Sesión continua: Lilith (1964)


Título: Lilith
Director: Robert Rossen
Guión: Robert Rossen (sobre una novela de J. R. Salamanca)
Música: Kenyon Hopkins
Fotografía: Eugen Schüfftan
Reparto: Warren Beatty, Jean Seberg, Peter Fonda, Kim Hunter, Anne Meacham, James Patterson, Robert Reilly, Gene Hackman, Jessica Walter.
País: Estados Unidos
Año: 1964
                              Duración: 114 min.


“Todo es, en el filme de Rossen, naturaleza. Y naturaleza concebida esencialmente como misterio: naturaleza no dominada, naturaleza agresora. Justamente por eso, Lilith es una de esas pocas obras cinematográficas que han sido capaces de conservar intacta la estructura de la tragedia”.
Ángel Fernández-Santos

“Pocas muertes en la historia del cine han sido tan inoportunas como la suya”. Estas palabras, escritas por Bertrand Tavernier y Jean Pierre Coursudon sobre Rossen, ponen el dedo en la llaga ante la inesperada muerte de este director, guionista y montador incomparable tras la realización de sus dos últimas obras maestras: The Hustler (El buscavidas, 1961) y Lilth (Lilith, 1964). Un “canto del cisne” patético y estremecedor.

A pesar del paso del tiempo –y de algún que otro comentario descalificador- Lilith me sigue pareciendo una película bellísima, sobrecogedora, y cuantas más veces la veo (he vuelto a verla recientemente por cuarta o quinta vez) más se confirma y reafirma mi opinión sobre ella. Intentar desvelar aquí los secretos y las profundidades complejísimas de esta película turbadora, de difícil clasificación –pues no es sólo un drama- y de una calculada ambigüedad, me parece una tarea vana; y es precisamente la ambigüedad –en una película construida sobre símbolos esencialmente visuales- lo que hace de ella una obra inmensa e innovadora.
En la misma medida en que señalaba que Lilith no es “sólo” un drama, podría decir que no es “sólo” una película sobre la locura, o sobre la naturaleza, o sobre la creación y la destrucción, o sobre la pasión y la perversión… Lo más acertado que puedo decir de Lilith es que es un poema; tal vez se trate de una de las películas que más se acercan a ese concepto de “poesía” entendida como sugerencia, como aroma, como sensación, pero también como destrucción de un lenguaje y una semántica ortodoxas, como configuración de una expresión diversa y polisémica, indefinible, más cercana sin duda al mundo de las sombras que al de la luz.
Es Lilith una película en completo dinamismo, todo fluye, todo cambia constantemente, desde ese inicio funesto en el que Warren Beatty se dirige, de espaldas al espectador, hacia Popar Lodge –comienzo de ese viaje, sólo de ida, hacia la Nada- hasta la última imagen, que al fin se congela y se paraliza, como expresión inconmovible del horror. Pues este concepto de “viaje”, de “trayecto” más aun de “descenso”, está presente en toda la obra y marca su pulso como el latido de un corazón angustiado. Más que de una novela de formación, de construcción, aquí cabría hablar de una novela de destrucción. Ese camino sin retorno, esa tortuosa senda que Vincent/Beatty recorre silenciosamente a pie, sólo conduce a los límites de la razón y, más allá, a la desintegración del yo. El personaje de Vincent se va desvelando lentamente a través de cada plano de forma que podemos ir reconstruyendo un puzle incompleto pero clarificador. Hay una escena terrible en la que intenta, a la desesperada, recuperar un poco de lucidez a través del pasado y visita a su antigua novia. Se trata de un momento desolador, con un primer papel de Gene Hackman espléndido y una tensión casi insoportable. Tras abandonar la casa de su ex novia, todos los lazos entre Vincent y la realidad ya están rotos.
Pero también se debe hablar de la destrucción de la naturaleza humana por una naturaleza deshumanizada que va invadiendo poco a poco cada recoveco de la película. Igual que una telaraña (la misma que explica en sus diapositivas el doctor Lavrier), una turbia y tibia red se va tejiendo de forma sutil e inexorable entre los personajes y el propio espectador, quedando todos atrapados en su sórdida madeja. Como destrucción de la belleza y del bien, es Lilith también un claro arquetipo del mal. Las imágenes recurrentes del agua en movimiento –y como espejo-, estrechamente ligadas al personaje de Lilith (Lilith es un ser frágil e inasible, encarnado por una Jean Seberg que corta la respiración) son de una belleza inusual, de una modernidad casi experimental que cuesta creer que hayan sido filmadas en el primer lustro de los años sesenta.
 La asombrosa fotografía en blanco y negro de Eugen Schüfftan posee una riqueza extraordinaria y su variedad de tonos ahonda en la expresión de ese misterio indescifrable, y al mismo tiempo de una claridad diáfana y deslumbrante, que es Lilith.
César Ureña Gutiérrez

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