Estrenos 2014: Metéora


Metéora (Grecia/Alemania, 2012)
Dirección: Spiros Stathoulopoulos
Guión: Asimakis Alfa Pagidas/ Spiros Stathoulopoulos


La liberación del espíritu

         He tenido la suerte de asistir a un evento insólito en el cine comercial. El día del estreno de esta película en los cines Princesa de Madrid, en una de sus sesiones el director ha hecho acto de presencia para presentarla y, posteriormente, para participar en un coloquio improvisado. Y todo ello sin la basura publicitaria usual. Es una iniciativa que hay que saludar y cuya continuación sería deseable, dentro de lo posible. Spiros Stathoulopoulos ha contado al público madrileño la historia de Urania y Teodoro, monja y monje recluídos en sendos monasterios erigidos en el  siglo XIV sobre dos promontorios de altura ciclópea, casi fantásticos, pero asombrosamente reales, en la Tesalia griega. Monasterios enfrentados a modo de desafío, cuya comunicación con el valle es tortuosa: a base de una red-trampa que se sube y baja con una polea dejando suspendida en el vacío a Urania, y, en el caso de Teodoro, mediante unas escaleras infinitas que parecen sacadas de una película del expresionismo alemán.

         El director greco-colombiano, muy sensatamente, no ha querido aventurar ninguna “interpretación” de las propuestas que ha plasmado en su obra, salvo en dos ocasiones. Una es la imagen de los dos promontorios altísimos que albergan sendos cenobios como metáfora del alma suspendida entre el sujeto, el yo, y la colectividad en la que se halla inmerso; tensión eterna en la historia de la cultura. Otra es su respuesta a la pregunta de por qué el relato se halla enmarcado por la audición, al comienzo y al final, del Viderunt omnes de Perotin (de Perotin suena también en una ocasión su Beata viscera, más otra obra anónima de la liturgia medieval occidental). El director ha señalado que con ello se trata de evocar la otra rama del credo cristiano, la católico-romana, muy presente también en él, bautizado como ortodoxo griego, a partir de sus raíces colombianas.
         Pero la suspensión de las almas es también la de los cuerpos, los de Urania y Teodoro, que quieren encontrarse pero tienen frente a ellos la barrera que se han impuesto a sí mismos mediante la aceptación de la disciplina supersticiosa de sus respectivas comunidades, tortuosas como las maneras de alcanzar el valle donde pueden mirarse, por fin, solos. Para concertar sus citas utilizan el lenguaje de los espejos, herramientas elementales que inundan de luz su interior y liberan la pulsión de su alma deseosa de amar. En su viaje interior, ambos experimentan el abandono de su dios. Stathoulopoulos ha insertado en la película varias secuencias bellísimas de animación basadas en los íconos bizantinos. Las dos primeras muestran el desengaño ante una fe sincera que profesan los amantes y que no es correspondida. En la primera, Urania se encomienda a su señor dios y, como respuesta, se abre ante ella una grieta que deja ver al Tártaro con sus horribles fauces engullendo a los pecadores. Teodoro experimenta en la segunda una vivencia semejante: su actitud piadosa es correspondida con su despeñe por las escaleras infinitas que comunican el cenobio masculino con el valle prometido.
         Teodoro mantiene vínculos con la realidad. Se relaciona con un agricultor que muestra una determinación casi religiosa en identificarse con los productos de la tierra que él ayuda a nacer. Lo celebra entonando melodías populares con su flauta dulce soprano de plástico. Cuando lo escuchamos, estamos escuchando a la eterna Grecia, a la de los silvanos, a la de Marsias, a la de Pan, a la sabia civilización que profesó la religión de la naturaleza, de los pagos, esa religión pagana que infelizmente dejamos atrás. El otro anclaje en el mundo real de Teodoro es un pastor. Éste, en la única secuencia violenta de la película, sacrifica un cabrito que el protagonista cocina para ofrecérselo a Urania. Hay un proverbio castellano que dice “De la panza sale la danza”. Aquí no danzan, sino que nuestros dos cenobitas inician un escarceo sexual inacabado por el sentimiento de culpa.
         Desde su respectiva reclusión, Urania y Teodoro son capaces de escuchar otra vez a su alma, o sea, a su cuerpo, simiente de aquélla. La luz de los espejos reverdece el impulso erótico al que se hallan destinados. La última secuencia animada, la más bella y poderosa quizá, muestra a Teodoro internándose por un laberinto y guiado por un hilo rojo que mantiene desde fuera Urania. El joven pierde el hilo y se encuentra frente a su minotauro particular, Cristo crucificado. Para cumplir el designio de matar al monstruo interior a que nos convidan todos los laberintos del alma, Teodoro hiere las manos del crucificado con sendos clavos, lo que provoca un flujo de sangre que inunda el laberinto y sale al exterior envolviendo a los dos amantes. La sangre redentora del sacrificio renovado propicia la liberación de la carne. Teodoro y Urania, de carne y hueso, hacen por fin el amor, en un paraje oculto que se nos antoja áspero e incómodo, pero que cifra el ámbito que han elegido para hacer crecer sus almas al margen de la comunidad. Ambos abandonan sus respectivos monasterios y salen al mundo renovando el sentimiento de piedad con que los encontramos al comienzo de la historia, encomendándose de nuevo a su dios; sólo que ahora el dios que los acompaña no es el de las supersticiones religiosas, sino el que nos ha otorgado la naturaleza.


Luis Robledo

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