuidado con los deseos,
calcular su precio y medir sus consecuencias. 2. Hay que tener cuidado con las
historias que se cuentan a los niños, porque todo lo asimilan. Cada uno de
ellos funciona en la película con su propia lógica. El segundo forma parte,
desde luego, de esa autocrítica que está llevando a cabo la industria Disney,
aunque no se alcancen aquí la brillantez y la osadía de Maléfica. Resulta ingenua y un poco gastada ya la inversión de
valores que tiene como figura central a otra bruja, una impresionante Meryl
Streep que se eleva sobre el resto de magníficos actores y actrices
mostrándonos que también puede sentir amor filial (aunque erradamente, por
posesivo), que puede recuperar la belleza física perdida en el pasado y que es
capaz de ser más cuerda que todos los seres “normales” que la rodean al
afearles su obsesión por encontrar a un único culpable de los acontecimientos
que sacuden a su reino de fantasía cuando, en realidad, todos lo son.
Esa
cordura y el desengaño que le produce la impelen a renunciar a su belleza
recién conquistada y a volver su capacidad de maleficio contra ella misma
inmolándose. La imagen de una bruja suicidándose, aunque sea mágicamente y con
todo el aparato de la tecnología digital, no deja de ser seductora y, de paso,
deja en mal lugar a los seres corrientes, que somos todos, si bien la factoría
se apiada de los espectadores cantándonos y contándonos en un mensaje final que
nunca estamos solos, que siempre hay alguien junto a nosotros, lo que de puro
obvio resulta una simpleza. También encontramos en la película un correctivo a
la vanidad y prepotencia masculinas, muy en particular en una secuencia
divertidísima donde los dos príncipes amadores cantan a dúo sus desventuras
sobre una cascada abriéndose la camisa y mostrando el pecho varonil de donde
parecen escapárseles los corazones dolidos, en una parodia del tópico
romántico. También lo vemos en la reconvención que le hace Cenicienta a su
príncipe cuando, ya casados, es avisada por los pajaritos de que la ha engañado
con la mujer del panadero. Cenicienta le pregunta cómo se comportará cuando sea
rey, y el príncipe, cínico, responde: “Me educaron para ser encantador, no para
ser sincero”. Cenicienta lo abandona para integrarse en una nueva familia y
volver a ocupar su humilde condición de fregona. El mensaje de la industria
Disney es claro: ¡Cuidado con las historias que contamos a los niños! ¡No les
metamos en la cabeza fantasías de las que luego pueden arrepentirse! Sí,
señores Disney, pero mucho cuidado con cercenarles la imaginación y
convencerlos de que el lugar mediocre y subalterno que ocuparon al nacer es el
mejor posible; no condenen a Cenicienta a ser una fregona de por vida en un
hogar ñoño lleno de palabrería hueca sobre el amor y la solidaridad, porque no
lo vamos a consentir.
El
bosque como lugar de iniciación, de despertar a la madurez. Desde el principio
de la película todos desean algo ardientemente, los personajes reales y los de
los cuentos que se han entremezclado para urdir la trama. La pareja de
panaderos desea un hijo, la bruja, que se lo impide, desea recobrar su belleza,
Cenicienta desea acudir a las fiestas de palacio, Caperucita Roja desea comer,
una Caperucita bulímica hilarante. Y será en el bosque donde se crucen sus
historias y donde aprendan a reconocerse como adultos. Todos consiguen lo que
desean, aunque las consecuencias inesperadas que conlleva el cruce de sus vidas
y de sus anhelos pondrán un contrapunto desdichado en casi todos ellos
haciéndoles pagar un precio demasiado alto en forma de pérdida de sus seres
queridos. Se salvan Rapunzel, la doncella de los larguísimos cabellos de oro, y
su príncipe amante. Se salva Caperucita Roja. Lo interesante es, no obstante,
la transformación que se opera en cada uno de ellos. Caperucita descubre un
paraje diferente en el bosque, con diferentes sensaciones en forma de flor,
gracias a que sucumbe a las argucias del lobo y desobedece el consejo de su
madre. Al ser devorada por aquél (un Johnny Depp deliciosamente caracterizado)
y al volver a la vida gracias al panadero, sufre una metamorfosis decisiva,
renace y cambia la caperuza roja por otra hecha con la piel de su iniciador. Es
muy imaginativo el proceso iniciático de Cenicienta, aunque no se lleva a cabo
en el bosque, sino en las escaleras del castillo, pero, en fin, por la noche.
El rey ha ordenado tres sesiones de baile para que el príncipe heredero pueda
elegir esposa. Cada una de las tres noches, después de bailar interminablemente
ambos, Cenicienta escapa apresuradamente confundida por la lucha interna entre
sus deseos y la incertidumbre del futuro. Pero la tercera noche sus zapatitos
se quedan pegados a la pez que ha puesto el príncipe en las escaleras. Es en
ese momento cuando hace consciente su confusión y se hace mayor. Decide escapar,
aunque, ni que decir tiene, el príncipe le calzará enseguida el zapatito
perdido. Los panaderos, cuyo vehemente deseo de tener un hijo es el hilo
conductor de la película, recompondrán su relación afectiva en el bosque. Él se
dará cuenta de que su mujer es más sabia y más eficaz, ella encontrará a un
esposo más receptivo y más tierno, y los dos forjarán una sólida alianza que
les dará el hijo deseado. Pero la panadera experimenta una segunda iniciación
hacia el final de la película. El flamante marido de Cenicienta la encuentra en
el bosque y la seduce. En una de las letras mejor construídas que se cantan, la
panadera, magnífica Emily Blunt, se lamenta de tener que elegir entre “esto o lo otro” en vez de “esto y lo otro”. Se lamenta, con razón, de
tener que renunciar al hijo y marido que la aguardan o a la pasión intempestiva
que ha descubierto en el bosque, “donde todo es posible”. ¿Por qué no vivir
todos en el reino de lo posible? Pues porque los señores de Disney deciden que
muera de manera inexplicable y absurda. No cabe en su industria el magisterio
de la mujer adúltera. En el reino asolado por el indeseado efecto de las habas
mágicas de Jack (es largo de explicar) surge una nueva familia en torno al
panadero, muy convincente James Corden, convertido en padre-madre que cuenta
con los candidatos a hijos ejemplares en Caperucita, Jack y Cenicienta. La
película termina cuando el panadero comienza a contar con su bebé en los brazos
el sempiterno cuento, “Once upon a time…” ¿Será diferente esta vez?
“La
letra con sangre entra”, decían los antiguos más hoscos. Otros antiguos más
amables propusieron la música como vehículo de adoctrinamiento, de canalización
de ideología o de ciertos valores. La familia ideal soñada por Disney ha
encontrado un medio eficaz en la música de Stephen Sondheim. Funciona muy bien,
tanto en las canciones como en las partes instrumentales, siempre con una
orquestación brillante, en la línea del mejor musical estadounidense. A veces
resulta cargante el estilo machacón derivado de la estética “minimal”, que no
es aquí el de la investigación imperturbable de Steve Reich, sino el más
comercial y consumista de Philip Glass o de John Adams. Pero nos dejamos
arrastrar por ella, porque, al fin y al cabo, ¿quién se resiste a escuchar una
y otra vez el cuento de nunca acabar?
Luis
Robledo

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