Sesión continua: Déjame entrar (2008)

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Déjame entrar (Suecia, 2008)
Dirección: Thomas Alfredson
Guion: John Ajvide Lindqvist
Música: Johan Söderqvist
Fotografía: George Robinson
Reparto: Kåre Hedebrant, Lina Leandersson, Per Ragnar, Ika Nord, Mikael Rahm

No podemos ser amigos porque vas a morir, he de matarte. Tal vez tengas suerte y te necesite, entonces te dejaré estar conmigo hasta que no me seas útil. No deseo tu muerte, solo es un medio para procurarme la supervivencia. No espero que lo entiendas, ni que me creas, cuando te digo que mi existencia es atroz, que no deseo hacerte sufrir, que forma parte de mi naturaleza. No somos muchos, de hecho, los que podemos aguantarlo, la mayoría se suicida; es una lucha constante contra el monstruo que me posee y habita en mi, pero necesito vivir, quiero vivir, y debo beberme tu sangre. No podemos ser amigos.
Mi nombre es Eli.


Tengo miedo, tengo miedo, el miedo me atenaza, ¿por qué seré tan cobarde? No tengo amigos, nadie quiere estar con alguien como yo, piensan que les hace débiles. Me siento solo: mis padres me quieren, sí, pero no tengo amigos. ¿Por qué seré un cobarde? Quiero destrozar a quienes me hacen daño, quiero acabar con ellos; tengo un cuchillo y sueño con clavarlo y matar, matar, matar. Lo deseo, deseo sus muertes, deseo hacerles sufrir. Tengo miedo.
Mi nombre es Oskar.

Excelente película de factura impecable, en la que las cosas no son lo que parecen, y que puede llevar a engaño por su temática y su aspecto de historia de amor.
La sencilla historia de terror vampírico es el sustrato por el que transitan otras pulsiones más profundas: esa especie de amor adolescente que no lo es, por su imposibilidad y depravación; la falsa realidad de Oskar, que se nos presenta como víctima o la agotada relación simbiótica del monstruo con su siervo.

La historia es absolutamente verosímil y eso la hace mucho más interesante. No tienes la sensación de estar viendo una película de terror, donde lo irreal entra en escena para generarte miedo, sino la crónica de un monstruo (Eli, la vampiro) del que con total naturalidad puedes hablar tras el visionado ya que se trata de un personaje con existencia concreta. Esto viene generado por las acertadas decisiones del guionista y autor de la novela, John Ajvide Lindqvist, que toma prestados sólo algunos de los componentes típicos del vampirismo, para escribir sobre otros temas completamente diferentes. Es decir, sobre un fondo de relato de género, Lindqvist nos habla de la perversión y el miedo, que son los ejes fundamentales de la trama, con una narración muy inteligentemente planteada.
El amor entre Eli y Oskar no existe, no puede darse, es perverso en esencia. Ella no ama porque es ajeno a su naturaleza, las relaciones con los demás son por pura necesidad; por su parte, él sólo quiere conseguir poder, vencer su cobardía y acabar con el abuso de los matones de colegio que le humillan y agreden. Pero ojo, no quiere alejarlos, sino acabar con el miedo cambiando el rol de víctima por el de ejecutor: una notable diferencia.

Por otro lado, me parece singular cómo el autor reduce su propia obra para generar un relato que funcione en la pantalla. En concreto me voy a referir a una parte muy sensible de la novela que es la relación entre Eli y su siervo Håkan, interpretado estupendamente por Per Ragnar. La película da a entender finalmente que Oskar se convertirá en alguien como Håkan, que envejecerá junto al vampiro y que dejará de ser útil algún día. Esta idea interesante y funcional dentro del guion no tiene nada que ver con la novela, donde el personaje del siervo es un pederasta al que Eli rescata de la muerte para utilizarle como esclavo, dándole sexo a cambio de su sometimiento. La pregunta que cabe hacerse es si el autor se ha autocensurado para darle proyección al filme, evitando un tema tan escabroso, o realmente ha buscado soluciones más sencillas sin desvirtuar la esencia de la relación de esclavitud. Sinceramente, me queda la duda.

A todo ello se suma la puesta en escena del director Thomas Alfredson, que como ya he dicho antes me parece impecable. No solo porque es limpia, con buenas localizaciones, sin exageraciones, sin efectismos innecesarios (con excepción quizás de la combustión espontánea de uno de los personajes), sino porque además juega sutilmente con la ambigüedad, tratando de engañar al espectador con un fin claro, el de dotar al relato de un mayor calado. Es una muestra de elegancia visual puesta al servicio de la narración, algo que dignifica la labor de este director y explica la razón de su acierto.
La elección de los actores es otro punto a su favor, así como la calma que emana de la música del compositor Johan Söderqvist. La delicadeza de los rasgos del actor Kåre Hedebrant que encarna a Oskar, el verdadero monstruo de la historia que a pesar de conocer perfectamente la esencia de Eli, hace un pacto con el diablo besando su boca ensangrentada; o la tenue ambivalencia de Lina Leandersson, la vampiro, quien compone un falso verdugo que aunque no desea ser como es, no puede escapar de sus ansias de vivir.

Manuel Escudero
Colaboradora: Cristina Durán*

(* El estallido difuso de una amistad)

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