Suspense
Título: The Innocents
Director: Jack Clayton
Guión: Truman Capote y William Archibald (sobre la
novela de Henry James “Otra vuelta de tuerca”)
Música: Georges Auric
Fotografía: Freddie Francis
País: Reino Unido
Reparto: Deborah
Kerr, Peter Wyngarde, Meg Jenkins, Pamela Franklin, Martin Stephens, Michael
Redgrave
Año: 1961
Duración: 99 min.
Drama y terror
“Suspense”
(The Innocents”, 1961) ha sido calificada como una de las mejores películas de
terror, si bien no me parece oportuno clasificarla estrictamente en este género,
ya que es susceptible también de incluirla en otros: el “thriller” psicológico,
y sobre todo el drama. Porque esta obra maestra, antes que nada, es un drama
–aterrador e inquietante eso sí-; un drama abismático que, sinuoso como una
serpiente, nos conduce a los sótanos más oscuros y reprimidos del yo.
Jack
Clayton ya nos había dado muestras de su maestría en una película espléndida -no
tan conocida y reconocida hoy en día como se debiera- rodada unos años antes:
“Un lugar en la cumbre” (“Room at the top”, 1959), fotografiada también por
Freddie Francis y con unos magníficos Laurence Harvey y Simone Signoret, ésta
última sobrecogedora. Sin embargo, “The Innocents” es su gran obra.
Difícilmente pueden conjugarse en una película tantísimos aciertos: un guión
soberbio, un montaje absorbente, una fotografía asombrosa, unas
interpretaciones antológicas… La lista sería interminable (y ridícula, con
tantos adjetivos). Se han hecho muchas adaptaciones al cine y a la televisión
de la famosísima novela corta de Henry James “Otra vuelta de tuerca” (“The Turn
of the Screw, 1898) pero seguramente ninguna tan extraordinaria como ésta.
Podemos
comenzar por el título: “The Innocents” refleja de forma precisa el trasfondo
de la película, pues si bien es cierto que la ambigüedad es un elemento
esencial de la misma (ambigüedad presente también –hasta límites obsesivos- en
la obra de James) ésta, a mi entender, es sólo un estilema narrativo, un modo
de plantear el argumento que aproxima la película al género del terror e
incluso de “lo fantástico” pero que, en ningún caso, se debe considerar como
parte o núcleo esencial de la obra. Ésta, por otra parte y más allá de este
calculado oscurantismo, es diáfana y preclara, de ahí su terrible impacto
final, su fuerza estremecedora. Así, el título “Los inocentes” no sólo se
ajusta rigurosamente al contenido de la película sino que elimina de cuajo todo
“Suspense” quedando limitado éste a una mera categoría formal y estética,
subordinada a una entidad superior que está definida precisamente por su
explicitud.
Como señala
Carlos Losilla en su magnífico libro “El cine de terror. Una introducción”:
“La lucha, pues, se establece una vez más
entre el significado y el significante, entre lo que esas películas dicen,
sugieren, y lo que sus formas dejan adivinar: aquel elemento que rompa el
equilibrio –entre puesta en escena y los arquetipos- inclinará la balanza hacia
un lado, es decir, hará ingresar al filme en el código genérico al que
representa”.
Bajo esta
precisa premisa, no cabe duda de que “The Innocents” es, por encima de todo, un
drama. Y, en este sentido, la adaptación de Clayton de la novela de James
también es respetuosa, pues “Otra vuelta de tuerca” no es una historia de fantasmas sino un drama narrado en una estructura
de novela gótica.
Me gustaría
hacer dos menciones inexcusables. Una, a la fabulosa fotografía del gran
maestro inglés Freddie Francis. No me cansaré de reivindicar la labor de este
magnífico fotógrafo (recordemos algunas de sus obras: “El hombre elefante”, “La
mujer del teniente francés”, “Nunca tomes dulces de un extraño”, “Dune”, “Una
historia verdadera” o la ya citada “Un lugar en la cumbre”) y también su
trabajo como director con un puñado de cinco o seis películas inolvidables que
rodó para la Hammer en la década de los sesenta y primeros años de los setenta.
La segunda
–y es imposible silenciarla- a la interpretación de Deborah Kerr, absolutamente
magistral, sin olvidar a los demás (Michael Redgrave, Martin Stephens o una
Pamela Franklin niña, soberbios). La composición de Deborah Kerr -la más
impresionante de su carrera- es asombrosa en cada detalle, en cada matiz, en su
exquisita contención. Interpreta por cada poro de su piel, lo que proporciona una
compleja riqueza psicológica a su personaje.
No pudo
dejar de hablar aquí, como un breve inciso, de la película “Los otros” (2001)
de Alejandro Amenábar. Si es cierto que su factura es impecable, no es menos
cierto que sus cualidades decaen notoriamente ante la película de Clayton. Esta
comparación me parece justificada pues no la establezco yo sino el propio
Amenábar al aludirla de un modo tan expreso. A mi juicio, no sólo está
influenciada por ella sino que intenta remedar sus mejores aciertos: el clima,
el vestuario y –de modo estridente- la interpretación de Kerr, ahora por
Kidman. Pero donde había luz ahora sólo hay reflejo puesto que esas cualidades
ya no son nuevas y han sido realizadas con mayor maestría previamente. La
interpretación de Nicole Kidman, espléndida per
se, mengua y se encoge cuando se contempla la de Deborah Kerr, imponente y
arrasadora; y esto es por el empeño de Amenábar en duplicarla, en imitarla –pues no se puede imitar lo inimitable- , y
es por ello precisamente que se hunde ante su mejor baza: la originalidad, que ahora
ya no es más que una sombra triste de lo que ya fue.
“The
Innocents”, narrada –y filmada- siempre en primera persona, desde el punto de
vista unívoco de la institutriz (igual que en la novela) nos deja muy claro qué
es lo que vemos: la representación de la mente subjetiva de Ms. Giddens/Kerr,
un mundo que habita sólo en el subconsciente de la protagonista. De este modo
el “suspense” y el carácter terrorífico que desprende la película se convierten
en un recurso que origina tensión, una forma sutil e inteligente de advertir
ese otro terror, pavoroso, que perturba la psicología de la Señorita Giddens
hasta el delirio. Lo ominoso de “The Innocents” no está, pues, en el exterior
sino en el interior, en la médula misma del yo omnipresente que narra. La
crítica social despiadada que Clayton ya nos había mostrado en “Un lugar en la
cumbre” se condensa aquí al máximo al revelarnos el núcleo mismo de la
perversión: esa inflexible y enfermiza moral victoriana que se extiende como
una gangrena por los miembros de una sociedad reprimida y que,
desgraciadamente, no pertenece sólo al pasado decimonónico. Aquel “Mayflower”
que desembarcó en las costas de América del Norte vuelve a la vieja y cansada
Europa, como en un efecto boomerang, para instalarse en sus arcaicas y ancestrales
moradas. Basta con echar un vistazo a nuestro alrededor para comprender, una
vez más, que el horror y todas sus formas terroríficas anidan sólo en el
interior de nosotros mismos.
César Ureña
Gutiérrez

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