Estrenos 2015: Into the Woods



Into the Woods (USA, 2014)
Dirección: Rob Marshall

Guión: James Lapine

Música: Stephen Sondheim





El cuento de nunca acabar



            Esta fábula moral dirigida a los adultos en forma de musical contiene dos avisos que se formulan explícitamente al final: 1. Hay que tener cuidado con los deseos, calcular su precio y medir sus consecuencias. 2. Hay que tener cuidado con las historias que se cuentan a los niños, porque todo lo asimilan. Cada uno de ellos funciona en la película con su propia lógica. El segundo forma parte, desde luego, de esa autocrítica que está llevando a cabo la industria Disney, aunque no se alcancen aquí la brillantez y la osadía de Maléfica. Resulta ingenua y un poco gastada ya la inversión de valores que tiene como figura central a otra bruja, una impresionante Meryl Streep que se eleva sobre el resto de magníficos actores y actrices mostrándonos que también puede sentir amor filial (aunque erradamente, por posesivo), que puede recuperar la belleza física perdida en el pasado y que es capaz de ser más cuerda que todos los seres “normales” que la rodean al afearles su obsesión por encontrar a un único culpable de los acontecimientos que sacuden a su reino de fantasía cuando, en realidad, todos lo son.
Esa cordura y el desengaño que le produce la impelen a renunciar a su belleza recién conquistada y a volver su capacidad de maleficio contra ella misma inmolándose. La imagen de una bruja suicidándose, aunque sea mágicamente y con todo el aparato de la tecnología digital, no deja de ser seductora y, de paso, deja en mal lugar a los seres corrientes, que somos todos, si bien la factoría se apiada de los espectadores cantándonos y contándonos en un mensaje final que nunca estamos solos, que siempre hay alguien junto a nosotros, lo que de puro obvio resulta una simpleza. También encontramos en la película un correctivo a la vanidad y prepotencia masculinas, muy en particular en una secuencia divertidísima donde los dos príncipes amadores cantan a dúo sus desventuras sobre una cascada abriéndose la camisa y mostrando el pecho varonil de donde parecen escapárseles los corazones dolidos, en una parodia del tópico romántico. También lo vemos en la reconvención que le hace Cenicienta a su príncipe cuando, ya casados, es avisada por los pajaritos de que la ha engañado con la mujer del panadero. Cenicienta le pregunta cómo se comportará cuando sea rey, y el príncipe, cínico, responde: “Me educaron para ser encantador, no para ser sincero”. Cenicienta lo abandona para integrarse en una nueva familia y volver a ocupar su humilde condición de fregona. El mensaje de la industria Disney es claro: ¡Cuidado con las historias que contamos a los niños! ¡No les metamos en la cabeza fantasías de las que luego pueden arrepentirse! Sí, señores Disney, pero mucho cuidado con cercenarles la imaginación y convencerlos de que el lugar mediocre y subalterno que ocuparon al nacer es el mejor posible; no condenen a Cenicienta a ser una fregona de por vida en un hogar ñoño lleno de palabrería hueca sobre el amor y la solidaridad, porque no lo vamos a consentir.

            El bosque como lugar de iniciación, de despertar a la madurez. Desde el principio de la película todos desean algo ardientemente, los personajes reales y los de los cuentos que se han entremezclado para urdir la trama. La pareja de panaderos desea un hijo, la bruja, que se lo impide, desea recobrar su belleza, Cenicienta desea acudir a las fiestas de palacio, Caperucita Roja desea comer, una Caperucita bulímica hilarante. Y será en el bosque donde se crucen sus historias y donde aprendan a reconocerse como adultos. Todos consiguen lo que desean, aunque las consecuencias inesperadas que conlleva el cruce de sus vidas y de sus anhelos pondrán un contrapunto desdichado en casi todos ellos haciéndoles pagar un precio demasiado alto en forma de pérdida de sus seres queridos. Se salvan Rapunzel, la doncella de los larguísimos cabellos de oro, y su príncipe amante. Se salva Caperucita Roja. Lo interesante es, no obstante, la transformación que se opera en cada uno de ellos. Caperucita descubre un paraje diferente en el bosque, con diferentes sensaciones en forma de flor, gracias a que sucumbe a las argucias del lobo y desobedece el consejo de su madre. Al ser devorada por aquél (un Johnny Depp deliciosamente caracterizado) y al volver a la vida gracias al panadero, sufre una metamorfosis decisiva, renace y cambia la caperuza roja por otra hecha con la piel de su iniciador. Es muy imaginativo el proceso iniciático de Cenicienta, aunque no se lleva a cabo en el bosque, sino en las escaleras del castillo, pero, en fin, por la noche. El rey ha ordenado tres sesiones de baile para que el príncipe heredero pueda elegir esposa. Cada una de las tres noches, después de bailar interminablemente ambos, Cenicienta escapa apresuradamente confundida por la lucha interna entre sus deseos y la incertidumbre del futuro. Pero la tercera noche sus zapatitos se quedan pegados a la pez que ha puesto el príncipe en las escaleras. Es en ese momento cuando hace consciente su confusión y se hace mayor. Decide escapar, aunque, ni que decir tiene, el príncipe le calzará enseguida el zapatito perdido. Los panaderos, cuyo vehemente deseo de tener un hijo es el hilo conductor de la película, recompondrán su relación afectiva en el bosque. Él se dará cuenta de que su mujer es más sabia y más eficaz, ella encontrará a un esposo más receptivo y más tierno, y los dos forjarán una sólida alianza que les dará el hijo deseado. Pero la panadera experimenta una segunda iniciación hacia el final de la película. El flamante marido de Cenicienta la encuentra en el bosque y la seduce. En una de las letras mejor construídas que se cantan, la panadera, magnífica Emily Blunt, se lamenta de tener que elegir entre “esto o lo otro” en vez de “esto y lo otro”. Se lamenta, con razón, de tener que renunciar al hijo y marido que la aguardan o a la pasión intempestiva que ha descubierto en el bosque, “donde todo es posible”. ¿Por qué no vivir todos en el reino de lo posible? Pues porque los señores de Disney deciden que muera de manera inexplicable y absurda. No cabe en su industria el magisterio de la mujer adúltera. En el reino asolado por el indeseado efecto de las habas mágicas de Jack (es largo de explicar) surge una nueva familia en torno al panadero, muy convincente James Corden, convertido en padre-madre que cuenta con los candidatos a hijos ejemplares en Caperucita, Jack y Cenicienta. La película termina cuando el panadero comienza a contar con su bebé en los brazos el sempiterno cuento, “Once upon a time…” ¿Será diferente esta vez?

            “La letra con sangre entra”, decían los antiguos más hoscos. Otros antiguos más amables propusieron la música como vehículo de adoctrinamiento, de canalización de ideología o de ciertos valores. La familia ideal soñada por Disney ha encontrado un medio eficaz en la música de Stephen Sondheim. Funciona muy bien, tanto en las canciones como en las partes instrumentales, siempre con una orquestación brillante, en la línea del mejor musical estadounidense. A veces resulta cargante el estilo machacón derivado de la estética “minimal”, que no es aquí el de la investigación imperturbable de Steve Reich, sino el más comercial y consumista de Philip Glass o de John Adams. Pero nos dejamos arrastrar por ella, porque, al fin y al cabo, ¿quién se resiste a escuchar una y otra vez el cuento de nunca acabar?

           



Luis Robledo


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