BLUE JASMINE (Estados Unidos, 2013)
Dirección: Woody Allen
Música: VV. AA.
Reparto: Cate
Blanchett, Alec Baldwin, Sally Hawkins, Bobby Cannavale, Peter Sarsgaard, Louis
C. K., Michael Stuhlbarg, Andrew Dice Clay.
Ella no lo había buscado, pero no se había desvanecido.
Y cuando a la
mañana siguiente preparó el desayuno
a los niños y
revisó sus mochilas, supo que esa sensación
que
experimentaba jamás cambiaría ya:
todo en ella
estaba vacío. Tendría que vivir con ello.
Anhelo
(Ferdinand von Schirach)
Hace
unos meses compartimos mesa en un restaurante mis dos exparejas, el marido y
los hijos de la primera, mi hijo (que es de la segunda), mis padres y yo. Me he
reído con un amigo, no pocas veces, de cómo nuestras vidas se van pareciendo a
un guion de Woody Allen. He compartido con él unos cuantos estrenos de este
director y bastantes tardes de cine, y ambos tenemos esa sensación de que los
años han ido haciendo que entendamos el material que Allen maneja. La vida real
transita, casi siempre, en sus textos, así que llega un momento en el que es
inevitable verse reflejado o, incluso, sentir que ya te contó lo que ahora te
está ocurriendo.
Desde
que nuestro querido septuagenario inició su etapa de coproducciones y el
periplo por distintas ciudades, fuera de su Estados Unidos natal, yo reduciría
a dos sus películas realmente interesantes: aquel trágico thriller titulado Match Point, en el que nos hablaba de la
fuerza de la ambición, y la creativa Midnight
in Paris, con todos aquellos artistas suspirando por un pasado idealizado.
Fijaos
que Match Point es de 2005 y Midnight in Paris de 2011, es decir, están
hechas a la edad de 70 y 76 años respectivamente. En los últimos nueve años,
por tanto, Woody Allen nos ha regalado dos pequeñas maravillas y, como extra,
siete películas más que puedes ver con cierto gusto aunque no salgas del cine
conmovido: realmente hay pocos directores y guionistas que soporten la
comparación. Si haciendo cuentas vamos dejando de lado la idea de que su
abundante producción disminuye la calidad, podemos tomar perspectiva y empezar
a tratar sus películas como lo que son, creaciones del momento que, en general,
te dejan buen sabor de boca y en ocasiones alcanzan la magia. Allen es como un
buen músico de jazz contratado para tocar todos los fines de semana en un
garito: su buen nivel va a conseguir que salgamos satisfechos de sus conciertos
y alguna que otra vez, cuando esté especialmente inspirado, terminemos
cautivados. Me recuerda bastante al concepto creativo de la autora belga Amélie
Nothomb, que escribe constantemente, casi de forma compulsiva, y edita una
novela al año de calidad variable.
El
argumento del film se centra en Jasmine, el personaje interpretado por Cate
Blanchett, una mujer rica y acostumbrada a una vida llena de lujos en Nueva
York que, debido a los riesgos financieros asumidos por su marido, se hunde
económicamente. No le queda más remedio que irse a vivir a los suburbios de San
Francisco con su hermana Ginger (Sally Hawkins), quien tiene por pareja a un
mecánico llamado Chili (Bobby Cannavale). Jasmine no está preparada para nada
de esto, no está preparada para una vida normal,
así que su cerebro termina de quebrarse.
He
mencionado antes Match Point
destacándola como una de las dos películas de Allen más interesantes de, como
poco, la última década, y esto a pesar de que es una revisión de las estupendas
Un lugar en el sol (George Stevens, 1951) y Un lugar en la cumbre (Jack Clayton, 1959). No creo que este hecho
lastrara su resultado, así que no voy a criticar negativamente la clara
relación que Blue Jasmine tiene con Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan,
1951); comparten mucho, es cierto, pero no es esencial a la hora de juzgarla.
Es
en dos de los elementos estructurales del discurso cinematográfico de Woody
Allen, los personajes y el humor, donde creo que radica, en esta ocasión, el
problema.
Si
logramos que Cate Blanchett no nos obnubile con su soberbia actuación (con la
tremenda veracidad que pone en cada mirada, en cada gesto, en cada extravío)
nos podremos dar cuenta de que su personaje es irreal, imposible, una
representación conceptual. La Blanchett no es que se merezca un Óscar, es que
se merece un monumento por ser capaz de dar vida, convincentemente, a un artefacto así. Desgraciadamente no es un
hecho anecdótico, Alec Baldwin y Sally Hawkins se enfrentan al mismo problema
de personajes estereotipados, figuras pensadas pero no vividas, con resultados
menos fulgurantes que el espectáculo interpretativo que nos regala la protagonista.
El
humor de Allen, un humor inteligente, ácido y autocrítico, me suele gustar
mucho, pero creo que el autor no se ha percatado, en este caso, del
desequilibrio que su uso genera. Las circunstancias, tan duras y tan
hipotéticamente reales, que sufren los protagonistas no se prestan al humor
(¿quizás pensó que una historia tan cruda podía ser así más fácil de ver?) o,
al menos, no nos lo ponen fácil a los espectadores para que podamos reírnos abiertamente
de las situaciones que generan. Es, posiblemente, este claro conflicto de
carácter el que lanza el film a la deriva y lo hace depender excesivamente del
buen hacer de los actores.
Vuelvo
al argumento inicial para recordar que no hay de qué preocuparse: Allen volverá
a hacer magia uno de estos años, es pura estadística. Mientras tanto podemos seguir
viendo sus grandes películas, que nos ayudan a entender mejor el discurrir de
nuestra vida.
Manuel Escudero

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